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La primera vez que escuché hablar de las vías de Tultitlán fue por boca de unos vecinos del barrio de San Juan. Estuve apoyando varios meses, hasta su fallecimiento, al sacerdote anciano que tenía a su cargo dicha capilla, lo que me permitió alguna familiaridad con los lugareños. En los medios, este municipio del estado de México adquiere notoriedad esporádica, por episodios como los ocurridos hace unos días, cuando un obrero fue asesinado presuntamente por policías estatales al haber sido confundido con un inmigrante centroamericano indocumentado. Después, todo vuelve al olvido. Pero no ocurre así para los habitantes de Tultitlán. Ellos conviven permanentemente con la realidad de hermanos centroamericanos que encuentran en las vías del tren el cruce de camino de sus destinos. La presencia en la zona de agentes migratorios y de policías estatales a la caza de personas indocumentadas es conocida para los habitantes del municipio. De acuerdo con su testimonio, los agentes de migración no cuentan con armas, lo que ha hecho que los más temidos sean los policías estatales. La mayoría de los vecinos está convencida de que la intención de los policías no es remitir a los inmigrantes a sus lugares de origen, sino atraparlos, "subirlos" para despojarlos de sus pertenencias y después "tirarlos" en cualquier sitio. De hecho, afirman que existen incluso malvivientes que, haciéndose pasar por policías, extorsionan igualmente a nuestros hermanos centroamericanos. Lo más asombroso de los testimonios es que, de acuerdo con ellos, no se trata solamente de salvadoreños, hondureños y guatemaltecos, sino incluso de chiapanecos. Es decir, la misma suerte corren mexicanos en nuestro propio país. El uso de la fuerza no es un elemento novedoso en estos casos. De hecho, los mismos habitantes de Tultitlán viven bajo la sombra de la amenaza en el caso de que ayuden a los indocumentados. Se habla incluso de quien ha sido encarcelado. La consigna, al menos vuelta vox populi, es que si un vecino recibe en su casa a un inmigrante puede ser acusado de pollero. En el caso de días pasados, es necesario afirmar con toda fuerza que nada justifica el asesinato. Y esto no porque fuera un habitante del lugar. Tampoco se justificaría si se tratara de un inmigrante ilegal. ¡Es exactamente lo que como país hemos estado alegando en el caso del trato a los mexicanos ilegales en Estados Unidos! Es una aberración que se amenace como una acción ilegal dar de comer a una persona hambrienta o dar hospedaje por un día a una persona que no tiene dónde dormir. Los derechos humanos no desaparecen por el hecho de que una persona se encuentre en una situación irregular. Y no estamos hablando de una realidad que se presenta en la frontera norte, ni siquiera en la frontera sur de nuestro país, sino en la misma Zona Metropolitana del Valle de México. Lo que resulta más temible es que parece ser que hay personas interesadas en que esta situación no desaparezca. Claro, se trata de los que sacan partido de la misma. No hay nada más deleznable y ruin que aprovecharse de la situación de indigencia de una persona para provecho propio. Ni qué decir si se trata de un comportamiento sistemático y organizado. Es aberrante que en nuestra sociedad se dé con facilidad la organización criminal, y que no tengamos la capacidad de ponernos de acuerdo para subsidiar con un verdadero humanismo la condición de los migrantes. No podemos sino denunciar como una vergüenza nacional lo que en días pasados se puso ante nuestros ojos, aunque con tanta celeridad caiga en el olvido. teyamoz@prodigy.net.mx Sacerdote y teólogo católico
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