|
En el siglo XIX a los extran-jeros que visitaban México les sorprendía que los mexicanos estuvieran tan poco informados y tan poco interesados en lo que pasaba más allá de su puerta. Para ellos, el mundo se reducía a Madrid, donde estaba el rey del país que los había civilizado y les había traído la fe, París de donde venían las modas y Roma donde estaba el Papa. Sin duda la causa de ese encierro mental estuvo en la forma en que funcionó el imperio español en América, con todas sus prohibiciones, impedimentos y castigos. Pero el hecho es que esa manera de ser arraigó y hoy seguimos siendo así, a pesar de los esfuerzos de ilustrados como Vasconcelos y Reyes que a principios del siglo XX hicieron hasta lo imposible por interesar a los mexicanos en la cultura universal. En la segunda mitad del siglo pasado, pareció que los mexicanos se abrían por fin al mundo, porque gracias a los medios masivos de comunicación este penetró en los hogares y las conciencias, proceso que se completó con las computadoras y el internet. Y sin embargo, por mucha modernidad y medios de comunicación, mucha tecnología y globalización, la verdad es que nos sigue interesando poco lo que sucede más allá de nuestra puerta. Una mirada sobre lo que se publica en libros, revistas y diarios y sobre lo que se comenta en programas de televisión y radio o en reuniones privadas, basta para confirmar esto. Para evitar herir susceptibilidades, usaré para ejemplificar lo que sostengo, mis propios comentarios de opinión en las páginas de EL UNIVERSAL. En las últimas semanas escribí sobre el libro publicado recientemente por quien fuera la autoridad máxima enviada por Estados Unidos para poner en marcha a Irak, haciendo hincapié en el señalamiento por parte del autor de los errores de inteligencia que se cometieron. Recibí el comentario de un lector. También publiqué varios artículos sobre la migración de mexicanos a Estados Unidos, enfocándolos desde distintas perspectivas: la de los propios indocumentados, la de quienes allá no los quieren o sí los quieren y sus razones para ello y las de los gobiernos de ambos países. Hice hincapié en las maneras tan diversas de pretender resolver un asunto que se ha convertido en el principal problema para ambas naciones. Recibí dos comentarios de los lectores. Y por fin, escribí sobre el PRD y AMLO, haciendo mis críticas y mis apreciaciones a ambos. Entonces recibí un alud de respuestas, más medio centenar cada vez, con los lectores opinando apasionadamente. Hace un año había yo hecho el mismo "experimento". En aquella ocasión escribí una nota sobre Chile destacando las candidaturas que se perfilaban para una contienda electoral y otra sobre Sudán y la masacre fratricida. En ningún caso recibí respuesta de los lectores. Sólo recibí un par de correos cuando hablé del maltrato a los animales y la contaminación de mares y playas en México. Pero cada vez que me referí a la primera dama, las opiniones llovieron a cántaros. Esto no sólo me sucede a mí. De hecho, la tendencia es tan clara, que una revista de circulación nacional usó durante varios años el anzuelo de poner a la señora Sahagún en la portada cada vez que quería incrementar sus ventas. Y los colegas de nuestro y de otros periódicos saben que solamente reciben respuesta de los lectores cuando hablan de ciertos temas y de ciertos personajes políticos mientras que el silencio recibe cualquier otro de sus comentarios. Suponemos que quienes leen periódicos y quienes se toman la molestia de mandar sus opiniones a los articulistas o editores, son personas con un cierto nivel educativo e interesadas en lo que sucede a su alrededor. Sin embargo, todo parece indicar que ese "alrededor" se reduce en nuestro país a lo que tiene que ver con lo más inmediato y con lo que los medios de comunicación y la publicidad estimulan. Dicho de otro modo, que a la gente le llama la atención cuando los candidatos se insultan, cuando alguien hace negocios turbios, cuando hay un secuestro o un ajuste de cuentas del narco, y a pocos les importa si en el centro de África hay hambruna, si en Francia hay disturbios o en Holanda se asesina a un cineasta por odio religioso. Ni siquiera nuestro propio continente parece atraer demasiado: Argentina pasó por una crisis brutal y en Haití hubo elecciones, pero nada de eso pareció preocupar en México. Y no hay que ir tan lejos: a pocos parece interesarles la gente de carne y hueso que cruza la frontera aunque todos griten contra el muro. ¿Qué pasa con nosotros? ¿Por qué en pleno siglo XXI vivimos solamente interesados en nuestros propios asuntos y sin preocuparnos de nada más allá? sara.sefchovich@asu.edu Escritora, investigadora en la UNAM
|