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    Mala educación
EDITORIAL DE EL UNIVERSAL
18 de abril de 2006

Por tercera vez en el sexenio, la OCDE, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, evalúa la calidad de la educación de México en alumnos de 15 años.

En el año 2000, en su evaluación de lectura, nos colocó en el lugar 34, el último; en el año 2003, en matemáticas, descendimos a la posición 37, de 41; y hoy, en ciencias, probablemente el resultado sea igualmente desalentador, pues sin entender lo que leemos ni manejar bien los números, difícilmente podríamos ir bien en ciencias.

Sin una buena educación estamos condenados a marchar a la zaga del progreso. La instrucción escolar nos pertrecha con lo mínimo necesario para desarrollarnos profesionalmente, para lo cual requerimos habilidades adicionales, sobre todo culminar los estudios universitarios, pero también adquirir el dominio de lenguas extranjeras y una formación en artes, así como la práctica de deportes.

En general, nuestra educación es precaria por múltiples razones, entre las cuales sobresalen la obsolescencia de los programas de estudio, la poca relevancia que damos a las ciencias, la carencia de materiales de estudio, computadoras, laboratorios, bibliotecas; el estancamiento en el proceso formativo de los profesores, muchos de los cuales dejan de estudiar después de recibirse, y la persistencia de la vieja cultura de que vale más una recomendación que una capacitación.

Otros fenómenos que lastran el sistema educativo tienen que ver con el sindicalismo, que sustrae de las aulas, a veces permanentemente, a muchos maestros, y los avatares de la política que han incidido en sacudimientos de la estructura académica y propiciado a menudo el encumbramiento de los mejores en el manejo de las fuerzas internas, pero no en las técnicas de la enseñanza.

De cualquier modo, es conveniente que México solicite las exploraciones del Programa de Evaluación Internacional de los Estudiantes, para medir con métodos no dependientes del gobierno el nivel del rendimiento de nuestro sistema de educación, pero ese examen resulta absolutamente inútil, si no provoca ninguna acción que corrija las causas de las muy graves deficiencias que son detectadas.

También es inconcebible que no tengamos nuestros propios mecanismos de evaluación crítica, para cotejarlos con los internacionales, o, si los tenemos, no se den a conocer para convocar a las entidades académicas, oficiales y estudiantiles a sumar voluntades y esfuerzos para depurar un aparato educativo que demanda el trabajo de más de un millón de docentes y recursos cuantiosos del erario.

No es suficiente con tener un magno sistema de educación pública, no es suficiente con hacer ostentación de contar con el mayor sindicato magisterial de América Latina; es menester que la educación en México funcione eficientemente, es decir, que logre que cada generación de estudiantes emerja con los niveles de preparación previstos, por lo menos, para que estén en condiciones de continuar estudios de mayor nivel o de incorporarse a las actividades productivas y competitivas, dotados de las capacidades que éstas requieren en grado cada vez mayor.

Esta es una tarea que no admite retrasos ni evasiones, que demanda atención urgente y la colaboración de todos, gobierno, maestros y sociedad.

 
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