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E n las elecciones de 2000 se acuñó el término "voto útil" para denominar a los electores no panistas que, proviniendo fundamentalmente de la izquierda y del liberalismo, estarían dispuestos a votar por Vicente Fox. En estas elecciones, de nuevo se quiere acuñar el término, sólo que con un sentido inverso: se imaginan que el voto útil de priístas podría apoyar a Felipe Calderón para vencer a AMLO. Antes, el voto útil fue para el cambio; ahora se pretende que sea para defender el statu quo . El cálculo no es tan sencillo. Primero está por verse que el PRI acepte ser el tercer partido sin chistar. Aunque Roberto Madrazo ha declarado que su primer objetivo es detener a AMLO, no todos los priístas van a coincidir con él. Segundo, aunque muchos acepten que el escenario más probable sea el de la caída del PRI, ésta no necesariamente favorecería a la derecha, como lo esperan los estrategas del voto útil. Una cosa es lo que piensen algunos priístas de arriba, y otra diferente lo que estén pensando los priístas de abajo. La base social y ciudadana que ha militado en el PRI no se va a sumar fácilmente al PAN. Muchos se abstendrán, y muchos otros votarán por AMLO, aunque ahora les digan a sus líderes que cuentan con ellos. Puede ocurrir un corrimiento por debajo que vacíe al PRI, sin llenar al PAN. Tercero, los líderes del PRI en el territorio -los verdaderos líderes- tendrán que hacer su propio cálculo. Los gobernadores y presidentes municipales del PRI buscarán apoyar a Roberto Madrazo, pero si lo ven perdido, difícilmente voltearán hacia el PAN. Pensemos por un momento en un gobernador priísta del norte del país. Ese gobernador, ante la inminente derrota del candidato presidencial del PRI, pensará de inmediato en sus propios intereses. Su interés fundamental será conservar la gobernabilidad en su estado. Ésta dependerá, entre otros factores, de conservar la mayoría en el Congreso local y contar con votos en el Congreso federal. Su cálculo no va a ser ideológico, sino político. El gobernador norteño sabe que el PRD no tiene suficiente fuerza en su estado. Salvo en Zacatecas, en el resto del norte, el PRD ha tenido votaciones bajas que, en promedio van de 2% a 10%. El gobernador sabe que el PRD no tiene capacidad inmediata de convertirse en una fuerza hegemónica. En cambio, sabe que si el PAN gana en su estado, no tendrá manera de frenar su derrota inmediata y posterior. Salvo en Nuevo León, estado que ha ganado el PAN, difícilmente lo recupera el PRI. Por mero cálculo de poder, a ese gobernador le será menos costoso perder frente a una fuerza más pequeña, que perder frente a quien ha sido su rival electoral histórico. Le será más fácil entenderse con el nuevo presidente si no pierde el control sobre su estado que si éste se pone en riesgo. Cuarto, a los gobernadores y presidentes municipales del PRI, les es electoralmente más rentable que se dividan sus votos opositores entre el PAN y el PRD. Ello aumenta la probabilidad de que el PRI gane. En cambio, con un solo polo, el efecto de la caída del voto priísta que produciría la polarización del voto presidencial entre PRD y PAN, colocaría al PRI en una situación de máximo riesgo en los estados donde la ventaja de la primera sobre la segunda fuerza es estrecha. Donde hay elecciones concurrentes, una derrota en su estado, colocaría al gobernador norteño en una situación de extrema debilidad. En aquellos estados, donde no hay elecciones concurrentes, una derrota limitaría su representación en el Congreso federal y, por lo tanto, su capacidad de negociación nacional. El voto útil del PRI que algunos -en un ejercicio mecanicista de comparación con lo que ocurrió en 2000- piensan que irá a reforzar la campaña de Calderón, no necesariamente lo hará. Una parte del priísmo mantendrá la expectativa de ganar hasta al final. Pero aún si se saben perdidos, por afinidades ideológicas de las bases o por cálculo de poder de los gobernadores, es más probable que su beneplácito sea para la izquierda que para la derecha. Diputado federal (PRD)
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