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Elección reñida la de ayer. Ninguno de los candidatos puede sentirse satisfecho con los resultados que obtuvo. Quien a final de cuentas resulte triunfador, lo hará con apenas 17 millones de los votos. Una fracción pequeña comparada con las 46 millones de voces que se expresaron el día de ayer. Hoy los triunfalismos amanecieron inmorales. Lo cerrado de la elección demuestra que las ofertas vertidas durante la pasada contienda fueron insuficientes para cargar nítidamente los dados a favor de una de las opciones. Podemos confiar en que México cuenta con instituciones electorales muy sólidas y que por tanto, así tengamos que esperar hasta el último de los procedimientos establecidos por la ley, pronto sabremos quién ganó la elección. Lo único que se requiere para llegar a ese día es tener calma. Nos queda esperar a que el próximo 9 de julio concluya la verificación de los votos por parte de los consejos distritales electorales del IFE. Aguardar a que el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) refleje el resultado de la mayoría de las casillas. Rogar por que los partidos no se pongan a impugnar a diestra y siniestra para alentar la resolución final. Estar seguros de que no será por la vía judicial que esta elección encontrará a un vencedor. Mientras tanto, aunque todavía no se conozca el resultado, tengo para mí que el mandato de la ciudadanía fue claro: ni todo el amor ni todo el poder para el próximo presidente de la República. Quien quiera gobernar este país habrá de vivir desde ahora con ello. Según datos de la encuesta de salida de IPSOS-BIMSA, 67% de quienes acudieron ayer a las urnas desearía que el próximo jefe del Ejecutivo invitara a sus adversarios para formar parte del gabinete. Los mexicanos deseamos una Presidencia compartida. El soberano también quiere colaboración entre los poderes de la Unión: 61% le piden al próximo Congreso que no le ponga límites al nuevo presidente. Los mexicanos estamos pidiendo dos cosas aparentemente contradictorias. Por una parte, queremos que el presidente comparta el poder con sus opositores y, por la otra, que el Congreso no estorbe al presidente. Sin embargo, ambas peticiones reflejadas por esta encuesta parecen tener algo en común: queremos un país plural en sus fuerzas políticas, pero al mismo tiempo le estamos exigiendo a los políticos que sean capaces de colaborar. Llama la atención que cerca de 15% de los electores decidiera su voto durante la última semana y que, de entre ellos, 8.66% lo hiciera la mañana de ayer. Por su parte, los jóvenes de entre 12 y 24 años se sintieron atraídos por esta elección. Funcionaron las campañas de llamado al voto dirigidas hacia los primerizos. No ocurrió lo mismo, sin embargo, con la población de entre 24 y 35 años. Su participación en esta contienda fue más baja de lo que se esperaba. Contrasta con este segmento de la sociedad el voto de los adultos mayores. Las personas mayores de 64 ejercieron su voz con toda sonoridad. De entre los mismos encuestados, sólo 35% de los electores llegaron como independientes a la jornada electoral. El resto de los votantes asumen plenas filias con alguna de las tres fuerzas políticas del país. En promedio, 20% de la población se siente identificada bien con el Partido Acción Nacional, bien con el Partido Revolucionario Institucional o bien con el Partido de la Revolución Democrática. En efecto, la militancia partidaria en México está fracturada en tres tercios de igual tamaño, y como reflejo de ello, el país reproduce tales preferencias. De acuerdo con la misma empresa de investigación, los votos para diputados obtenidos el día de ayer hablan de 34.4% de los asientos para el PAN, 31.2% para el PRD y 29.4% para el PRI. En menos de una década de historia, México pasó de ser la tierra de un solo partido y se convirtió en un territorio fraccionado en tres piezas sociales. Por todo ello, el próximo presidente de México estará obligado a dar por bienvenidos, no sólo a los votos emitidos en su favor, sino también las limitantes que claramente se le impusieron en las urnas el día de ayer.
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