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    Sin ganador
ALBERTO AZIZ NASSIF
03 de julio de 2006

El escenario más complicado se hizo realidad, las encuestas de salida marcaron una votación muy cerrada. Pero lo más delicado fue la inercia de los partidos políticos que salieron después de las ocho de la noche. El PRI se quedó extraviado en el pasado y salió a pedir que no se publicitara el conteo rápido, sino que se fuera a un conteo voto por voto. El PAN y el PRD, con la ambigüedad del momento, se declararon ganadores. Contra las peticiones del IFE, los partidos no pudieron aguantarse. Convocar a la gente a la calle a salir a festejar un triunfo sin definir, en un escenario no sólo poco prudente, sino irresponsable.

Las comparaciones con otros días de elección presidencial marcan, en sus enormes diferencias y los cambios que ha tenido el país en los últimos años. El 6 de julio de 1988 fue un día importante, pero el principal noticiero de televisión no hizo ni una sola mención sobre el proceso electoral. La memoria de ese día recuerda la caída del sistema de cómputo en la secretaría de gobernación, que controlaba todo el proceso electoral. La imagen de los comicios fue la entrada conjunta de los tres candidatos de la oposición al palacio de Cobián: Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel Clouthier y Rosario Robles. Fue de tal magnitud la paliza al PRI, que esa noche decidieron suspender la fiesta en el partido y al día siguiente se declaró que había terminado la época del "partido único". Nunca se pudo saber con claridad quién había ganado en realidad, pero los datos oficiales le dieron 30% a Cárdenas, la mayor cantidad a un candidato opositor durante el régimen del PRI. 1988 fue el inicio del sistema de tres partidos y expresó la urgencia de reformar las reglas del juego para darle cauce institucional a una sociedad plural. La gobernabilidad de un sistema autoritario quedó entrampada por la falta de legitimidad del proceso, por las múltiples violaciones a la legalidad y por la falta de eficacia de las reglas. El signo del fraude marcó esa elección y la crisis de gobernabilidad rondó todo el proceso de calificación de los comicios.

1994 fue año crítico para México. El levantamiento zapatista, el asesinato de Colosio, la fuga de capitales, el debate entre los candidatos a la presidencia y un denso clima de miedo, le dieron a la noche de la elección un sabor extraño. Se jugaba en condiciones completamente inequitativas para la oposición, pero al mismo tiempo, con un electorado tripartita y una oposición cada vez más fuerte. El último triunfo de un candidato del PRI no dejó satisfacciones, ni por los resultados, ni por la institucionalidad electoral que se estrenaba, porque todavía era completamente inadecuada para una democracia. 1994 tuvo una votación extraordinariamente elevada, llegó prácticamente a 78%. La gobernabilidad bajó y la débil institucionalidad encendió, por segunda ocasión, los focos rojos. Entre el miedo y la insatisfacción, el país enfrentó un proceso electoral con reglas agotadas.

El año 2000 se recordará como un parteaguas, lo que se inició 15 años antes, finalmente dio resultados. La prueba del ácido de la reforma de 1996 tuvo como consecuencia una elección de corte plebiscitario entre más PRI o una alternancia presidencial. La conjunción de las nuevas reglas, el desempeño autónomo de los organismos electorales y las redes ciudadanas que acompañaron el proceso, fueron una buena base para construir la legitimidad electoral. La fórmula fue el anuncio de la autoridad electoral, el reconocimiento del presidente Zedillo y la respuesta positiva del perdedor. México experimentó una alternancia presidencial en paz.

El 2 de julio del 2006 resultó un día histórico. Sin embargo, toda la organización y la tecnología no fueron suficientes para salir del escenario más complicado que se hizo realidad. Después de una larga campaña y un escenario previo de alta competencia, con pronóstico reservado sobre el ganador, al final del día el país se fue a dormir sin una conclusión. Confiamos que en las siguientes fases del proceso los partidos asuman la legalidad de la elección. Hoy no cabe otra gobernabilidad que no sea la de una aceptación democrática de los resultados, esa es la única forma de transitar a un escenario postelectoral que necesitará de acuerdo y pactos para formular las nuevas reglas del juego. Ya tenemos elecciones y resultados del primer mundo, sólo tenemos que esperar a que los actores políticos puedan salirse de sus inercias y acaten los resultados. Por lo pronto habrá que esperar hasta el próximo miércoles.

 
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PERFIL
 
Profesor e investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS). Ha escrito libros y numerosos artículos de investigación. También ha sido docente en universidades mexicanas y conferencista en diversas instituciones extranjeras, como la Sorbona de París, la UNESCO, la Universidad de California en San Diego y el Instituto Ortega y Gasset en Madrid.
 
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