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    Callar y hablar
José Fernández Santillán
14 de abril de 2006

V aya la que se armó después de que Andrés Manuel López Obrador le dijera al presidente Vicente Fox "cállate, chachalaca". Al tabasqueño le ha llovido de todo: el PAN aprovechó el desliz para echar a andar una campaña en la que acusó al perredista de ser un émulo del dictador venezolano Hugo Chávez. La reacción de Fox no se hizo esperar: el primer mandatario sentenció que a partir del 2 de julio de 2000 en México "nadie calla a nadie".

El lance le costó a López Obrador una caída en las preferencias electorales. A esto correspondió un ascenso de Felipe Calderón en las encuestas. Por su parte Roberto Madrazo, a pesar de las rebatingas que se registran en el PRI, no se despega de sus contrincantes. Como bien se dice: "En política nada está escrito". Las distancias se acortan. En estas últimas semanas se han escrito ríos de tinta sobre el inesperado vuelco que ha tomado la competencia electoral. No pretendo abundar al respecto. Quiero, en cambio, destacar cuán importante es hablar y callar en asuntos públicos. Vienen a la memoria episodios de la política mexicana. Por ejemplo, Pancho Villa, después de ser derrotado por Álvaro Obregón, firmó los Convenios de Sabinas que incluían el supuesto de que el Centauro del Norte ya no se pronunciaría sobre cuestiones públicas. Sin embargo, a finales de 1922 hizo una declaración a EL UNIVERSAL en favor del general Adolfo de la Huerta quien estaba en competencia con Plutarco Elías Calles, mancuerna de Obregón, por la Presidencia de la República. Resultado: el 20 de junio de 1923 Villa fue acribillado. "El pez por la boca muere".

Otra anécdota sobre esta dualidad entre el hablar y el callar se registró a principios de los años 50 cuando el presidente Miguel Alemán fue tentado por el deseo de prolongar su mandato otros seis años. Hubo, como era natural, un cúmulo de adhesiones a la iniciativa, pero también muestras de desacuerdo. De una parte, se organizó una campaña nacional para glorificar al presidente. Pero saltaron a la palestra dos ex presidentes, ambos militares: Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho se reunieron en el restaurante Ambassador. La prensa estuvo presente; los ex mandatarios no dijeron una sola palabra. El mensaje fue claro: allí paró la aventura reeleccionista de Alemán.

Luis Echeverría constituye un caso sorprendente en el callar y hablar. A lo largo de su carrera administrativa fue un hombre extremadamente reservado. No obstante, apenas fue nombrado heraldo del PRI, no paró de hablar hasta que entregó la banda presidencial a su sucesor. Para Echeverría hacer uso de la palabra era una necesidad fisiológica. Sufría incontinencia verbal.

Aún se recuerda el impacto que causó el discurso de toma de posesión de José López Portillo. Fue una pieza de oratoria estupenda que puso en pie el aletargado espíritu nacional. El entusiasmo se mantuvo durante algunos años para luego precipitarse al vacío. En el último informe de gobierno se le salieron las lágrimas de impotencia ante el fracaso. Como dice un refrán español: "Entró en caballo andaluz y salió en burro gallego".

Carlos Salinas aprovechó los instrumentos a su disposición, que eran muchos, para predicar las bondades de su estrategia modernizadora. Removió a la vieja clase política y puso en su lugar a los tecnócratas neoliberales. Igualmente, objeto de su animadversión fueron los perredistas. Cuando alguien le preguntó por ellos, simplemente contestó: "Ni los veo ni los oigo". Le estorbaba la oposición para practicar la democracia. Muchos opinan que el discurso de Luis Donaldo Colosio, el 6 de marzo de 1994, fue una ruptura con el salinismo. Adelantó el golpe. Avatares del destino, el 23 de marzo de ese año lo silenciaron para siempre. No hay fábula sin moraleja: no siempre lo mejor es hablar; a veces el silencio rinde mejores dividendos sobre todo cuando van de por medio asuntos de Estado.

Decía don Daniel Cosío Villegas que "los más de nuestros presidentes han sido hombres de pocas palabras". Desafortunadamente Vicente Fox no se encuentra entre ellos. Al igual que Echeverría aprovecha cuanta ocasión se le presenta para lanzar de su ronco pecho lo que le viene en mente. La diferencia entre ambos se encuentra en que el hombre de la guayabera intentaba estructurar, a su modo, un cierto discurso ideológico, mientras que el guanajuatense ha hecho gala de un peculiar estilo folclórico sin mayores pretensiones doctrinarias. Ahora que extrañamente giró hacia el lado filosófico al reivindicar la libertad de palabra, debemos decir que tal declaración sonó bien pero la verdad apunta en otra dirección: el informe del Centro de Derechos Humanos, Miguel Agustín Pro revela que la violación a la libertad de expresión, así como las agresiones contra periodistas durante el presente sexenio constituyen una práctica "continua y sistemática".

Es curioso y no carente de significado que el mismo día en que Fox decía que en México "nadie calla a nadie" se anunciara que la Suprema Corte de Justicia había confirmado la suspensión de los spots publicitarios en los que el mandatario aparecía destacando sus programas sociales con un claro sentido electoral. En un tono más formal y menos agresivo que el usado por López Obrador los magistrados le dijeron que echara marcha atrás en su intento por meterse en asuntos que no le corresponden. Le recordaron que en la democracia el uso de las libertades está sujeto a límites precisos. Y esos límites valen sobre todo para quien ejerce una responsabilidad pública.

Eso mismo habría que recordarle al PAN y a Calderón quienes han traspasado los límites polémicos que fija la democracia al propalar la frase de que López Obrador "es un peligro para el país" y al haber lanzado una campaña de odio contra Elena Poniatowska. Con estas actitudes, como dice Carlos Monsiváis, no se está buscando el triunfo, sino la destrucción del rival y el linchamiento de quienes están a favor de ese enemigo. Están usando un lenguaje bélico en una competencia que está diseñada para desarrollarse en un ambiente pacífico. Las autoridades respectivas deben intervenir para detener esta embestida que recuerda lo peor del fascismo. Hay que frenar el propósito regresivo.

josferna@itesm.mx

Director del Centro de Investigaciones en Humanidades del ITESM-CCM

 
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PERFIL
 
Director del Centro de Investigaciones en Humanidades, ITESM-CCM. Es doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y la Universidad de Turín, Italia. Recibió el Premio Nacional en Administración Pública del Instituto Nacional de Administración Pública (INAP) en 1980 y el Premio Nacional Universitario en Ciencias Sociales. Es reconocido como investigador nacional. Ha escrito ampliamente en las áreas de administración pública y democracia.
 
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