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    Viacrucis en la frontera
Julián López Amozurrutia
13 de abril de 2006

Desde muy joven me tocó conocer el viacrucis de los migrantes. Crecí en la frontera, en Nogales, Sonora. Hace 25 años, iniciando mi adolescencia, participé por primera vez en unos ejercicios de Cuaresma, con los que se preparaba la Semana Santa. Esos ejercicios los dirigió el padre Dagoberto Quiñones, en el santuario de Guadalupe de aquella ciudad fronteriza, del que era responsable. He conservado una peculiar claridad en la memoria sobre aquella semana, por varias razones. Por primera vez presencié un incendio, en una casa cercana. Pero además, poco después me enteré de que el padre Quiñones enfrentaba una denuncia en Estados Unidos por ayudar a migrantes ilegales. Entendí que la legalidad y la justicia no siempre coinciden.

En medio de la polémica que se sigue en Estados Unidos en torno de las iniciativas de ley sobre migrantes, lo más notable ha sido la serie de manifestaciones masivas de hispanos. Los mismos grupos que las han promovido invitan ahora a un boicot de un día en el consumo de productos estadounidenses para el 1 de mayo. En las últimas décadas, las dramáticas historias de tantos latinoamericanos que han llegado a Estados Unidos han convertido a la minoría hispana en la más importante de aquel país, y en una de las principales fuentes de recursos para el nuestro. Extraña paradoja que hermana los destinos de los hombres. No se puede olvidar que se trata de personas que se reconocen hispanoamericanos; es decir, herederos de la cultura latinoamericana pero a la vez integrados en el espíritu estadounidense.

Nada extraño que esto ocurra en una nación que, como pocas, se ha constituido como resultado de múltiples movimientos migratorios. A pesar de que ahora resurjan ejemplos de xenofobia, el fenómeno cultural se ha dado. La globalización le cobra a sus promotores la cuota no siempre asumida de su propio colonialismo.

El episcopado estadounidense ha sido ejemplar en su apoyo a estos movimientos. Los obispos vecinos han manifestado su sensibilidad, que de esta parte de la frontera se cristaliza en casas de apoyo al migrante. La polémica entre la caridad y una legalidad inhumana nos muestra en la misma ciudad de Tucson Arizona a un pequeño grupo de vecinos quemando una bandera mexicana y a muchos otros ciudadanos americanos perseguidos por su apoyo a los migrantes, en ocasiones por mínimos actos humanitarios.

Este Jueves Santo, en que los católicos iniciamos los días litúrgicos más solemnes, recordando el mandamiento del amor y la institución del sacerdocio, me mueve a recordar a aquellos hermanos sacerdotes que se desgastan en la atención concreta a los más necesitados, y a aquellos valientes hombres y mujeres que extienden en su caridad el lavatorio de pies de Jesucristo.

Aprovechando la tranquilidad y luminosidad en que dejan los viajeros la ciudad de México, podemos leer con esperanza las palabras de Benedicto XVI al finalizar su catequesis de este miércoles: "El perdón es fuente de paz interior y exterior y nos hace apóstoles de paz en un mundo donde lamentablemente continúan las divisiones, los sufrimientos y los dramas de la injusticia, del odio y de la violencia, de la incapacidad de reconciliarse para iniciar de nuevo con un perdón sincero.

"Nosotros sabemos que el mal no tiene la última palabra, porque quien vence es Cristo crucificado y resucitado, y su triunfo se manifiesta con la fuerza del amor misericordioso. Su resurrección nos da esta certeza: a pesar de toda la oscuridad que existe en el mundo, el mal no tiene la última palabra. Sustentados por esta certeza podremos con más valor y entusiasmo comprometernos para que nazca un mundo más justo".

teyamoz@prodigy.net.mx

Sacerdote y teólogo católico

 
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PERFIL
 
Participó en la Ciudad del Vaticano como Auxiliar en la Secretaría del Sínodo de los Obispos durante la Asamblea Extraordinaria para América en noviembre y diciembre de 1997. Desde el año 2001 es Director Espiritual adjunto en el Seminario Conciliar de México. De 2001 a 2003 es Coordinador Académico del Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos, del cual es desde el 2003 Director General. Desde el 2001 es también profesor en la Universidad Pontificia de México en el área de Dogmática. Ha colaborado también en otros centros, entre los que destaca el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, y ha fungido como perito en Teología en distintas actividades eclesiásticas, así como conferencista en diversos centros educativos. Actualmente es también miembro del Consejo de Bioética de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Ha participado en diversas publicaciones especializadas y de divulgación como autor y editor.
 
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