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Sara Sefchovich
13 de abril de 2006

El domingo pasado Juan Ga-briel cantó en Phoenix, en un teatro enorme lleno hasta el tope por un público entusiasta que estuvo casi todo el espectáculo de pie, bailando, festejándole cualquier gracia que se le ocurría hacer sobre el escenario y no solamente coreando las canciones, cuyas letras se sabía de memoria, sino también haciendo los movimientos corporales y de manos, exactamente igual a como los hacía el artista.

En el auditorio no había una sola persona que no fuera hispana. Hispano, según la definición de una señora a quien se lo preguntaron en una encuesta callejera para una estación de radio, es todo aquel latinoamericano, sea mexicano, salvadoreño, puertorriqueño, colombiano o peruano que vive en Estados Unidos y que allí se piensa quedar.

El momento político era especial, pues al día siguiente estaban anunciadas marchas en diferentes ciudades de ese país para exigir al Congreso estadounidense leyes de respeto y seguridad para los inmigrantes. De hecho, muchas de las personas del público participarían en la que se llevaría a cabo unas horas después en el corazón de la capital del estado de Arizona, que es el que más problemas fronterizos tiene con México y donde actúan algunos de los grupos supremacistas más violentos.

El cantautor puso su granito de arena para calentar a los paisanos: "Viva México", gritó una, 10, 20 veces y el respetable, emocionado hasta las lágrimas, repitió con fuerza el "viva", como si fuera un 15 de septiembre en el Zócalo. Y es que "como México no hay dos" decían, pero desde Estados Unidos, a donde se fueron y donde se piensan quedar.

Y cuando en una de las canciones apareció la línea: "Ya es hora que te regreses a tu tierra", nadie le siguió la onda al buen Juanga, quien para componer el error, lanzó las tan conocidas frases: "Ustedes son el alma de esta nación porque son quienes la trabajan", "ustedes se merecen ser ciudadanos americanos" y por fin, la joya de la corona: "Como dijo Emiliano Zapata: más vale morir de pie que vivir de rodillas".

Al medio día siguiente, empezó la gran marcha. Miles de personas, 150 mil según algunos cálculos, 200 mil según otros, se congregaron portando banderas estadounidenses y pancartas, gritando consignas, coreando: "Somos América, We are America", cantando God Bless America.

"Lo que queremos es que nos den chance de vivir acá, porque este es el mejor país del mundo", dijo un manifestante, "sólo queremos que nos den oportunidad de quedarnos acá a trabajar", dijo otro. "Queremos estar acá y que nos cuenten como personas humanas y no solamente económicamente", dijo un tercero. Todos lo tenían bien claro: "Lo que queremos es vivir acá. No queremos regresar a nuestros países. No queremos que nos manden de vuelta a México. Queremos estar en Estados Unidos pero sin miedo, sin tener que escondernos".

Según los medios de comunicación, el gigante había despertado ("no estaba dormido -decía una pancarta- es que estaba escondido porque no tenía papeles") y según un dirigente del Consejo Nacional de La Raza, "esto es irreversible, hemos cruzado la línea". Una señora que obviamente había asistido al espectáculo de Juan Gabriel la noche anterior recordó el consejo de Emiliano Zapata que transmitiera el cantante: "Es mejor estar parados que pasar la vida hincados". ¿Por qué millones de personas quieren vivir en otro país y desde allí gritarle vivas y adoraciones al suyo? ¿Por qué tantos mexicanos (y colombianos, peruanos, australianos, coreanos) quieren salirse de su tierra para irse a vivir a Estados Unidos?

La respuesta es evidente: porque en ese país al que se fueron sus padres o abuelos o ellos mismos desde "Zacatecas, Guanajuato, Oaxaca o Sonora", "cuando tenía 13 años compadre" o "hace 13 años mi hermano", en ese país en el que muchos ya nacieron o tuvieron a sus hijos y otros están ahora con papeles o sin, tienen todo lo que desean: casa, autos, celulares, empleo, servicios, dinero. Y en el suyo no lo tienen.

Eso sin embargo, no significa que no quieran seguir comiendo su comida, hablando su idioma, cantando sus canciones, venerando a su virgen y ondeando su bandera. Porque éstos ya no son los inmigrantes de antes, aquellos que llegaban a Estados Unidos abandonando sus países para siempre y que no sólo se integraban sino que se convertían en más americanos que los propios americanos. Los inmigrantes de hoy ya son otra cosa: son mexicanos que no quieren dejar de serlo y que al mismo tiempo son y quieren ser estadounidenses. Se trata de una nueva cultura, la de los hispanos o latinos o la raza, que no es mexicana pero sí, que no es estadounidense pero sí, y que grita "viva México" y llora con los mariachis, pero también ondea la bandera gringa y le canta a esa tierra que ahora es la suya, Estados Unidos de América, de donde no tienen intención de irse, donde se piensan quedar.

sara.sefchovich@asu.edu

Escritora, investigadora en la UNAM

 
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PERFIL
 
Escritora. Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su primera novela, Demasiado amor, le valió el Premio Agustín Yáñez en 1990. Fue becaria del INBA/FONAPAS en el área de ensayo durante el periodo de 1980-1981. Es autora también de La señora de los sueños (1993) y La suerte de la consorte (1999). Asimismo, ha escrito ensayos y colaboraciones en revistas.
 
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