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    Preguntas sobre la familia
Sara Sefchovich
06 de abril de 2006

Es conocida la historia del joven que hace unas semanas asesinó en Monterrey a dos niños y trató de asesinar a la chica que había sido su novia. El crimen nos obliga a pensar más allá y el primer lugar a donde me parece que debemos voltear es a la familia.

Lo que hemos observado es que los padres y hermanos del acusado lo han apoyado de manera incondicional. Y no nada más en lo emocional, económico y jurídico sino que apenas sucedido el hecho, su hermano mayor lo ayudó a huir hasta que la policía los encontró.

El año pasado, en Estados Unidos, en varias ocasiones fueron quemadas iglesias en el estado de Alabama. La sociedad entera se conmocionó pensando que volvían los tiempos de los crímenes por odio racial, pero no fue así, sino que el fuego lo habían prendido tres jóvenes blancos, universitarios, de clase media, cuya única motivación había sido divertirse o mejor dicho, desaburrirse. La policía los encontró porque uno de ellos, en algún momento de mala conciencia, se lo confesó a sus padres quienes a su vez dieron aviso a las autoridades.

Y la semana pasada Zacarías Moussaui se declaró terrorista y alabó a Osama bin Laden. La reacción de su madre fue decir: no es más mi hijo, para mí ha muerto.

Se trata de tres respuestas distintas de la familia frente a actos criminales cometidos por uno de sus miembros. En nuestra sociedad mexicana parece que defender al hijo es la prioridad, aunque haya cometido un delito.

Cuando hace algunos años los policías en una de las delegaciones de la capital encerraron durante varios días a tres jovencitas y las obligaron a cocinarles y darles servicios sexuales, a la hora de los careos quienes los defendieron con más vehemencia fueron sus esposas y madres, culpando a las víctimas ¡que tenían alrededor de 15 años! Y las dos telenovelas de más éxito en nuestro país, "Cuna de lobos" y "Alborada", sostienen su trama sobre una madre que es capaz de llegar al asesinato con tal de encumbrar a su hijo.

En la sociedad americana se pone por encima el respeto a la ley, y la familia lo acepta, porque a ella se la considera responsable de las desviaciones que llevan a las conductas delictivas. Cuando sucedió la matanza en la escuela de Columbine, la sociedad entera culpó a los padres de los asesinos porque no tenían la menor idea de lo que pensaban o hacían sus hijos.

En las culturas tradicionales, las transgresiones se castigan con la muerte, sea real o simbólica. Hemos oído de casos de hijas a las que se expulsa de la comunidad o incluso se mata porque pretenden casarse con alguien de otra religión o clase social que los padres no aprueban.

La pregunta inevitable: ¿es la familia responsable de un joven que asesina, de uno que quema una iglesia o de uno que se une a un grupo terrorista?

No lo sé. Lo que sí sé es que siempre nos han dicho que la familia es el lugar donde se genera el apoyo, la solidaridad y el amor, pero nunca nos han dicho que también allí se genera el enojo y el odio, la violencia y la incapacidad para soportar la frustración o el aburrimiento. Y siempre nos han dicho que la familia es el lugar donde se aprenden los buenos valores, desde el respeto a la vida hasta la obediencia a las leyes de la sociedad, pero la realidad muchas veces muestra lo contrario.

Y me pregunto, ¿acaso no hubo señales en la conducta de este joven que hubieran permitido a la familia anticipar su conducta y evitar el crimen? ¿Será que la familia no se percató porque no lo observó suficientemente, ocupados como estamos todos en tantas actividades que consumen no sólo nuestro tiempo sino nuestra energía, o de las cuales sí se percató pero no les dio importancia?

Y me pregunto, una vez que se cometió el delito, ¿cuál actitud de los padres es la adecuada, la de pretender proteger a su hijo a toda costa o la de obligarlo a pagar por su delito de acuerdo con las leyes de la sociedad o la de, de plano, no querer volver a saber de él y eliminarlo de sus vidas?

En el caso de Monterrey, todo parece indicar que la familia del inculpado cree que los llamados "lazos de sangre" marcan una obligación que se pone por encima de cualquier otra consideración. Por eso lo están apoyando para hacer declaraciones que parecen insostenibles e inventadas por abogados que pretenden librarlo de su responsabilidad en el evento.

Se trata sin duda de un caso todavía muy oscuro. Pero para que se le resuelva, la familia del acusado tendría que estar dispuesta también a aceptar la verdad y no solamente querer a toda costa proteger a su hijo.

Sara.sefchovich@asu.edu

Escritora, investigadora en la UNAM

 
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PERFIL
 
Escritora. Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su primera novela, Demasiado amor, le valió el Premio Agustín Yáñez en 1990. Fue becaria del INBA/FONAPAS en el área de ensayo durante el periodo de 1980-1981. Es autora también de La señora de los sueños (1993) y La suerte de la consorte (1999). Asimismo, ha escrito ensayos y colaboraciones en revistas.
 
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