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    Ciencia, política y vida
Julián López Amozurrutia
30 de marzo de 2006

LA vida es un misterio. Tal es la síntesis del mensaje que en ocasión del día de la vida presentó la Comisión Episcopal de Pastoral Familiar de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Y, como tal, la vida es un interrogante planteado al hombre, la encomienda de descubrir el sentido de la misma.

El tema resulta oportuno por dos frentes diversos. En primer lugar por la ambigüedad de lo científico. Es indiscutible que las ciencias han logrado desentrañar los elementos integrantes de sus objetos de estudio y su modo de funcionar. Con creciente agudeza e ingenio, desfilan ante el estudioso detalles cada vez más sutiles de la anatomía y fisiología de lo humano. Pero no debe olvidarse que cada ciencia en particular tiene el alcance que le permita tener los instrumentos de estudio de su propio objeto.

Nadie discute que el especialista en el ojo humano puede desconcertarnos si nos explica el intrincado funcionamiento del órgano más especializado de nuestro cuerpo. Pero sería un desacierto pedirle al especialista que nos explique el sentido global de la existencia humana a partir del funcionamiento de la vista. Es innegable que el método de las ciencias empíricas ha nutrido nuestro conocimiento de la naturaleza en cuanto mide e intenta explicar el funcionamiento de la vida en su complejidad. Pero sería irresponsable desbordar su alcance de los mismos instrumentos de control que utilizan. Generarían la caricatura que Miguel de Unamuno delinea con genial acierto en Amor y pedagogía. De acuerdo con su método, cada ciencia puede decirnos lo mismo que su estudio mismo le permite leer. Si esto vale, en general, para todo el conocimiento humano, vale en particular para el saber sobre la vida humana; más aún, en este campo se vuelve especialmente delicada su función, pues la ciencia sin conciencia en lo que se refiere al ser humano puede establecer una tiranía desde la ideología del cientificismo.

El hombre es más que lo que la ciencia logra descubrir. Podemos reconocer las estructuras celulares y orgánicas de nuestro ser, los intercambios con el medio que se juegan en el metabolismo, los componentes aprendidos y heredados en el comportamiento y muchos aspectos más. Pero ninguna ciencia agota al hombre en su misterio íntimo. El hecho de que existan ciencias nos hace ver que el hombre, el que las cultiva, va más allá de lo medible por su capacidad de interrogarse, por su curiosidad natural y su deseo de integrar una visión global de su ser y del ser del mundo. El hombre puede descubrirse y debe hacerse cargo de sí mismo. Ninguna persona estaría en realidad dispuesta a aceptar que su identidad más profunda se resuelva en los números y fórmulas que explican su funcionamiento. El hombre es "algo más", y en este "algo más" se encuentra el principio por el que reconocemos su dignidad, sus deberes y derechos inalienables.

El segundo aspecto por el que el tema resulta oportuno es el político. En el actual contexto electoral, se ve con tristeza que las ideas y convicciones quedan supeditadas al interés por el voto. Se sospecha, a pesar de que todos los candidatos de elección popular aseguren estar dispuestos a defender la vida y su dignidad, que no están tan comprometidos con el valor de la persona en sí misma como con la preocupación sobre qué tantas simpatías o antipatías les pueda generar expresar una opinión al respecto. Los compromisos concretos se nos presentan a los electores como una extraña masa informe y pantanosa.

No todos tenemos la misma visión religiosa. Muchos aseguran incluso no tener alguna. La libertad de conciencia y de religión es un gran valor. Pero me parece que entre los mínimos que es necesario defender en el sentido común de una sociedad humanista se encuentra la dimensión misteriosa de la vida humana, que es fuente de respeto. No se trata de generar confrontaciones estériles. Se trata de recordar que hay ámbitos de lo humano que no se reducen a lo mensurable o a lo manipulable políticamente, y que en ellos se juega nuestra dignidad. La visión religiosa de la vida puede ayudar a todos a recordarlo.

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A propósito de mi última colaboración, coincido con el amable lector que me comenta: "Al abordar la corrupción rampante en los sindicatos, me permito recordar que tal acción tiene al menos dos participantes: el que corrompe y aquel que es corrompido, ambos incurren en lo mismo y por lo tanto son corruptos. Para el caso concreto que ha abordado, tanto gobernantes como empresarios y sindicatos han actuado históricamente como corruptores y corruptos, siempre según cómo y para dónde sople el viento, es decir, han asumido de forma indistinta ambos papeles, conforme a sus conveniencias". La corrupción del caudillismo es reprobable en cualquier frente que se presente.

teyamoz@prodigy.net.mx

Sacerdote y teólogo católico

 
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PERFIL
 
Participó en la Ciudad del Vaticano como Auxiliar en la Secretaría del Sínodo de los Obispos durante la Asamblea Extraordinaria para América en noviembre y diciembre de 1997. Desde el año 2001 es Director Espiritual adjunto en el Seminario Conciliar de México. De 2001 a 2003 es Coordinador Académico del Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos, del cual es desde el 2003 Director General. Desde el 2001 es también profesor en la Universidad Pontificia de México en el área de Dogmática. Ha colaborado también en otros centros, entre los que destaca el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, y ha fungido como perito en Teología en distintas actividades eclesiásticas, así como conferencista en diversos centros educativos. Actualmente es también miembro del Consejo de Bioética de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Ha participado en diversas publicaciones especializadas y de divulgación como autor y editor.
 
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