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EL fin de semana pasado fuimos testigos de las mayores movilizaciones realizadas por hispanos, principalmente mexicanos, desde los tiempos de César Chávez, pero esta vez no sólo fueron en las áreas rurales, sino en el corazón de los centros urbanos más importantes de Estados Unidos. En Los Ángeles, cientos de miles, medio millón según las autoridades, salieron a las calles y se congregaron en el City Hall. Ahí, Antonio Villarraigoza -primer alcalde hispano de la ciudad e hijo de inmigrantes mexicanos- le dirigió un mensaje solidario a la multitud que rechazaba la aprobación de la ley Sensenbrenner, aprobada por la Cámara de Representantes y que entonces se encontraba en discusión en el Senado. El contenido central de esta iniciativa es la criminalización y persecución de todos aquellos que se encuentren en Estados Unidos en forma indocumentada, pero no sólo; también incluye una serie de medidas punitivas que se aplicarían a quienes les brinden algún tipo de ayuda. Es decir, sacerdotes, enfermeras, maestros estarían obligados a denunciar a quienes no tienen sus papeles en regla o correr el riesgo de ir a prisión hasta por cinco años. Cuando esta iniciativa se aprobó en la Cámara de Representantes, el propio arzobispo de Los Ángeles llamó públicamente a no obedecer la ley. Estas medidas claramente xenofóbicas propiciaron un efecto positivo, porque los hispanos salieron y dieron la cara para oponerse a su aplicación, pero también para mostrar un orgullo reciente que les da la certeza de que no pueden ser tratados como criminales o terroristas porque no lo son; se trata de gente honrada y digna que lucha por trabajar y ganarse el sustento propio y de su familia. Salieron para protestar, pero también para reclamar el reconocimiento social a su labor, porque ahora saben que sin ellos la economía de EU, y de California, especialmente, no sería lo que es. Algunos de los participantes que fueron entrevistados por diferentes medios de comunicación aseguraron que ya no están dispuestos a esconderse, a bajar la cabeza para pasar desapercibidos."Mi trabajo vale" dijo una mujer hondureña de edad avanzada. También, editoriales de los periódicos como Los Angeles Times, NY Times, Washington Post, entre otros, se refirieron a las movilizaciones y reprocharon la "ceguera voluntaria" de una sociedad que se ha negado a dar visibilidad a quienes conviven diariamente con ellos, cocinando en sus restaurantes, arreglando sus jardines, o limpiando sus oficinas. Las observaciones de Eugene Robinson, el martes en el Washington Post, me parecen oportunas, pues reclama el desconocimiento de las condiciones en que viven los indocumentados, 12 millones de personas que tienen dificultades para conseguir un hogar digno, o para comprar un carro y mucho más para obtener una licencia de manejo. Y es que un factor fundamental para lograr el reconocimiento de los derechos de nuestros paisanos pasa por generar conciencia en la sociedad estadounidense de la importancia que tiene su presencia para el desarrollo de su vida cotidiana. Es darle rostro a la migración, y superar la dimensión judicial para sobreponer la humana. Y es que los hispanos son ya la primera minoría en Estados Unidos, principalmente compuesta por mexicanos, pero no han recibido la atención que debería venir con esta nueva realidad: son pocos quienes, como Villarraigoza, ocupan espacios de decisión importantes. Por eso, las movilizaciones que siguen sucediendo, cuentan con ingredientes políticos sumamente valiosos para continuar la lucha a favor del reconocimiento de sus derechos humanos y laborales: la organización y la concientización. Tan sólo unas horas después de estas manifestaciones la discusión de la reforma migratoria dio un vuelco positivo en el Comité Judicial del Senado estadounidense, que aprobó, con el voto dividido de los republicanos una propuesta con una orientación diferente: la ley Specter, que en realidad toma sus bases de la que desde hace años habían presentado Edward Kennedy y John McCain. Esta propuesta no criminaliza, sino que trata de reconocer la aportación de los migrantes a la sociedad y abre la puerta para adquirir la ciudadanía a quienes cumplan con requisitos puntuales. Además considera un importante programa de trabajadores huéspedes. Sin duda existen avances, pero no podemos echar las campanas al vuelo. Ahora, existen dos propuestas a discusión: una conservadora, que ve a los migrantes como un peligro, y otra, incluyente, que valora su aportación y la necesidad que tiene Estados Unidos de esa mano de obra. Ambas se dirimirán en la Conferencia que se establezca entre los órganos legislativos para alcanzar un texto único que después sería enviado al Presidente Bush. Sin embargo, este vuelco, por la organización y el activismo de los migrantes, hace que todo se encamine a reconocer plenamente sus derechos fundamentales en aquel lado de la frontera. Este nuevo rumbo es un revés a los intelectuales conservadores que pretenden negar la importante contribución que los migrantes hacen no sólo en el ámbito económico, sino también en el cultural, en el lingüístico, en el arte y las letras, incluso en el gastronómico, ya que el encuentro entre culturas no debe producir choques, sino enriquecer la cultura global de los pueblos. Gobernadora de Zacatecas
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