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SEGÚN el diccionario de la Real Academia de la Lengua, la palabra "precario" significa "de poca estabilidad o duración". En términos más generales y referido al empleo es convertirlo en "inseguro y de poca calidad". Y es esto precisamente lo que está tratando de hacer el actual gobierno francés, de derecha, con la juventud de ese país, especialmente a través del llamado "contrato del primer empleo", mediante el cual los patrones pueden ocupar a personas menores de 26 años por un máximo de dos años, con menor salario y sin tener ninguna protección, y en cualquier momento durante ese lapso pueden ser despedidos de un día para otro y sin ninguna responsabilidad para el patrón. Asimismo, el gobierno francés ha aprobado que a partir de los 14 años de edad los jóvenes pueden ser contratados como "aprendices", lo que constituye una regresión sin precedentes. Es como volver a las condiciones del siglo XIX y sin duda es una medida que deberá también provocar indignación en el pueblo francés. Francia, que en muchos asuntos ha sido un ejemplo a seguir para el mundo, lo está siendo ahora pero en sentido contrario, por las respuestas negativas que su gobierno está instrumentando en contra de su población. Apenas están saliendo de la etapa violenta de fines del año pasado, producto de la precariedad y miseria en que vive la gente en muchos barrios y ciudades francesas, sobre todo los inmigrantes de África, principalmente de los países donde, por cierto, por años ejercieron la violencia colonial. Ahora esta propuesta del primer ministro pone de nuevo en ebullición a la población, sobre todo a los jóvenes y dentro de ellos a los universitarios, pues son los más afectados por lo que está pasando, no sólo en su país sino en toda Europa. Francia se encuentra a la cabeza de los países desarrollados con más de 20% de su población entre los 15 y 24 años desempleada, y de los que han cursado la universidad, los que hoy tienen un empleo estable no llegan a 30%. Se calcula que cerca de 100 mil jóvenes salen cada año con su título universitario y que no les sirve para conseguir un empleo. La juventud francesa no quiere hacer la revolución o repetir los sucesos del 68, así lo ha manifestado. Lo que pide es poder tener las mismas condiciones que tuvieron sus padres, donde la protección social, el empleo y la salud estaban asegurados para la mayoría de ellos. Ahora resulta que una generación después es imposible hacerlo, y ven que las causas fundamentales se encuentran en la mundialización de la economía, que para el caso francés no ha resultado en una mejora generalizada de las condiciones de vida. La propuesta del primer ministro, el señor Villepin, es funesta y a la vez siniestra, pues puede ocasionar que muchos empleos estables se conviertan en inestables y, sobre todo, de corta duración, ya que a los patrones les es más barato este tipo de contratación que la permanente. Eso explica el que las organizaciones sindicales también se hayan unido a las protestas, pues ven en este "contrato del primer empleo" la posibilidad de ver reducidas varias de las conquistas sindicales que eran un ejemplo en el mundo del bienestar europeo. Lo que está ocurriendo es quizás el fin de un régimen que no ha querido profundizar en las medidas sociales y que ha confiado en que la dichosa mundialización los sacará del "hoyo negro" que tienen sobre todo en el empleo. Esto, como sabemos, es imposible no sólo en Francia sino en el resto del mundo. Lo que está en juego, no sólo en ese país europeo sino a nivel mundial, es la capacidad del actual modelo económico para dar satisfacción a las necesidades de la gente en varios temas fundamentales para la vida, como son el empleo, la educación y la salud. En estos tres temas casi todos los países del mundo tienen cuentas regresivas. Aunque quizá lo único bueno de lo que está sucediendo es que cada vez empieza a ser más evidente que no es sólo un problema de los países subdesarrollados sino, como vemos, también de los desarrollados. Se debe ir más allá de la tozudez que hasta ahora han demostrado las autoridades francesas y que, sin duda, será derrotada por el pueblo. Pero, una vez ganada la batalla contra esta propuesta miserable, ¿qué va a pasar con esta generación mundial de "precaristas"? En estos tiempos de descubrimientos extraordinarios y de dominio de la naturaleza como nunca, la oferta que se les hace a los jóvenes es vivir al día y permanentemente miserables. Así es imposible que se pueda vivir por mucho tiempo y esto lo deben de entender los dirigentes actuales. Es tiempo de cambiar el modelo; de atender primeramente las necesidades de la gente. Hay propuestas plausibles, como la del ingreso o renta básica, que otorguen cuando menos un ingreso mínimo que les permita vivir, con o sin empleo, pero con dignidad, pues recordemos que hoy en este mundo globalizado no hay, ni habrá en el futuro, empleo para todos. Lo que sí hay es una obligación con las nuevas generaciones de ciudadanos. Hagamos todo lo que sea necesario para que esta "generación de precaristas" deje de serlo en el corto plazo, porque si no las consecuencias serán terribles. Analista político y economista
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