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    Las reacciones
Sara Sefchovich
30 de marzo de 2006

MEDIO millón de personas salieron a las calles de Los Ángeles, 100 mil a las de Chicago, 20 mil a las de Phoenix, miles más a las de Denver, Milwaukee y otras ciudades, para protestar contra las propuestas de reforma a la ley de inmigración en Estados Unidos.

En México, muchos se emocionaron por esas marchas, que se interpretaron como un mensaje claro y fuerte dirigido a los legisladores del país vecino. Algunos hasta cantaron victoria por lo que les parece que es el anuncio de una próxima solución para unos 11 millones de indocumentados que viven allá, más de 70% de ellos mexicanos.

Pero no es tan fácil. Y si queremos realmente entender las cosas y no dejarnos llevar por el puro deseo, debemos ver también que a muchos ciudadanos estadounidenses esas manifestaciones les produjeron enojo y no sólo eso, sino también el fortalecimiento de su convicción de no querer ningún tipo de negociación con los inmigrantes, efecto exactamente contrario al que se quería conseguir con ellas. O por lo menos, eso se puede inferir de los comentarios en los medios y las cartas enviadas a los periódicos en los días siguientes a las manifestaciones, de las que extraigo algunos ejemplos:

"Los ilegales mexicanos -que por cierto ondeaban la bandera de su país mientras marchaban- pretendían influir en la manera en que nuestro Congreso hace nuestras leyes. ¿Desde cuándo los ciudadanos de otra nación nos dicen lo que es lo mejor para ellos y pretenden que se hagan leyes de inmigración que sirven a sus intereses? Nuestro gobierno ha sido demasiado suave durante demasiado tiempo y esta protesta es resultado de dicha actitud. La marcha fue una protesta ilegal y la mayoría de quienes protestaron no son ciudadanos de Estados Unidos".

"Perdón pero, ¿desde cuándo un ilegal tiene derecho a marchar y exigir?, ¿qué la palabra ilegal no significa nada? Si no les gusta lo que sucede en este país, que se regresen a donde vinieron y que hagan sus marchas en sus capitales. Tal vez los ciudadanos americanos deberíamos marchar a nuestras capitales para exigir que algo se haga sobre este tipo de situaciones ilegales".

"Díganles a esos inmigrantes ilegales que se vayan a México y le hagan marchas al presidente Fox. Lo que ellos tienen que hacer es terminar con la corrupción, la pobreza y la discriminación en su propio país"; "Así que 20 mil ilegales volvieron a violar la ley y a afectar a los negocios y la vida cotidiana normal de los ciudadanos. Mis bisabuelos y mis tatarabuelos vinieron aquí legalmente y ahora se supone que yo debo aceptar a los ilegales porque sus propios gobiernos no les cumplen y se supone que debo trabajar duro para ayudar a que esa gente tenga atención médica y servicios. Los patrones que los contratan les pagan por debajo de la mesa sólo para mantener bajos los salarios y así no tenerle que pagar un salario decente a un estadounidense. Yo digo que hay que mandarlos de regreso, hay que obligarlos a jugar con las mismas reglas con las que todos los demás jugamos".

"Qué maravilla cerrar las calles para que la gente honesta que trabaja no pueda hacer sus negocios. ¿Y quién va a responder por esas pérdidas? ¿Por qué se permitió a los ilegales llevar a cabo una marcha ilegal, escoltada por la policía, y sin que nadie tenga que responder por ello?, ¿y por qué cuando los ciudadanos estadounidenses intentan hacer algo así los llevan a la cárcel?, ¿por qué los políticos que con nuestro voto llevamos a los cargos públicos están más preocupados por permitir que los ilegales se queden en nuestro país que por poner en práctica las leyes que ya existen?".

"Si estas marchas no llevan a los americanos a darse cuenta de que están perdiendo su país, entonces ya nada lo logrará. Dicho de manera muy simple: estamos siendo invadidos. Un número impresionante de ilegales vive acá. Su impacto en el crecimiento de la población y en la fragmentación cultural es mucho mayor que nada que hayamos experimentado antes. Y si seguimos fracasando en asegurar nuestras fronteras, para fines del siglo, si no es que antes, estaremos sobrepoblados, divididos culturalmente y además seremos bilingües.

"Las fuerzas de la derecha y de la izquierda por igual le han permitido al gobierno mexicano deshacerse de millones de sus ciudadanos pobres, sin educación y sin calificaciones, echándolos para acá. No es culpa de ellos, sino de una combinación de ambición, idealismo liberal y prostitución política. Como alguien cuya familia llegó a Norteamérica 150 años antes de la revolución y cuya sangre, sudor y lágrimas ayudaron a construir esta nación, no quiero ver a mi cultura relegada".

"No hay ningún trabajo que los americanos no quieran hacer siempre y cuando se les ofrezca un pago decente. Pero, ¿para qué ofrecer un pago decente cuando se quiere a alguien que trabaje los campos, cuide a los niños, atienda el jardín, trabaje en la fábrica o limpie las mesas de los restoranes si se puede contratar a un ilegal que va a trabajar muchas horas más por menos dinero y sin quejarse?"

"¿Cómo se puede protestar por algo a lo que no se tiene derecho?, ¿cómo se puede alguien quejar cuando le dan estampillas para comida, atención médica gratuita y no tiene que pagar impuestos? Ellos dicen que no son criminales, pero cualquier cosa ilegal es en contra de la ley. Quiero mi colonia de regreso, limpia y bien cuidada. Nosotros somos aquí los perdedores y no estamos en la calle protestando, sino que protestamos en las urnas porque somos legales".

De modo pues que todavía no se puede cantar victoria. Y hoy por hoy, como dice Mary Sánchez, editorialista del Kansas City Star: "Los ciudadanos norteamericanos y no los señores del Congreso son los que deberían ganarse para esta causa".

sara.sefchovich@asu.edu

Escritora, investigadora en la UNAM

 
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PERFIL
 
Escritora. Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su primera novela, Demasiado amor, le valió el Premio Agustín Yáñez en 1990. Fue becaria del INBA/FONAPAS en el área de ensayo durante el periodo de 1980-1981. Es autora también de La señora de los sueños (1993) y La suerte de la consorte (1999). Asimismo, ha escrito ensayos y colaboraciones en revistas.
 
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