El Universal Editoriales
 
 Buscar en: 
 
 
   
    Blindados
Pablo Marentes
28 de marzo de 2006

LOS consorcios de radio y de televisión mantienen blindados a los grupos gobernantes y las élites empresariales de los penetrantes cambios sociales que comenzaron a generarse a partir de mayo de 1985, cuya complejidad y magnitud han crecido durante los pasados 20 años.

Salvo raras excepciones, concretadas en tres o cuatro programas noticiosos que difunden Radio Monitor y Radio Fórmula, y en algunos reportajes y colaboraciones semanales propiciados por el experimentado, el sabio Joaquín López-Dóriga, la radio y la televisión están dedicadas a emocionar a algunos grupos de población urbana mediante programas de ayuda altruista y telenovelas con producción costosa que emulan a las viejas series inglesas, pero con escasa originalidad y menor inteligencia.

La radio y la televisión no informan, no inducen la reflexión, no entretienen ni divierten con inteligencia, no contribuyen a educar, ni dan a conocer bienes y servicios cuya calidad y utilidad estén garantizadas por el productor o el distribuidor. No contribuyeron al análisis de las reformas a los artículos 27 y 130 implantadas durante la lectura del informe presidencial del 1 de septiembre de 1991; no explicaron el surgimiento del Ejército Zapatista de Libreación Nacional, ni analizaron los efectos de los asesinatos del candidato Luis Donaldo Colosio y de Francisco Ruiz Massieu, ni de la puesta en marcha del Tratado de Libre Comercio para América del Norte, ni el colapso en 1994 de los endebles cimientos de la economía nacional al ser englobada -engullida- por las maquinarias comerciales de EU y de la Unión Eropea, ni las consecuencias de la triangulación de exportaciones procedentes de los tigres de la Cuenca del Pacífico. Ni del tsunami manufacturero, comercial y de servicios originado en China y en la India, agravado por el creciente contrabando.

Ni la radio ni la televisión analizan los factores que desataron el desmesurado, exorbitado, inagotable éxodo de 10 millones de mexicanos hacia EU, que despobló de trabajadores y padres y madres de familia los campos de Michoacán, Oaxaca, Durango y Zacatecas, y que ha convertido al país en un dependiente alimentario.

Ese conjunto de cambios ha desatado en México uno de los procesos de movilización social más vastos, más profundos que una nación contemporánea haya experimentado. El regreso anual de centenas de miles de algunos migrantes -cargados de ropa, enseres domésticos y experiencias nuevas- se convierte en detonante de demandas existenciales y exigencias de ocupaciones remuneradas, mejor educación, medicina social y programas de capacitación.

La movilización social hace que aumente la población políticamente relevante, es decir, el número de individuos a los que el gobierno debe tomar en cuenta. Remito a los interesados en el fenómeno de movilización social a que me refiero, a la lectura del precursor análisis de factores de rápido cambio social que publicara Karl Deutsch -el autor de Los nervios del gobierno- en septiembre de 1961 en el número 55 del American Political Science Review, cuya lúcida traducción se encuentra en el capítulo quinto de Las naciones en crisis del mismo autor, página 110, Fondo de Cultura Económica, 1981.

El fenómeno que analiza y documenta Deutsch tiene implicaciones hoy en México. Lo define como un proceso durante el cual se erosionan antiguos usos económicos y se rompen viejas lealtades sociales y sicológicas; los individuos adoptan nuevas formas de comportamiento y los sistemas políticos pierden estabilidad porque se deterioran los mecanismos de control social. En los países en donde el proceso se ha presentado, los gobiernos se han visto obligados a extender sus servicios y a incrementar su capacidad de respuesta a las demandas de los grupos de movilizados. También ha forzado a las élites -políticas y empresariales- a transformar su comportamiento frente a la población.

Dentro de un proceso de movilización social, los medios de comunicación deben transformarse en instrumentos de envío y recepción de mensajes de las élites hacia los diversos grupos, y de captación de los mensajes de la población hacia las élites. Si así no ocurre, las élites corren el riesgo de perder contacto con los estratos sociales movilizados, y se desatarán desfiles, manifestaciones, disturbios y huelgas. Y crecen los auditorios que ponen atención a los mensajes políticos. Si la élite no transforma sus maneras de comunicarse surgen los estallidos. La investigación de los últimos 30 años así los registra y documenta.

La televisión y la radio no pueden ser vistas como dos oportunidades más para hacer negocios privados. Ambos son instrumentos para la comunicación cuyo empleo debe efectuarse con base en claras y sencillas normas que permitan en cada momento someterlos -como está sometido cualquier gobierno constitucional al imperativo de normas supremas- a los controles y equilibrios inventados por los padres fundadores del sistema constitucional estadounidense tan encomiado por los dirigentes tradicionales políticos y empresariales mexicanos. Que no confundan los concesionarios los checks y balances con cheques y estados financieros. Se trata de controles y equilibrios que permiten corregir con eficacia inmediata las imperfecciones de la vida de relación social y los excesos y desmesuras del mercado.

La televisión -al aire y a través de sistemas restringidos y de paga- y la radio han venido funcionando sólo para los mighty mexicans, cuya existencia propaló el profesor Hank González en aquella edición que hace 30 años patrocinó de la celebrada revista Town and Country. Poco o casi nada dicen de las necesidades de los grupos que constituyen los inadvertidos, los ignorados 100 millones de niños, adolescentes, adultos y viejos que componen el "resto" de la población nacional. El registro histórico que puede salvar el sexenio de Vicente Fox podría ser su bien probado respeto a la libertad de opinión y de expresión. Y la orden que hoy podría dar a los senadores de su partido para que se decidan por un ordenamiento que propicie que la radio y la tv mexicanas cumplan las funciones sociales inherentes a esos medios en la cambiante sociedad contemporánea.Profesor de la FCPyS de la UNAMmighty mexicans, cuya existencia propaló el profesor Hank González en aquella edición que hace 30 años patrocinó de la celebrada revista Town and Country. Poco o casi nada dicen de las necesidades de los grupos que constituyen los inadvertidos, los ignorados 100 millones de niños, adolescentes, adultos y viejos que componen el "resto" de la población nacional.

El registro histórico que puede salvar el sexenio de Vicente Fox podría ser su bien probado respeto a la libertad de opinión y de expresión. Y la orden que hoy podría dar a los senadores de su partido para que se decidan por un ordenamiento que propicie que la radio y la tv mexicanas cumplan las funciones sociales inherentes a esos medios en la cambiante sociedad contemporánea.

Profesor de la FCPyS de la UNAM

 
BÚSQUEDA
Autor:  
 

PERFIL
 
Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha fungido como director general de Canal 11, de Corporación Mexicana de Radio y Televisión Canal 13, del Instituto Mexicano de Televisión y de Imevisión. Redactor de la revista Siempre!, donde publicó entre 1959 y 1960 entrevisas con Hubert Humphreys, Richard Nixon, John F. Kennedy, Lyndon Johnson, Robert Kennedy y Stewart Symington. Por otro lado, fue director de Comunicación del Gobierno del D.F. y vocero del entonces Jefe de Gobierno, Cuauhtémoc Cárdenas.
 
Editoriales anteriores
 
Juárez y la nación 21-marzo -2006
 
Michelle Bachelet 14-marzo -2006
 
Llorarán 07-marzo -2006
 
Una transferencia pacífica 28-febrero -2006
 
Desmesura 21-febrero -2006
 
 
- A   A   A +
El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Mapa de sitio
© 2006 Copyright El Universal, México.