|
HACE pocos años vino a estas tierras uno de los grandes estudiosos de la política, Mark E. Warren. Después de observar nuestro ambiente dijo que en nuestro país había mucho ruido, refiriéndose a la vivacidad de las disputas por el poder, y que ese ruido era bueno porque constituía una energía propicia para impulsar la transformación de nuestro sistema político. No obstante, aunque en una primera instancia la libertad para decir cuanto se quiere después de estar sujetos a los controles y limitaciones propias del autoritarismo sea un hecho positivo, en una segunda instancia, para que haya un verdadero florecimiento de la democracia se requiere que el estruendo se transforme en armonía, esto es, en un concierto en el cual todas las partes se pongan de acuerdo en el acatamiento de ciertas reglas básicas de convivencia y de respeto entre los participantes en la vida pública. Dicho de otro modo: como decían los griegos, la clave está en pasar del "caos" al "cosmos". La esperanza de Warren era que la etapa dominada por el ruido no se prolongara demasiado, y que México pudiese pasar a un periodo en el que prevaleciese la armonía, entendida ésta no como la inamovilidad o la parálisis, sino como la condición en la que la dinámica propia de la democracia, basada en la disputa civilizada por el mando político, pudiese orquestar las diferencias en bien de la nación. Pues bien, tomando en cuenta estas observaciones, nos percatamos fácilmente que aún seguimos en la estridencia sin haber logrado encontrar una fórmula que frene la violencia verbal. Señalo esto porque estamos asistiendo a un recrudecimiento de las descalificaciones, las diatribas y los insultos entre bandos opuestos, particularmente entre los candidatos a la Presidencia de la República. A dicha rebatinga se ha sumado con particular entusiasmo el Presidente de la República quien, se supone, debería ser quien llevara la batuta en esa necesaria "armonización del conflicto", propia de toda democracia bien constituida. En vez de ello, Vicente Fox Quesada se ha subido al cuadrilatero para entrarle al zafarrancho partidista. El cometido es ayudar al candidato de su partido, Felipe Calderón Hinojosa, en el afán de dar alcance al abanderado del Partido de la Revolución Democrática, Andrés Manuel López Obrador, quien, como sabemos, va punteando las preferencias electorales. Por supuesto, no ha sido ajeno a la reyerta en curso Roberto Madrazo, heraldo del Revolucionario Institucional. De uno y otro lado vienen acusaciones, ocurrencias, voces altisonantes que ya desde hace rato rebasaron los linderos de la contienda democrática para ubicarse en el terreno de la procacidad simple y llana. Algunos estrategas y analistas afirman que esto es parte normal de la carrera por la Presidencia de la República. No lo es: no toda competencia por el poder es democrática, sólo lo es aquella que cuenta con la autolimitación de los participantes que comparten el sentido de la responsabilidad y que condividen el respeto por las leyes y, como decía Montesquieu, el espíritu que las anima. Queda de manifiesto la persistencia de una cultura terriblemente atrasada en parte de nuestra clase política. Cultura, por cierto, que no ha progresado al mismo ritmo que los cambios registrados por el país en asuntos de pluralidad, avance de los derechos civiles y políticos, heterogeneidad de nuestra sociedad civil y, aunque suene paradójico, la presencia de una cultura democrática en franjas importantes de esa misma sociedad civil. La referencia a Mark E. Warren viene a colación no sólo por su señalamiento sobre la condición de la política mexicana, sino también porque es uno de los más renombrados representantes de la llamada "democracia deliberativa", que pone énfasis en el hecho de que la democracia antes de ser elección es discusión. La democracia deliberativa no descansa en vagas y piadosas llamadas a la cordura; ella es portadora de valores e intereses concretos que provienen de los diversos estratos sociales y de los distintos partidos políticos; es expresión concreta de la forma en que está conformado el poder en una sociedad. Pero ante la disyuntiva entre arreglar las cosas a golpes y solucionarlas por la vía de la confrontación de ideas, opta, decididamente, por esta última alternativa. Desde este mirador me niego a compartir la creencia, cada vez más extendida, de que en México no tenemos un amplio bagaje de ideas políticas. Falso: a nuestro país han entrado y se han aclimatado una gran cantidad de corrientes de pensamiento de lo más avanzado que hay en el mundo. Esas ideas circulan normalmente. Y si hablamos, en especial del lenguaje político, pues vemos que también se conocen volúmenes especializados como el Diccionario de política de Norberto Bobbio y Nicola Matteucci; la Enciclopedia de la política de Rodrigo Borja; el Léxico de la política compilado por Laura Baca e Isidro Cisneros; y, próximamente, la Enciclopedia del pensamiento político de Roberto Esposito y Carlo Galli. El punto es que hay una distancia abismal entre la cultura política democrática, que ya se ha asentado en muchos círculos sociales e intelectuales (e incluso partidistas), y la mentalidad retrógrada junto con el lenguaje soez con el que todavía se compite por el poder. Se supone que la clase política, y en especial sus más destacados representantes, sería la primera que tendría que dar muestra de altura de miras y manejo adecuado de la palabra, para que ese buen ejemplo se trasminara a la sociedad; pero, como dijo alguna vez Federico Engels, "a veces la historia lo pone todo de cabeza". En las condiciones actuales parece que la sociedad está en mejores condiciones de jalarle las orejas a los políticos que andan a la greña por la silla presidencial. josferna@itesm.mx Director del Centro de Investigaciones en Humanidades del ITESM-CCM
|