|
POR su participación decisiva en la historia de México en la segunda mitad del siglo XIX, Benito Juárez se convirtió en un icono fundamental y fundacional en el desarrollo posterior del Estado mexicano. De ahí la larga polémica en que sigue envuelto y la variedad de las interpretaciones sobre su obra política. Jorge Ibargüengoitia señaló que la figura de Juárez en el acervo literario-pictórico-popular era como la de Dios en la Biblia: "Sus intervenciones eran escasas, breves y contundentes". Juárez no ha perdido su valor simbólico porque los movimientos políticos no se basan tanto en posiciones racionales sino en intuiciones, imágenes, palabras, arquetipos y mitos. Al generalizarse, la historia desemboca en el mito y por eso lo que más nos urge formalizar resulta siempre informalizable. Sin embargo, por mucho tiempo el mito también influyó en la verdad histórica y el personaje no dejaba de oscilar entre la imagen del héroe inmaculado y la del traidor y responsable de los males del país, si bien pocos se interesaban por la razón de ser de estas perspectivas contradictorias. Juárez fue un indio zapoteco llegado de una región remota de Oaxaca, un político hábil (conciliador e inflexible como tenía que serlo en su tiempo y en las circunstancias que le tocó enfrentar), un hombre de acción, no de teorías, que quedó marcado por su pertenencia a un origen, a una tradición, y por su anhelo de renovación y modernidad bajo principios republicanos y liberales. A diferencia del general Santa Anna, su tendencia a mantenerse en el poder no lo llevó a imponer el silencio como un recurso para sobrevivir, ni el halago como el medio para prosperar. Si Juárez encabezó la Reforma, y ésta fue el movimiento más ambicioso emprendido por el liberalismo mexicano en el siglo XIX, es obvio que los afectados se relacionan directamente con su actuación en un panorama complejo: el clero, los militares, los gremios, las comunidades indígenas, pero también sus propios ministros y colaboradores. Al dominar la escena nacional desde 1855 hasta su muerte política en 1876 (cuatro años después de su muerte física), Juárez representa, como apuntó Luis González y González, la lucha de los liberales contra la tradición católica, mestiza e hispanohablante, y fue el primero que recurrió al padrinazgo político de Estados Unidos. Paradójicamente, contra la imagen consagrada por la posteridad, Benito Juárez fue el exponente de un partido impopular en cuanto que se oponía a lo que hasta ese momento había sido lo constitutivo del país. Hoy que se conmemora el bicentenario de Juárez, el mejor homenaje que se le puede hacer es no mitificarlo, aunque el personaje ha mostrado una y otra vez estar más allá del mito. Como ha escrito el historiador Israel Arroyo: "Los mitos no nacen por generación espontánea. En algún momento se hacen y ponen en ejercicio. Si es que se da un sino primigenio, ya amalgamado, se desvanece. A los mitos, con el tiempo, les crecen alas. En el vuelo, dejan ver su carácter policéntrico. Los mitos, al final, son toda ambigüedad. Pero al mismo tiempo fungen como una poderosa ancla que se posa sobre la intimidad de los individuos y los colectivos. El hombre no sólo tiene mitos, sino que los mitos contienen y sostienen a los hombres". Si bien la personalidad y la obra de Juárez han sido y son objeto de interminables estudios y de largos debates (que prácticamente arrancan desde su propio tiempo), no tiene caso cuestionar los enfoques tradicionales ni reavivar las viejas polémicas sino, más bien, replantear y analizar algunos temas aludidos en ellas con el fin de lograr una aproximación más cabal a un personaje decisivo en la historia de México. Desandar la historia oficial y resistir a los lugares comunes, para reconocer al hombre en su tiempo y circunstancia. Como político, Juárez combinaba el alcance de las alturas morales con una capacidad formidable para la manipulación. Se presentaba al público -un público vasto, debido a sus itinerarios forzados de 1858-1861 y 1863-1867 por gran parte del país- como la encarnación de las virtudes republicanas, y se vestía de la manera apropiada para ello. Fue un político que sabía manejar hábilmente su propia imagen. Y ésta fue cuidadosamente construida como opuesta a la de su antecesor más carismático: el general Antonio López de Santa Anna. Hay que poner todo en su contexto histórico. Juárez, como Miguel Lerdo de Tejada y Matías Romero, eran grandes partidarios de una alianza entre las dos repúblicas del subcontinente norteamericano para presentar un frente unido en contra de las monarquías y los imperios europeos. Según la visión de los juaristas, los dos países acababan de salir de guerras civiles encarnizadas, el uno con la derrota de la esclavitud y el otro rechazando una intervención europea. Sin embargo, Estados Unidos, preocupado en otras cosas, realmente tenía poco interés en México. A pesar de eso, el año de 1867 representó el parteaguas en la historia moderna de México, quizá más importante que 1910. Significó la supervivencia de México como Estado soberano, nacido de las luchas internas de 1810-21. El fusilamiento de Maximiliano representó un reto y una advertencia a las potencias europeas, como también a Estados Unidos, para que no se metieran nunca en los asuntos internos del país. cansino@cepcom.com.mx Director del Centro de Estudios de Política Comparada
|