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LA democracia no es natural. El lector deberá disculpar la provocación, pero es un hecho que los comportamientos que la democracia exige no brotan espontáneamente del hombre; de ahí que sea necesaria una educación para la democracia. Baste pensar que la familia, la formación de los niños, la competencia deportiva y tantos otros desempeños del individuo en su relación con los demás, no están estructurados en principio como organizaciones democráticas. Ni tienen por qué estarlo. De acuerdo con su finalidad, las actividades humanas se podrán disponer a partir del principio más conveniente. Si el mundo moderno ha llegado a la certeza de que el mejor planteamiento político es el democrático, es un hecho que para que funcione debe también crear las condiciones para que cumpla su finalidad. Lo que sí es natural y necesario en los grupos humanos es un principio de orden, de autoridad, que garantice la plena realización de cada uno de sus integrantes y la interacción armónica y complementaria entre ellos. Que la autoridad se entienda, además, como servicio, es la señal de un más alto nivel de civilidad. En México, la educación para la democracia enfrenta un problema cultural mayor. Es un hecho que en nuestros orígenes como nación no nos ha caracterizado una tradición democrática. La decisión de asumir el funcionamiento democrático en el ejercicio del poder enfrenta aún muchas resistencias. El más grande peligro en este momento es que las dificultades que ha generando el vencimiento de las resistencias para poder hacer nuestros los valores de la democracia terminen por agotarnos y nos lleven al indiferentismo cívico y a la recuperación del cacicazgo como el modo social de operar. Dos acontecimientos parecen sintomáticos y alarmantes: la movilización sindical de días pasados que amenazó con detener al país y el abstencionismo aplastante de las pasadas elecciones en el estado de México. Merecen todo respeto, por supuesto, quienes luchan por defender los derechos de los trabajadores. Hacerlo de modo organizado es promesa de eficacia. Sin embargo, el espectáculo que hemos visto recientemente deja la sospecha de que uno de los ámbitos en los que no se ha superado el caciquismo es el mundo sindical. Y la estructura ahí está, lista para suplantar a la democracia si ésta fracasa. El problema laboral en nuestro país es en buena medida resultado de la corrupción en el campo de quienes deberían defender al trabajador. El llamado "neoliberalismo" tiene también en su contra precisamente la enorme deuda pendiente de saldar con los trabajadores más pobres. Queda abierta la pregunta de cómo resolverlo sin caer en paternalismos. El cacicazgo desarrolló, a su manera, un sentido de pertenencia. Para que el grupo encabezado por el cacique pudiera hacer presencia pública, se requería la identificación de quienes formaban parte del grupo, de los "agremiados". La persona podía rematar su identidad, pero aseguraba protección. La condición sería la docilidad y obediencia: si se llamaba a una manifestación masiva, había que asistir. La decisión de gobierno quedaba en manos del cacique, y ésta garantizaba a los agremiados, seguridad y bienestar. La orientación política y sus acuerdos dependerían más de la presión social de los grandes grupos que de las razones y principios. El desarrollo del individuo y su libertad en un marco de legalidad deberían, en principio, fragmentar la solidez de esta moderna forma feudal. Sin embargo, no parece del todo haberse logrado. ¿Por qué? Acaso se deba a que siguen sin generarse los espacios intermedios de participación. El individualismo no genera ciudadanos, sino masas anónimas irresponsables. Aquí parece estar el meollo de la urgente educación para la democracia, si no queremos caer en un indiferentismo social que nos arrolle al colapso cívico. Para que una democracia funcione, debemos educarnos como ciudadanos. Ello significa vencer la deshonestidad institucionalizada y tejer estructuras intermedias de participación; de parte de los medios de comunicación, poderosos generadores de opinión pública, la obligación ética de vencer la primacía del mercado en su funcionamiento a partir de las notas de color para buscar el promover la participación ciudadana. "La participación en la vida comunitaria -leemos en el Compendio de Doctrina Social Cristiana- no es solamente una de las mayores aspiraciones del ciudadano, llamado a ejercitar libre y responsablemente el propio papel cívico con y para los demás, sino también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos, además de una de las mejores garantías de permanencia de la democracia. El gobierno democrático, en efecto, se define a partir de la atribución, por parte del pueblo, de poderes y funciones, que deben ejercitarse en su nombre, por su cuenta y a su favor; es evidente, pues, que toda democracia debe ser participativa. Lo cual comporta que los diversos sujetos de la comunidad civil, en cualquiera de sus niveles, sean informados, escuchados e implicados en el ejercicio de las funciones que ésta desarrolla". teyamoz@prodigy.net.mx Sacerdote y teólogo católico
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