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ES la gran fiesta de la izquierda, que en los hechos está demostrando en América Latina que puede ser una alternativa confiable y, si de Chile se trata, que impondrá incluso un modelo muy atractivo para otros que buscan avanzar a una etapa superior de desarrollo económico, social y político, y que desean hacerlo con un crecimiento sostenido que permita a la vez acceso a los beneficios para la mayoría de los ciudadanos. México ha tenido en diversos momentos lúcidos de su historia una muy cercana relación con Chile, que ahora se ha relegado, pero es mucho lo que tenemos en común y lo que podemos ahora aprender de ese pequeño país que se está comportando y que está obteniendo logros como los grandes. Ya se ha hecho notar que no hubo mayor preocupación en Wall Street ni en los centros de poder político y financiero de Europa por el triunfo y ahora la toma de posesión de Michelle Bachelet, la política socialista que es la primera mujer electa como presidenta de Chile; qué diferente de la actitud de hace apenas 36 años, cuando llegara a la presidencia otro socialista, Salvador Allende, y la intolerancia fundamentalista desbarrancara a Chile a uno de los despeñaderos más oscuros de su historia. Con el tiempo, la izquierda se abocó a consolidar algunos logros de los gobiernos militar y civil para impulsar un crecimiento con justicia social que ahora hace famoso al caso chileno. También sabemos que si bien hubo alarma en el caso del ascenso al poder de Luiz Inacio Lula da Silva en Brasil, pronto bajó de tono; Evo Morales cosechó la nueva actitud en su favor al tomar el poder hace unas semanas en Bolivia, sin que se dieran grandes cuestionamientos. Y es por todo esto que hay hoy tantas lamentaciones en México ante las reacciones de la derecha, ahora que parece posible que un candidato de izquierda pudiera llegar a la Presidencia. La verdad es que incluso si Andrés Manuel López Obrador resultara el populista más furibundo que hayamos visto, son tantos los candados y es tan escaso el margen de maniobra del Ejecutivo para salirse de la disciplina fiscal, que los mercados han descontado ya los efectos de la lucha electoral en México sin importar mucho quién resulte triunfador. Esa es una buena noticia en tanto denota el desarrollo institucional de México. Sin embargo, el drama llega a tal grado para la derecha en México que los cronistas del encuentro que hace unos días tuvo el candidato Roberto Madrazo Pintado con un grupo de ciudadanos en el Club de Industriales, comentan sobre una pregunta clave que le hicieran al priísta: ¿por qué no se une con Felipe Calderón Hinojosa para detener a López Obrador y evitar su victoria? El supuesto parece descabellado, pero Lorenzo Meyer ha argumentado que un factor clave para el ascenso perredista en el contexto actual ha sido el fracaso del PAN y del PRI para ponerse de acuerdo sobre un nuevo escenario político para el país en el cual mantuvieran su predominio. Es posible que en las 15 semanas que faltan para los comicios presidenciales se acentúen actitudes en algunos círculos que lleguen a la descalificación, como lo demuestra la declaración reciente de Carlos Salinas en Estados Unidos sobre los "riesgos" de una victoria de López Obrador. Pero también es cierto que hay múltiples muestras en la historia reciente del país de que la mayoría de los ciudadanos aceptarán la victoria de quien resulte el legítimo triunfador, dándole además el beneficio de la duda para que demuestre en los hechos si es un buen gobernante. Si López Obrador mantuviera su ventaja promedio de 10 puntos como lo muestran las más recientes encuestas a mediados de marzo, entonces los reflectores se centrarán en dilucidar durante la primera etapa si su gobierno mirará a Chile, o si volteará hacia Cuba y Venezuela. Las claves nos la darán la observación cuidadosa de los personajes que conformarían el gabinete; un análisis a fondo de si esos ciudadanos proceden de diversas fuerzas políticas que den mayor representatividad al partido ganador; la evaluación de los principales programas para alcanzar los objetivos centrales del gobierno, y otros factores similares. Muy pronto la atención de los medios y de la opinión pública cambiará hacia la segunda etapa, en que se verá lo que de verdad importa, que en mi opinión son dos factores clave: la eficacia del nuevo gobierno para lograr los consensos que permitan reformas a fondo en diversos ámbitos, en especial la que allegue al gobierno los recursos que hoy no tiene para impulsar el crecimiento con equidad; y la presentación del programa que servirá como hilo conductor para que la economía genere empleos y mayores ingresos en el largo plazo. Hay muchas señales estos días de que en un gobierno perredista se privilegiará la construcción de grandes proyectos de infraestructura, que detonen la inversión nacional y el empleo, en complemento con la economía abierta que seguirá su rumbo sin molestias. A ello habría que añadir que el éxito en el largo plazo requiere de inversión sustancial en la educación en general, y en la investigación y tecnología en particular. Si transitamos por ese sendero, encontraríamos nuestra propia alternativa al modelo que inspiró la política económica en México durante los últimos cinco lustros, que produjo los resultados que pudo, pero que mostró desde hace varios años sus límites. Y, entonces, podríamos iniciar el tránsito hacia el progreso social que todos demandamos. Coordinador de asesores del secretario de Turismo
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