" LO esencial para que se logre el progreso de un país es la estabilidad macroeconómica; una vez conseguida, se da el paso hacia la calidad del desarrollo económico", señaló el ex secretario de Hacienda, José Ángel Gurría, durante su conferencia Perspectivas de la OCDE, dictada a principios de este año en la Facultad de Economía de la UNAM. El ahora secretario electo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, puntualizó: "La estabilidad macroeconómica es el punto de partida, pero no la meta"; "no debemos confundir el objetivo con el punto de partida". "México ya cuenta con estabilidad (.) y ahora los retos son otros: tener crecimiento sostenido, crear empleos, entre otros pendientes" (EL UNIVERSAL 13/I/06 y El Financiero , 13/I/06).Esta visión de la "estabilidad macroeconómica" ha sido característica nodal de las estrategias macroeconómicas aplicadas en México durante casi cuatro sexenios de experimentación neoliberal, especialmente desde el llamado Pacto de Solidaridad Económica, decretado en diciembre de 1987. Entendida estrechamente como inflación decreciente, próxima al nivel inflacionario de Estados Unidos, y finanzas públicas equilibradas, o cercanas al equilibrio ingreso-gasto público, esta "estabilidad macroeconómica" ha sido considerada como la llave mágica o el "punto de partida" de la prosperidad.
El problema consiste en que al desatender -mediante la omisión de acciones oportunas de política macroeconómica- las macrovariables reales de la economía y, por tanto, los más relevantes equilibrios macroeconómicos (el crecimiento sostenido del PIB a tasas cercanas a las potenciales y la operación de la economía real en un nivel de ocupación próximo al pleno empleo), las estrategias macroeconómicas desplegadas por los gobiernos neoliberales han sacrificado la economía real de los mexicanos, exhibiendo un concepto mutilado de la estabilidad macroeconómica.
Como ha observado el destacado economista latinoamericano, José Antonio Ocampo: "El concepto de estabilidad macroeconómica experimentó mutaciones importantes en el discurso económico en las dos últimas décadas. En el periodo de posguerra, dominado por el pensamiento keynesiano, este concepto se definía fundamentalmente en términos de pleno empleo y crecimiento económico estable, indudablemente acompañado de una baja inflación y cuentas fiscales y externas sostenibles. Sin embargo, con el paso del tiempo el equilibrio fiscal y la estabilidad de los precios pasaron al primer plano, mientras que el énfasis keynesiano en la actividad real perdía importancia en el discurso e incluso tendía a desaparecer" (J. A. Ocampo, Reconstruir el futuro. Globalización, desarrollo y democracia en América Latina, Bogotá, Cepal-Norma, 2004). Ciertamente, entre las tecnocracias neoliberales latinoamericanas -y sus mentores del Fondo Monetario Internacional- el concepto de estabilidad macroeconómica se utiliza actualmente como sinónimo de equilibrio fiscal y baja inflación, e incluso simplemente como un sinónimo de baja inflación.
Por eso, hasta el profesor Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001, se ha visto obligado a recordar a los olvidadizos economistas neoliberales que "existen otras dimensiones de la política macroeconómica además de la inflación. El elemento ´macro´ -remarca Stiglitz- se refiere al comportamiento agregado de los niveles totales de crecimiento, empleo e inflación; un país puede tener una inflación baja pero ningún crecimiento y un desempleo elevado. Para la mayoría de los economistas ese país tendría un esquema macroeconómico desastroso (...). Un país como Argentina puede obtener (a juicio del FMI y de los mercados financieros: JLC) un grado ´A´ aunque su desempleo sea de dos dígitos durante años, siempre que su presupuesto parezca equilibrado y su inflación bajo control" (J. E. Stiglitz, El malestar en la globalización, Madrid, Taurus, 2002).
Por haber logrado estos objetivos, durante varios años Argentina fue el niño mimado del FMI, hasta que sobrevino el colapso.
Ese es el problema: los costos económicos y sociales de una visión estrecha de los equilibrios macroeconómicos suelen ser enormes. Hay que recordar nuestra propia historia: bajo el gobierno de Miguel de la Madrid se logró eliminar el desequilibrio en la cuenta corriente de la balanza de pagos (consiguiéndose incluso un superávit externo de 11 mil 332.3 millones de dólares durante el sexenio) y reducir dramáticamente el desequilibrio fiscal operacional (hasta situarlo en 0.8% del PIB, en promedio anual); pero a costa del nulo crecimiento económico (el PIB creció apenas 1.1% durante todo el sexenio) y de la permanente inestabilidad de precios (la inflación media anual promedió 90.5%).
Posteriormente, bajo el gobierno de Carlos Salinas, se consiguió avanzar aceleradamente hacia la estabilidad de precios (cerrando el sexenio con una inflación de un dígito: 7.1% anual) y se logró el festinado superávit en las finanzas públicas (0.98% del PIB como superávit fiscal operacional), pero a costa del desequilibrio externo vertiginosamente creciente (el déficit de cuenta corriente saltó a 7% del PIB en 1994), que desembocó en la crisis financiera y la macrodevaluación decembrina de 1994; observándose, además, mediocres resultados en términos de crecimiento económico.
Bajo el gobierno de Ernesto Zedillo se logró reducir la inflación desencadenada por la macrodevaluación decembrina de 1994 (de 52% en 1995, la tasa de inflación se redujo a 8.96% en 2000), pero el equilibrio inicialmente conseguido en la cuenta corriente de la balanza de pagos (déficit de apenas 0.6% del PIB en 1995 y de 0.7% en 1996) desapareció, de modo que el déficit de cuenta corriente acumulado bajo el gobierno de EZPL alcanzó los 60 mil 269.2 millones de dólares. Además, el déficit fiscal operacional ascendió a 2.9% del PIB en promedio anual (si se incluyen, como debe hacerse, los pasivos del Fobaproa-IPAB, los Pidiregas, etcétera); y el crecimiento económico durante el sexenio resultó alrededor de la mitad del observado bajo cualquiera de los últimos siete gobiernos preneoliberales.
Finalmente, bajo el gobierno del presidente Fox se ha logrado una tasa de inflación relativamente baja (4.9% anual durante el quinquenio 2001-2005), pero con casi nulo crecimiento económico (1.9% anual durante el quinquenio, de modo que el PIB per cápita apenas creció 0.7% anual); y con un persistente desequilibrio en la balanza de cuenta corriente, cuyo déficit alcanzó los 54 mil 633.4 mdd durante el quinquenio, no obstante las enormes entradas de divisas por exportación de mano de obra y por sobreprecios del petróleo.
Para escapar de la trampa de los equilibrios macroeconómicos parciales, hay que recordar, como ha señalado José Antonio Ocampo, que "las fórmulas para alcanzar la estabilidad en el sentido amplio del término son diversas y pueden dar lugar a múltiples disyuntivas".
Ciertamente, la política económica es un arte, lo mismo que la guerra. Pueden apoyarse en importantes acervos de técnicas comprobadas; pero es el talento, la creatividad, la capacidad de tomar decisiones eficaces en medio de situaciones cambiantes, lo que hace el éxito de los hacedores de una política económica o de una guerra.
No hay una fórmula única para el equilibrio macroeconómico integral: hay múltiples encrucijadas; caminos alternos, más largos o cortos, más llanos o escarpados, más seguros o riesgosos; y que, además, son mutantes de tramo en tramo.
"No existe -subraya Stiglitz- un único conjunto de políticas dominantes que dé por resultado un óptimo de Pareto, es decir, uno que haga que todas las personas estén en mejor situación que si se hubiera aplicado cualquier otra política".
Contrario sensu , "los mercados financieros -y el FMI, que suele representar sus intereses e ideología-, actúan a menudo como si existiera un único conjunto de políticas dominantes que diese por resultado un óptimo paretiano. Esto contradice lo que se enseña en una de las primeras lecciones de economía: la existencia de compensaciones (trade-offs ) recíprocas. El papel del asesor económico es señalar esas compensaciones" (Joseph E. Stiglitz, "El rumbo de las reformas. Hacia una nueva agenda para América Latina", en Revista de la Cepal , Santiago de Chile, 2003).
Más aún, no sólo existen disyuntivas de política económica que arrojan resultados distintos en términos de crecimiento económico y de la sostenibilidad de los demás equilibrios macroeconómicos (en el corto, mediano y largo plazos), sino también resultados que afectan desigualmente a las ramas de la producción y a los grupos sociales.
"El análisis de incidencia -señala el profesor Stiglitz- identifica no sólo quién gana y quién pierde a raíz de la aplicación de cada política, sino también quién corre con los riesgos inherentes a cada una de ellas. La función del proceso político es escoger entre las distintas opciones, con conciencia de las ventajas y desventajas que se compensan; de que algunos ganan como consecuencia de ciertas políticas mientras que otros pierden; de que algunas políticas entrañan mayores riesgos y otras menos; de que algunas implican que ciertos grupos deben asumir esos riesgos. Hay ventajas y desventajas que se compensan en el corto y el largo plazo".
Bajo esta visión de las disyuntivas múltiples de la política económica, una estrategia orientada a la estabilidad macroeconómica integral tiene que cuidar simultáneamente el buen desempeño de todas las variables macroeconómicas, y no sólo del balance fiscal y la inflación. Ciertamente, el equilibrio macroeconómico general es un momento ideal en el análisis económico abstracto, sin que jamás exista como realidad concreta.
Las economías reales se mueven, más bien, dentro de perpetuos desequilibrios macroeconómicos. Pero el arte de una buena política económica consiste en mantenerlos dentro de una razonable franja de seguridad o estabilidad macroeconómica integral.
Dentro de estos límites, no siempre los desequilibrios son perniciosos. Eventualmente hay que tolerar, con prudencia, cierto desequilibrio de una variable macroeconómica para propiciar la corrección o el mejor desenvolvimiento de otra (v. gr. cierto desequilibrio fiscal en aras del equilibrio en la tasa de crecimiento económico; o cierta inflación en aras de la corrección de un desequilibrio externo); el punto está en los oportunos golpes de timón que conduzcan nuevamente hacia el centro de la franja de seguridad o estabilidad macroeconómica integral.
Los problemas surgen cuando los árboles impiden ver el bosque: cuando se cuida con extraordinario celo la consecución del equilibrio en alguna o algunas variables macroeconómicas (v. gr. la estabilidad de los precios y del balance fiscal), considerándolas como "el punto de partida" de la prosperidad; pero se omiten acciones que atiendan simultáneamente los demás equilibrios macroeconómicos, menospreciándose el alto costo y la fragilidad de los equilibrios macroeconómicos parciales.
Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM