EL sábado pasado, en una ciudad que es famosa en el mundo por su porcelana, Limoges, en Francia, ocurrió un hecho que nos relata el diario madrileño El País y que da cuenta de uno de los retos más grandes que enfrentamos hoy día en relación con la visión que tiene de sí Occidente, entendido este último como un concepto o categoría cultural.Pues bien, una pareja musulmana de nacionalidad francesa prefirió no casarse en lugar de cumplir con el requisito legal que requiere que ella muestre el rostro, por un momento, para corroborar que es una de las dos personas que solicitaron este acto presidido por autoridades civiles; incluso se le ofreció ir a un cuarto aparte, regresando a la ceremonia cubierta. ¿Quién tenía la razón?
La respuesta puede parecer sencilla a quienes están convencidos del Estado laico, pero seguro será en sentido contrario para quienes profesan la fe musulmana y sólo desean mantener una tradición sustentada en sus propias leyes. Casos así han provocado ya más de un debate agrio en el globo, y ahora mismo ocurre en algunos diarios mexicanos y del extranjero. Pienso que es importante unirse al esfuerzo, con algunas reflexiones que ojalá sean útiles.
El escritor y premio Nobel José Saramago responde a quienes han salido a la defensa a ultranza de la libertad de expresión en los medios, a propósito de las célebres caricaturas que ridiculizan a Mahoma y que vieron la luz hace meses en un diario danés, esgrimiendo que adoptan una posición extrema al criticar aspectos de la cultura musulmana que no comparten, como el trato desigual a las mujeres o las estructuras sociales y políticas autoritarias, y al usarlos para justificar la irreverencia cometida sobre los símbolos religiosos.
En especial, mucho se confunde al público argumentando que dicha irreverencia es el núcleo de la libertad en Occidente, y de los caricaturistas en los medios. Pregunta Saramago qué le sucedería a cualquier escritor si, en aras de probar la plena libertad, escribiera un improperio respecto de su editor; lógico, lo correrán por rebasar los límites de la prudencia, del buen gusto, o lo que se quiera, pero no se tiene que soportar los insultos de un radical que se cobija en un principio noble para actuar.
Argumentar entonces que se vale decir o dibujar para publicar lo que uno quiera, en cualquier circunstancia, en aras de la libertad de expresión, aparece como un fundamentalismo. Y lo es porque sólo considera valores que han florecido a lo largo de muchos años en Occidente, pero que sin ser necesariamente cuestionados por hombres y mujeres de otra fe o costumbres, pueden en su ejercicio resultar ofensivos; por tanto, se requiere que otros valores intervengan como complemento. La prudencia y el respeto a otras culturas, por ejemplo.
Otro ángulo diferente en el análisis de este choque de culturas es la migración. La crisis hace unos meses en París con la población musulmana no habla sólo de una acumulación de frustraciones por la marginación y la aceptación a medias de los franceses a los inmigrantes y sus hijos, que provienen en su mayoría del norte de África, sino denota también una mayor disposición de los franceses de origen musulmán para afirmar su cultura a pesar de que contradiga leyes y costumbres del país que adoptó a sus padres. Esta es la gran pesadilla en los países donde ha crecido mucho la migración.
¿Por qué sucede esto en Francia y no en Estados Unidos? Quizás en este último haya mayor insistencia en un concepto que describe con enorme precisión un fenómeno social, y que es por eso utilizado como un anglicismo en otras lenguas, el melting pot. Todos aquellos que residen en Estados Unidos "se cocinan dentro de la misma olla", incluso sin considerar su origen nacional ni su situación migratoria. Quien no acepte esto será rechazado por la cultura local, lo cual no significa que latinos, vietnamitas o africanos sean integrados en automático a la sociedad.
En Washington y en varios estados fronterizos temen que con los años la población latina que no se ha integrado por falta de oportunidades de educación y por su bajo ingreso, se refugie en los símbolos religiosos mexicanos para buscar reivindicaciones sociales. Pocas cosas le causan mayor dolor de estómago a un estadounidense típico como ver desfilar a mexicanos por el centro de Phoenix o de Los Ángeles con una bandera tricolor y otra guadalupana. Les molestan como símbolos del rechazo a la integración total a la cultura de Estados Unidos.
Es difícil conocer la reacción de la sociedad mexicana ante un hecho similar, pues hemos recibido grupos de migrantes con gran dinamismo para distinguirse, como empresarios, intelectuales y en otras profesiones. La excepción podrían ser los centroamericanos en algunas regiones del sureste, donde ocupan los peldaños más bajos de la escala social y no han sido bienvenidos para integrarse a la sociedad local; a veces sufren discriminación abierta.
Todos aceptamos en el mundo que la diversidad y la tolerancia frente a lo desconocido son elementos críticos para la convivencia. Los hechos aquí descritos muestran que ha llegado el momento de enfrentar la realidad y darle sustento a nuestras palabras.
Coordinador de asesores del secretario de Turismo