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Leonardo Curzio
13 de febrero de 2006
Gran mitin
 

EL país no está al borde de un ataque de nervios pero siento una calma tensa. Las polémicas políticas son cada vez más subidas de tono y las simplificaciones tienden a ser más groseras, menos sofisticadas.

Con discursos dicotómicos del tipo blanco o negro, los candidatos van forzando que las lealtades se manifiesten, defendiendo lo que haga falta y olvidando trayectorias y viejas rencillas, aunque rechine el cerebro. La perspectiva de regresar al poder lo vale todo.

No es casual que a estas alturas un buen número de sectores influyentes en la vida nacional empiecen a emitir señales sobre sus preferencias. Empresarios, banqueros y sindicatos se están abriendo, y a un número importante de periodistas y columnistas ya se les ve el plumero; bueno, algunos han asumido ya directamente una función de voceros oficiosos y otros una alianza tácita con alguno de los candidatos, y están velando armas con él.

Pero no satanicemos las cosas. En una democracia los distintos proyectos políticos y sus abanderados suscitan filias y fobias que refuerzan temores lejanos y certezas cercanas. De allí que los intereses de cada grupo se alineen con quien mejor los garantice. De eso se trata el juego. Para muchos, sin embargo, queda el prurito de la imparcialidad.

¿Es malo alinearse o tomar abiertamente partido? En abstracto creo que no, pero en el México del año 2006 me parece que tiene riesgos y el más evidente es que todo se impregnaría de partidismo y el espacio neutral para discutir los desafíos de la República se estrecharía de manera preocupante. Hay mexicanos que estamos más preocupados por el futuro del país que por el resultado de las elecciones. Yo sé que la imparcialidad es una utopía, pero es útil apostar por la moderación. La moderación es un valor que atempera, que obliga a dejar el discurso impulsivo para escuchar a los otros y sobre todo desideologizar la discusión nacional.

Desideologizar significa, en primera instancia, tener un contacto con la realidad y no ver el mundo a través de la lente partidista que nubla el juicio. El discurso político expresado en mítines y spots no está pensado como un diagnóstico, ni como una propuesta racional; su función es, como en la lógica de cualquier comercial, poner las cosas de tal manera que se beneficie a la causa lo más posible, aunque se deforme la realidad. El problema es que con la militancia de tantos sectores, el debate nacional se ha vuelto más mitinero que ciudadano.

Las preferencias políticas no sólo establecen diferencias de matiz para ver la realidad, sino auténticas modificaciones cromáticas. Donde uno ve amarillo, el otro ve azul, y eso no lleva a un sano reconocimiento de las realidades, sino a una espiral de la estulticia, la mentira y la complicidad colectiva.

El rosario de manipulaciones que en estos días ha saltado a la palestra es un ejemplo digno de esa perversión. No importa lo que haya sucedido, ni tampoco los detalles de la información; para los que han tomado ya partido, la conclusión ya está redactada y seguramente lo estará para cualquier otro episodio por venir, porque lo que menos importa es la realidad y su análisis, las flechas salen siempre del carcaj de la propaganda política.

Los propagandistas no quieren que el discurso desinteresado progrese, porque sus fórmulas se acaban. Si se acepta, por ejemplo, que los niveles de pobreza han disminuido, aunque la distribución del ingreso sea un desastre, ¿cómo retocamos el estribillo de que hay que cambiar el modelo económico? Si se acepta que el incidente de los cubanos debe ser puesto en su justa dimensión, se abolla ese lugar común de que México está aislado del mundo por el manejo de la política exterior de Fox.

La alocución mitinera consiste en repetir latiguillos políticamente correctos; en el discurso mitinero no hay matices, los asistentes acuden al mismo a aprobar lo que diga el líder y a repetirlo como coro de grillos. Si todos nos metemos a la lógica del mitin, el riesgo es que el debate nacional se convierta en el eco, o peor aún, en el ruido de fondo de las campañas.

Especialmente estomagante me parece el discurso de la soberanía. ¡Qué cantidad de exageraciones he escuchado en su nombre! Es mezquino acusar al gobierno de ponerla en riesgo por el escándalo de los cubanos, cuando me parece que la soberanía está mucho más sobajada, por ejemplo, con la incapacidad de la estructura federal de poner en orden a las gasolineras.

La soberanía es afirmación hacia fuera; y hacia dentro es la expresión del poder del Estado sobre los particulares. El ataque terrorista a El Mañana de Nuevo Laredo es también una expresión mucho más cercana a la realidad de lo que es un estado menguado y "peleleado", que una cancelación de cuartos en Nueva Jersey.

La mala leche es la semilla del discurso y no la voluntad de observar críticamente la realidad. Mientras más tiempo resistamos a la tentación de alinearnos y convertirnos en un simplificador de realidad para defender la causa, mejor servicio le haremos al país. No todo tiene qué pasar por el prisma de la partidización, hay espacios sociales que deben ser preservados para que el debate nacional no se convierta en un gran discurso mitinero. La moderación puede resultar una buena vacuna.

Analista político


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Su desempeño abarca el periodismo y la academia. Es conductor del noticiario radiofónico Enfoque de NRM y en televisión participa en el programa Primer Plano del Canal 11.

Es doctor en Historia y ha impartido clase en diversas universidades. Es Investigador del CISAN, especializado en estudios estratégicos, y miembro del SNI. Ha publicado trabajos científicos en diversos países del mundo.

 
 
 

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