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Editorial de EL UNIVERSAL
10 de febrero de 2006
El suicidio de los jóvenes
 

ÓLO superado por los accidentes de tránsito y los asesinatos, el suicidio figura como la principal causa de muerte de los jóvenes en México, según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), cuyos estudios deben ser básicos para normar las políticas sociales de nuestro país.

Antes, los suicidas eran ancianos; hoy son jóvenes entre 11 y 25 años de edad, en su mayoría varones residentes en el Distrito Federal, el sureste del país y Jalisco.

Ciertamente, el suicidio juvenil, explicado en parte por la crisis de la adolescencia, las presiones familiares, la soledad, la depresión, la protesta, la ansiedad, la desintegración familiar, la drogadicción, los abusos, las frustraciones, no es un fenómeno exclusivo de México, pues se da en muchos otros países y, en cada caso, sólo el suicida conoce las razones de su acción.

A nivel mundial cada año un millón de personas se quita la vida, según datos de la Organización Mundial de la Salud. El suicidio es la primera causa de muerte entre hombres y mujeres de entre 15 y 34 años.

Si la vida ha sido coronada como el valor más alto que tenemos, quitársela voluntariamente es el máximo acto de autodestrucción de que podemos ser capaces, y que sean los jóvenes quienes encabezan la lista de suicidas es una muy dolorosa realidad y un síntoma de que la familia, la sociedad y el gobierno estamos fallando en su atención.

Una de las tantas variables que existen para medir la prosperidad y el progreso en una sociedad -más allá de factores económicos- es también el grado de estabilidad emocional que han alcanzado la mayoría de sus individuos.

A nivel gubernamental es un hecho que carecemos de programas de salud pública proporcionales a la magnitud del creciente número de casos de suicidio que apenas se está configurando.

El gobierno tiene la obligación de emprender programas de atención sanitaria y psicológica entre los niños que asisten a las escuelas primarias y secundarias públicas, para prevenir cualquier debilidad de carácter en los niños y jóvenes. Las personas que requieren cuidado especial son relativamente fáciles de detectar por sus conductas protagónicas o, por el contrario, reservadas, poco tendientes a la socialización. Urgen, entonces, programas de salud pública bien concebidos y estructurados que se aboquen al problema.

De manera indirecta, pero no menos importante, es preciso advertir que el suicidio es también la falsa salida a presiones de tipo social y económicas, que la sociedad no ha podido resolver. Los jóvenes con tendencias suicidas carecen a menudo de horizontes o de proyectos o medios para cumplirlos y se refugian en los aparentes remedios fáciles del alcohol y las adicciones, que suelen llevarlos a la muerte.

En la medida en que las autoridades resuelvan las graves carencias sociales que padecemos se podrá también coadyuvar en la disminución de algunos casos de este tipo.

Ahora bien, no obstante que el gobierno tiene una amplia responsabilidad en conjurar este creciente fenómeno, nada sustituye a la atención personal, al cuidado de parientes y amigos.

Las familias tienen no sólo que proveer amor y cuidado a sus hijos, sino estar pendientes de cualquier variación en su comportamiento y de los avatares de su vida en relación con los seres que los rodean. En ese sentido, brindarles siempre apoyo y aliento, es invaluable.


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