ADA ni nadie parece detener a la delincuencia organizada. Al anochecer del lunes, en Nuevo Laredo, Tamaulipas, fue atacado con granadas y asaltado a disparos de fusil el edificio del periódico El Mañana, uno de cuyos reporteros, Jaime Orozco Tey, fue herido de cinco tiros en el pulmón, la columna vertebral y el abdomen.Este brutal atentado no ofende solamente a El Mañana, sino a toda la prensa nacional, y afrenta a la sociedad entera, sobre la que gravitan el crimen, el vicio y la impunidad ante la crasa incompetencia, o algo peor, de las autoridades de seguridad pública.
Los criminales deberán entender que ningún medio de comunicación va a ser acallado a tiros y lanzamientos de granada. Los periodistas responsables de su deber y que informan de sus atrocidades no dejarán de hacerlo ni por miedo ni por complicidades. Su labor tiene el tamaño de una verdadera misión vital.
El criminal atentado ocurrió a menos de dos semanas después de que en la misma ciudad la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), de la cual El Mañana forma parte, organizó el seminario Narcotráfico: investigación y cobertura noticiosa, destinado al adiestramiento de los reporteros en las tareas de alto riesgo.
Ayer mismo, desde Miami, la misma SIP repudió el atentado y pidió en una carta al gobierno mexicano que intervenga y adopte medidas enérgicas para enfrentar la espiral de la violencia.
Con todo, el lunes pasado, en Nuevo Laredo, afloró una de las causas de las fallas de la acción policiaca contra la delincuencia organizada. Después de que el grupo de asaltantes cumplió su misión criminal, los agentes de la Agencia Federal de Investigación y de la Policía Federal Preventiva se estorbaron mutuamente en sus primeras pesquisas, no con descoordinación, sino con abierta rivalidad.
El Senado y la Comisión Nacional de Derechos Humanos deploraron el ataque, y el Presidente de la República lo calificó de deleznable y anunció que la Procuraduría General de la República atraería el caso de El Mañana, lo que podría significar que el asunto pudiera ser tomado más en serio. Ya veremos.
Como siempre, las autoridades de seguridad reaccionan, no previenen; tantean, no disponen de eficaces servicios de inteligencia; no fortalecen el combate al contrabando y tráfico de armas ni siguen el rastro del dinero ni de los carros blindados del crimen. Sus contactos mayores visibles, cuando los hay, son con los matones, no con los capos.
Los medios de comunicación están decididos a impedir que el silencio oculte lo que tan gravemente socava los cimientos sociales. La protesta tiene que ser más enérgica y la exigencia de seguridad más firme.
Los periodistas, combatientes desarmados de esta lucha contra la delincuencia irrefrenable y ciega, merecen ser arropados de forma solidaria y moral por la sociedad a la que están sirviendo con la información que nos entregan, para poner a la vista un asunto que debe ser solucionado por las autoridades y por la misma sociedad.
No queremos que las cosas sigan así. Demandamos contundencia, no sólo buena voluntad. Queremos resultados que se traduzcan en comunidades que se desarrollen sanamente en la tranquilidad. Exigimos, simplemente, que las autoridades cumplan con su primera obligación: garantizar la seguridad pública.
La prensa, nacional, mientras tanto, deplora el lamentable suceso de Nuevo Laredo. Y sin embargo, seguiremos informando.