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Gabriel Székely
18 de enero de 2006
Alianzas y coaliciones
 

A RRANCAN las campañas por la Presidencia, gubernaturas, el Congreso federal y puestos a nivel estatal y local; son muchas las preguntas que se hacen electores y analistas sobre la historia que estaremos comentando en la mañana del lunes 3 de julio a lo largo y ancho del país. Hace seis años, la gran sorpresa del día siguiente a los comicios fue percatarse de que nos encontrábamos ante el cambio de régimen político, luego de la derrota del partido que se mantuvo más de siete décadas en el poder.

También hubo asombro por la tranquilidad de la jornada electoral, por el control del presidente Ernesto Zedillo sobre quienes aconsejaban hacer lo que fuera para no entregar el poder, por que la transferencia de poder ocurriera sin devaluación ni crisis económica, y muchas cosas más.

Hay que imaginarse ahora cómo podríamos despertar cuando simplemente estará en juego quién dirigirá el proceso político durante los próximos seis años. Seguramente ese lunes de julio no será aburrido, pues los escenarios son muchos y sus repercusiones muy amplias, en especial en relación con la pregunta de si quien gane será capaz de gobernar. Es cierto que la opinión pública podría estar ya harta de campañas y concentrarse en el desenlace de la Copa del Mundo en Alemania, olvidándose de la política, lo cual, desde la perspectiva y lectura de enero, parece que es un escenario posible.

Aun así, habrá que enfrentar dilemas importantes en el área señalada. Las alianzas para las elecciones son importantes, como lo muestran los esfuerzos que han hecho PRI y PRD esta vez, y el propio PAN hace seis años. Se pensó entonces que el voto para un gobierno dividido que otorgaron los ciudadanos era un signo de madurez del electorado, y yo lo sigo pensando; el problema para producir acuerdos básicos y gobernar estriba en factores como la calidad de la clase política y los políticos, el control de los partidos por unos cuantos, la falta de rendición de cuentas al no haber reelección, el impedimento a candidaturas independientes -que presentarían un frente de competencia real- y otros elementos que inhiben en vez de propiciar incentivos para generar acuerdos. Pero con esto contamos, y los escenarios dependen de ello.

Por ejemplo, podría ocurrir una muy baja votación si como muchos anticipan se genera escasa discusión de fondo durante las campañas de este primer semestre y, en cambio, predominan los escándalos; también si los políticos resultan ser malos en su papel como candidatos, y si los desprestigiados partidos no se superan y se comportan como bien describió el lunes en estas páginas José Antonio Crespo, es decir, tan sólo de acuerdo con intereses familiares, de negocio, corporativos y otros más. La pregunta es qué partido se beneficiará del abstencionismo en las urnas; el Revolucionario Institucional suena como una respuesta razonable.

Otro escenario es el de una votación cerrada, donde la distancia entre el partido ganador y quien le siga sea de unos cuantos votos. Esto en un caso extremo podría generar la impugnación del resultado la cual, sin importar tanto si tiene lugar por la vía institucional o por protestas en las calles, tendría un impacto negativo en la credibilidad y legitimidad de las elecciones democráticas en México.

No menos grave será que además haya incapacidad para generar acuerdos, pues esto se traducirá en la parálisis y el desánimo ya conocidos. Si la competencia se polarizara al final del actual proceso entre dos partidos, y éstos son PRI y PAN, es más plausible que surjan acuerdos en tanto hay una afinidad en muchos temas y una larga historia de colaboración entre ambos; y si el PRI quedó arriba en la elección, mejoran aún más las perspectivas, pues el PAN apenas sufrió los efectos de la falta de cooperación de los partidos de oposición y le gustará predicar con el ejemplo.

Sería un elemento novedoso que la polarización fuera entre los candidatos presidenciales de PAN y PRD, relegando al PRI, y cabe notar que estamos quizá más cerca que nunca de un escenario así. Es más probable lograr acuerdos básicos si el PAN pierde, pues tenderá a compensar su difícil posición vía una alianza con el PRI, mientras que como ganador le podría resultar más tentador buscar un acuerdo con el segundo lugar, el PRD, luego de la mala experiencia que tuvo en 2000 con el PRI para gobernar.

El escenario más complicado es quizás el de una votación en un entorno de polarización que produzca una votación cerrada entre los tres partidos grandes. No habrá aquí un gran incentivo a generar acuerdos, a menos que se unan dos por un claro temor al tercero, o que los candidatos hayan crecido en el proceso electoral para convertirse en verdaderos dirigentes políticos, comprometidos con empujar a fondo el cambio de régimen que inició hace seis años, y que a la vez reclama un aterrizaje eficaz y digno reflejado en la cooperación, la ley y la gobernabilidad eficaz. No podemos descartar esto, a pesar de que se antoje fantasioso.

Con el voto difuso entre tres y la falta de incentivos para negociar acuerdos y permitir gobernar a quien más votos obtuvo, se producirá el hastío y eventualmente una posible crisis del sistema de reglas e instituciones que ha permitido que este sea el resultado central de la evolución que desembocó en la democracia electoral plena en México. Todo estará en el aire, y crece el número de observadores políticos que pensamos que muchas tareas nos aguardan pasado el mes de julio.

Coordinador de asesores del secretario de Turismo


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Coordinador de asesores de la Secretaría de Turismo del Gobierno federal. Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad George Washington, se ha desempeñado como académico tanto en El Colegio de México como en la Universidad de California, en San Diego, donde además fungió como director asociado del Centro de Estudios México-EU. Asimismo, Székely ha prestado sus servicios para el Banco Mundial y las Naciones Unidas. Ha sido autor y co-autor en 45 publicaciones de cinco diferentes países.

 
 
 

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