CAMBOYA para las navidades no es quizá la decisión más reanimante que uno pueda tomar y, sin embargo, este país de 13 millones de habitantes que sobreviven cada año con un ingreso anual promedio de apenas 3 mil pesos, nos ense-ña de nuevo una lección de vida: que aun el más pobre puede esconder enormes rique-zas y que el reto para descubrirlas está en nosotros. Es sobre éstas que deseo compar-tir con el amable lector unas líneas, como reflexión de fin de año e inicio de 2006. Pero antes, cabe notar que es un gran impacto para el visitante de nuestro mundo llegar a un país en donde la inmensa mayo-ría de la gente no tiene absolutamente nada, y, para bien o para mal, donde el gobierno tampoco tiene los recursos para apoyar a su población a construirse un futuro.
Si a esta realidad le añadimos el hecho de que la propia historia de Camboya es una tragedia, las cosas se ponen peor para comprenderlo. Camboya ha sido acosada por chinos, japoneses, vietnamitas, franceses, americanos, chinos otra vez, y un lar-go etcétera. Su historia es por tanto difícil, y su política aún más, si consideramos que todas las intervenciones extranjeras cita-das tuvieron lugar sólo en los últimos 60 años; son incontables si hurgamos las que han ocurrido en los siglos anteriores.
Los más afectados por esta pobreza e inestabilidad a lo largo del tiempo han sido los niños. Pero he aquí precisamente que al observador que visita el país con la mente abierta se le presentan las primeras estre-llas. Una, la sonrisa que regalan en sus calles esos niños y que expresan una enorme ex-pectativa de progreso; la otra, la historia ca-si de cuento que debemos a un connotado médico suizo, Beat Richner, quien luego de 35 años de vivir y trabajar en Camboya, ha logrado una de las maravillas más aprecia-das en ese rincón del mundo.
El doctor Beat Richner inauguró la se-mana pasada en la capital, Pnom Phen, la cuarta clínica desde que se propuso como meta salvar, con servicio médico gratuito, a la mayoría de los niños de Camboya. Hoy en día, como él mismo lo explica, cientos de miles tienen una oportunidad gracias a esas clínicas.
El presupuesto que las sostiene es de 13 millones de dólares anuales, que provienen, en su mayoría, de donaciones de miles de individuos y decenas de organizaciones privadas; el resto, fondos de organismos pú-blicos, en su mayoría internacionales.
Pero como la lucha para obtener los recursos es constante, el doctor lleva 15 años dando conciertos gratis de violonchelo a los turistas extranjeros, vestido de payaso, todos los sábados a la 7:15 horas de la tarde. Los 300 invitados no pueden sino inscribirse al final de la reunión a la lista de donantes.
El concierto es en la clínica de Siem Reap, que incluye un ala para investigaciones modernas; como las demás clínicas, está inspirada en el principio que sostiene Rich-ner de que en los países pobres deben go-zar de tecnología y servicios médicos "de punta". Esto lo ha enfrentado con la Organi-zación Mundial de la Salud (OMS), cuyos funcionarios consideran a estas clínicas como "caras y poco apropiadas para el nivel de bajo desarrollo que tiene Camboya". Es-ta visión hace explotar al doctor, y ha sido un elemento clave en su exitoso peregrinar por Suiza y otros países de Europa para conseguir fondos.
Adyacente a este pequeño pueblo se encuentra otra de las estrellas de Camboya y una de las maravillas del mundo, me refiero a los templos en plena selva en Angkor, muy difíciles de describir en todo su esplendor. Estamos hablando de casi 100 templos que uno recorre por caminos de una enorme reserva natural a lo largo y ancho de 26 kilómetros, durante varios días.
Fueron construidos por la civilización khmer, en el pináculo de su gloria imperial entre los siglos IX y XIV de nuestra era y fueron redescubiertos por franceses en el siglo XIX; se pueden recorrer mejor en mo-tocicleta, aunque en algunas partes es posi-ble hacerlo montado en elefante, como lo hacían sus antiguos habitantes.
Angkor está en el centro de la economía de Camboya, y ofrece al país una de las po-cas oportunidades de recibir divisas y conectarse con el mundo moderno. Aun así uno descubre en sus habitantes una enorme inocencia, sacudida de seguro por los años de conflicto no sólo con el exterior, que como dijimos no ha faltado con todos los pueblos vecinos y con poderes imperiales. Pero la crisis más fuerte ocurrió cuando China de-cidió fomentar un régimen comunista radical, el Khmer Rouge, que se pudieron quitar de encima sólo después de la intervención de Vietnam al final de la década de los 70.
Así que Camboya vive por vez primera en paz, en espera de que se cumpla la pro-mesa de que los genocidas a la cabeza de Pol Pot serán juzgados. Hay una gran esperanza de que el mundo se seguirá acordan-do del país mientras se pone de pie para vivir de sus propios recursos, pero esto no es fácil. No lo es porque la gente no sólo no tiene posesiones materiales, sino peor aún, no tiene educación y su salud es precaria.
¿Con qué empezar para salir adelante? El reto es enorme, y no cabe duda que da gusto descubrir una serie de proyectos de apoyo, sobre todo de países europeos, para el fomento de las artesanías que se venden por todas partes, y de otras actividades económicas incipientes con las que Camboya intentará hacer lo imposible, vivir con dignidad de sus propios esfuerzos.
Coordinador de asesores del secretario de Turismo