Sigue la ruta de los primeros vikingos

Cruza el Atlántico en 16 días a bordo de un barco de lujo
Viaja de Inglaterra a Canadá solo con 500 pasajeros. El barco cuenta con mayordormos y ofrece conferencias relacionadas con la historia de los destinos. (Foto: Cortesía Siversea)
Viaja de Inglaterra a Canadá solo con 500 pasajeros. El barco cuenta con mayordormos y ofrece conferencias relacionadas con la historia de los destinos. (Foto: Cortesía Siversea)
04/11/2017
19:00
Diana Penagos
-A +A

[email protected]

Mucho antes que Cristóbal Colón, en el año 1000 d.C., los vikingos viajaron a través del Atlántico hasta Canadá. Los primeros asentamientos tuvieron lugar en la Península del Labrador. Lo que seguramente en ese entonces les tomó meses, hoy puede hacerse en poco más de dos semanas en un barco que tiene el tamaño exacto para acceder a los confines de la Tierra con todas las comodidades que se puedan imaginar.

Silver Muse es el barco que va tras los pasos de aquellos pioneros, es el más reciente de la naviera italiana Silversea, una de las más reconocidas en el mercado de cruceros de lujo. Es el más grande de la línea y, aun así, tiene capacidad exclusivamente para 500 pasajeros que son atendidos por igual número de miembros de la tripulación: marcaje personal para satisfacer los caprichos de los huéspedes.

La clientela suele ser de muy alto nivel adquisitivo, con mucho tiempo libre, viajada y con enormes expectativas. Si se cumple con lo que espera, es la más fiel y forma algo así como una familia. Se saludan unos a otros porque han coincidido en otros trayectos.

La tripulación los trata con la familiaridad de los viejos conocidos, por lo que se adelanta a sus deseos. El mayor lujo es definitivamente ese “hecho a la medida” que se siente desde el momento de embarcar. Nada de filas, todo es expedito y cómodo.

Cada suite (todas con balcón) cuenta con servicio de mayordomo, el encargado de personalizar el minibar con champaña, vino y snacks, así como las amenidades del baño con tres marcas a escoger y hasta desempacar la maleta.

El barco zarpa en Southampton y la primera parada es Falmouth, Inglaterra. Ahí empieza el otro gran lujo, ese que la naturaleza regala, el que ninguna fotografía puede retratar en su justa medida, el que se lleva en el recuerdo: paisajes espectaculares, como sacados de una novela de Jane Austen, y el llegar a lugares que posiblemente ni sabías que existían.

Cuando desembarcas, no te topas con la botarga bailando al compás de música estridente, a la horda de turistas, al fotógrafo contratado. Por el contrario, bajas a poblados muy pequeños, a costas en las que difícilmente se verán naves turísticas de gran calado; si acaso yates, veleros y uno que otro buque de carga. En ocasiones, pese a su capacidad de atracar en rincones donde otros no pueden debido a su tamaño, el crucero tiene que anclar a una distancia considerable de la orilla y trasladar a los pasajeros en lanchas, a tierra firme.

Por eso conviene tomar los recorridos guiados que ofrece el “Silver Shore Concierge”, ya que no es fácil contratar un taxi o una excursión en el muelle, como sucede en los sitios turísticos.

Territorio de duendes y vikingos

Los siguientes destinos son Waterford, Cork y Galway. La campiña irlandesa recibe a los viajeros con sus extensos valles de un verde intenso, con ovejas de colores —literal, ya que sus dueños las marcan en tonos rosas y azules—, sus acantilados, castillos espectaculares en medio de la nada y su infalible arcoíris, casi con el leprechaun (duende verde de la mitología irlandesa) al final, cuidando su olla de oro.

05_portada_01.jpg (Foto: Cortesía)

La ciudad amurallada de Waterford, de origen vikingo, aún conserva mucho de su carácter medieval. De ahí partieron los vikingos establecidos desde Irlanda hasta Canadá. Y así como lo hicieran ellos, el Silver Muse se enfila hacia St. John’s, capital de la provincia canadiense de Terranova y Labrador.

El arte de lo exquisito

Cuatro días es lo que tarda el cruce del océano. La vida a bordo es relajada. Hay camastros en la cubierta pero no para tomar el sol en bikini, sino para acurrucarse con una colchita. Meterse a la alberca es un acto de valentía, pues el frío y el viento calan. Hay múltiples actividades para entretener al pasajero: torneo de bridge, ping pong, golf bajo techo, clases de baile de salón o puedes probar suerte en el minicasino.

Mención aparte merecen las conferencias que imparte Jon Fleming sobre cada destino. De una manera amena y práctica, narra lo básico que hay que saber sobre el mismo: historia, principales atractivos, tips para visitarlos...

Comida exquisita en todo momento no falta. Hay ocho restaurantes con diferentes horarios de manera que siempre hay una opción: cocinas japonesa, indochina, italiana, francesa, a las brasas, de mariscos, de tapas y uno que sirve pizza napolitana y gelato. Un sommelier hará las sugerencias para el mejor maridaje. En Arts Café, bocadillos, bebidas y postres están disponibles a lo largo del día.

05_pase_destinos_crucero_silver_muse_silver_sea_cruceros_de_lujo_restaurante2.jpg (Foto: Cortesía)

Es prácticamente inevitable ganar unos kilitos de más, aunque no hay pretexto, porque el barco cuenta con una pista para correr en la cubierta principal, un gimnasio muy buen puesto y clases de yoga, pilates y stretching.

Cada noche, en el Venetian Lounge, se presenta un espectáculo ya sea musical, operístico o de magia y luego se puede seguir la fiesta en el Panorama Lounge, salón que se convierte en una disco con DJ.

A la mitad del Atlántico, el movimiento puede sentirse algo fuerte aunque el clima sea bueno, nada de qué preocuparse, pero es recomendable llevar unas pastillas para el mareo.

El balanceo pasa a un segundo plano cuando, de repente, de ese mar azul infinito comienzan a saltar numerosos delfines que juguetones parecen celebrar a sus visitantes. Puede que hasta una que otra ballena asome el lomo y aviente un chorro de agua como saludo.

Al otro extremo del Atlántico

Hay tierra a la vista. Los puertos canadienses son un gran descubrimiento. Sorprende que haya habitantes en esos lugares tan remotos, a los que solo se puede llegar por aire o por mar, en donde el inclemente invierno de bajísimas temperaturas dura casi la mitad del año.

Después de St. John’s, la siguiente parada es Saint Pierre & Miquelon, un pequeño archipiélago que curiosamente pertenece a Francia. Hay que pasar aduana y control migratorio, ya que se trata de otro país, la moneda es el euro y el idioma el francés. Es más una villa costera de Normandía que de América del Norte.

De ahí, el barco visita Sydney, en Nueva Escocia; Charlottetown en Prince Edward Island; hasta hacer su entrada triunfal al río Saguenay. Donde se junta el mar con el agua dulce se dan las condiciones idóneas para el avistamiento de belugas. Un enorme fiordo con la estatua de una virgen en lo más alto da la bienvenida. Es costumbre entre los marineros tocar el Ave María en los altavoces al pasar a su lado. En el Silver Muse se hace en voz de la québécois Celine Dion que, aunada al impresionante paisaje, hace que el instante sea por demás emotivo.

quebec.jpg (Foto: Pixabay)

Conforme se adentra en el río San Lorenzo, el panorama va cambiando de boscoso y salvaje a citadino y cosmopolita. A sus márgenes se ubica la ciudad de Quebec, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. El recorrido de 16 días termina en Montreal, la segunda ciudad más poblada de Canadá.

Once siglos después de que los vikingos hicieran sus primeras incursiones al norte del Atlántico, en muchos de estos lugares, aún resguardados por la naturaleza salvaje, su herencia es innegable.

Mantente al día con el boletín de El Universal

 

COMENTARIOS