Icebergs y pingüinos: qué hacer y y cómo llegar a la Antártida

Viaja en un rompehielos al lugar más solitario y gélido de la tierra. Solo 100 personas pueden pisar este continente a la vez
El iceberg más grande puede alcanzar los 300 metros de espesor, con una masa de un billón de toneladas y puede tener millones de años de antigüedad. (Foto: Istock)
El iceberg más grande puede alcanzar los 300 metros de espesor, con una masa de un billón de toneladas y puede tener millones de años de antigüedad. (Foto: Istock)
25/11/2017
19:00
Juan Carlos Angulo
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Quietud y silencio. Hace mucho no experimentaba la sensación de tener nuevos puntos de fuga para aquietar la mirada y descansar el espíritu. Hoy, he encontrado un nuevo continente para hacerlo. Veo un azul que nunca termina, producto del reflejo de los hielos perpetuos y el agua inerte. Después de muchos años de soñarlo he llegado, finalmente, a la Antártida.

Con la intención de explorar nuevas tierras, 282 pasajeros de distintas nacionalidades, nos hemos embarcado en una aventura marina, a bordo del MS Midnatsol, un poderoso navío noruego capaz de romper por la mitad los témpanos de hielo que nos impiden el paso, para descubrir el punto más austral del planeta.

La Antártida atrapa la imaginación y el corazón; una de las tierras menos exploradas del globo, deslumbrante y bella. Cubre casi la décima parte de la superficie terrestre, soporta la mayor masa de hielo del planeta y está rodeado por un océano turbulento y profundo.

Este aislamiento, la naturaleza tempestuosa de los mares que se interponen y, sobre todo, el clima extremo —con vientos, lluvias y nevadas— explican por qué el hombre ha sido incapaz de explorar esta región a fondo.

Con un promedio de menos 2° C a 5° C (solo en el verano austral), un escenario poblado con más de 150 especies de aves, icebergs por doquier y el corazón aventurado, nos adentramos en un recorrido de 15 días.

Un continente por explorar
Existe una dimensión abismal entre un viaje para turistas y una expedición para viajeros; yo me embarqué en el segundo. La simple idea de navegar por los mares gélidos que surcaran exploradores como Fernando de Magallanes (1519), Francis Drake (1577) y el Capitán Cook (1775), para encontrar la ruta por donde los barcos pudieran darle la vuelta al globo terráqueo, me resulta excitante.

Partimos de Ushuaia, la ciudad más austral de Argentina, en este barco rompehielos donde no hay casinos, ni fiestas embriagantes, ni cigarrillos. Todo lo contrario; hay un equipo de geólogos, historiadores, biólogos y ornitólogos que imparten charlas sobre la expedición.

Llegamos en nuestro primer día de recorrido al Paso Drake, donde la convergencia del océano Pacífico, Atlántico y Antártico se mezclan provocando un mar agitado y difícil de navegar.

La neblina nos impide ver el paisaje pero, de vez en cuando, podemos visualizar algunos albatros y patos que vuelan junto a la popa del barco. Hemos perdido de vista la tierra y tenemos la sensación de estar solos en el vasto mar, pero nunca hay oscuridad. El sol de medianoche nos acompaña hasta el fin.

Después de recorrer varias millas náuticas, estamos surcando aguas de la Antártida, en un lugar conocido como Antarctic Sound.

Un reflejo de color azul, muy intenso, me hace salir del camarote y divisar, desde la proa, el primer iceberg. Estas formaciones son grandes monolitos de agua dulce congelada, originados en los numerosos glaciares del continente. El más grande puede alcanzar entre 200 y 300 metros de espesor con una masa de un billón de toneladas y, el hielo que lo compone puede tener millones de años de antigüedad. Su color azulado es producto de la refracción de los rayos solares en el hielo.

Pasando por enfrente de la bahía, encontramos la primera colonia de pingüinos, que junto con los albatros y los petreles son los miembros notorios de esta zona.

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Los pingüinos son aves no voladoras que poseen una capa densa de plumas impermeables que retiene aire para su aislamiento y también una capa de grasa que mantiene su calor corporal. Solamente seis especies, de las 18 que hay en el planeta, viven en este continente. De éstas, el pingüino emperador, el barbijo y el adelie forman el 53% de aves de la región.

Pueden nadar hasta 100 metros por debajo del agua y permanecer hasta siete minutos sin salir a la superficie. Se alimentan del kreel, una especie de camarón.

Ciencia del polo sur
Después de pasar por la Bahía Brown Buffle, sin poder descender —el clima tiende a ser impredecible—, llegamos a King George Island.

Bajamos con el equipo especial para soportar el frío de estas latitudes (botas especiales de hule que no dañan el suelo, chamarras para nieve y un chaleco salvavidas de protección).

Nos separamos en tres grupos de 32 personas cada uno, ya que las normas turísticas que regulan los descensos son específicas y estrictas: el continente es una área protegida por todo el mundo y solo se permite que haya 100 personas a la vez. De hecho, fueron los propios operadores turísticos quienes formalizaron la regulación para practicar un turismo responsable.

Aquí se instaló la Base Polaca Arctowski, donde se realizan investigaciones sobre biología marina, comunicaciones y geología; hasta cuentan con una especie de tienda de souvenirs. Claro, no esperes un duty free en el Polo sur.

En un pasado, el lugar funcionaba como una fábrica de productos extraídos de las ballenas, pero hoy solo quedan esqueletos.

Encontramos una colonia de pingüinos adelie. Son bajitos, tienen círculos blancos alrededor de sus ojos y pesan entre unos seis kilos.

Hacemos un segundo descenso en Yankee Harbour, en Greenwich Island. En medio de un viento gélido divisamos una bahía con una familia de elefantes marinos y algunos skuas (ave parecida a la gaviota, con plumaje marrón).

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Pienso que me gustaría llevarme un recuerdo del lugar, mucho más allá de las imágenes que mi cámara puede almacenar, pero la advertencia de que ni una sola piedrita puede ser retirada del continente, me hace optar por agudizar mis sentidos y, como si fuera una grabadora, registrar cada segundo en la mente y el corazón.

Comunidad gélida
Pasan los días y comenzamos a sentir, entre los pasajeros del barco, una extraña necesidad de comunicarnos. No hay televisión ni radio, solo tiempo para dedicar nuestra atención a la Antártida. En los pasillos, la gente se saluda y comienzan a formarse grupos de amigos con los cuales compartir las motivaciones del viaje, las fotografías y la historia personal; todo acompañado, siempre, de unos buenos vinos.

Hemos llegado a Andvord Bay. En las montañas que nos rodean, predominan los colores blanco y azul. Hacemos caminata en ascenso a una de ellas y desde arriba pareciera que todo lo que ocurre en el mundo, en la civilización, realmente no importara. Estamos en comunión con la naturaleza.

Me pregunto si esta belleza algún día acabará y la respuesta de un miembro del staff de expedición, es instantánea.

“Los registros de hielo indican que durante los últimos 200 años ha habido un aumento del 25% en los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera, provocando que las temperaturas climáticas se eleven. Se cree que el calentamiento está causando la desintegración de las barreras de hielo que rodean la península. El problema es que, con estos deshielos, se provocará un aumento en el nivel del mar en el mundo”.

“Claro que la tierra siempre tendrá cambios climáticos naturales, pero algunas actividades del hombre están provocando que dichos cambios se precipiten”, comenta Karin Strand, líder de la expedición.

Después de tanta ciencia, deducimos que esta cuesta nevada podría servir para realizar un descenso tipo bobsled. Dicho y hecho: el descenso lo hacemos como bólido gélido y la fricción con la nieve quema la piel (aun con toda la protección que traemos encima), pero solo importa la velocidad y esta experiencia irrepetible.

Pasan los días y seguimos visitando algunas otras islas como Enterprise, donde se puede observar el casco de un barco encallado en 1915; el Canal Lemaire, cuyas aguas cristalinas forman un bello espejo de los glaciares; Petermann Island, con vestigios de un refugio argentino abandonado, algunos pingüinos adelie y cormoranes imperiales; y en Goudier Island, donde la Antartic Heritage Trust abrió un museo.

De todos, para todos
Estamos próximos a descender en Cuverville Island, habitada por una de las colonias de pingüinos barbijos —distinguibles por su raya negra en el cuello— más grandes.

Mis reflexiones siguen: desde que William Smith, un comerciante británico que tripulaba por el Cabo de Hornos (1577), fuera arrastrado por los vientos, hasta llegar a las islas Shetland, nadie se ha adjudicado este continente.

Existen algunas bases y refugios como las que se encuentran en Paradise Island y en Paradise Harbour, pero no tienen ninguna jurisdicción territorial. La Antártida es de todos, pero no pertenece a nadie.

Llegamos a nuestro último descenso en Deception Island, un volcán activo cuya topografía no parece propia de la Tierra sino de otro planeta. Por raro que parezca, la isla es caliente. Los visitantes pueden bañarse en un jacuzzi construido con la propia arena de la isla. El escenario en los alrededores está compuesto por glaciares, leones marinos retozando en el agua y simpáticos pingüinos que van de aquí para allá. ¿Alguien me podría traer champagne?

Nos deparan algunos días más de regreso; pasaremos por Cabo de Hornos; Puerto Williams, el pueblo más sureño de toda América; y el Estrecho de Magallanes que, antes del Canal de Panamá, era la única vía por mar hacia oriente, saliendo desde occidente.

¿Qué será de la región más austral de la Tierra? No sé si vuelva, pero ahora reconozco su personalidad ambivalente, un territorio cubierto de hielo que parece indomable; su fuerza vuelve pequeño y débil a cualquier humano; pero a la vez es tan vulnerable. Lo que uno hace en otro rincón del mundo, indudablemente repercute en la estabilidad climática de la Antártida.

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GUÍA DEL VIAJERO

Cómo llegar
Vuelos: primero, hay que volar a Santiago de Chile para tomar un vuelo doméstico a Punta Arenas, puerto de embarque. La travesía también puede comenzar en Ushuaia, Argentina y terminar en este mismo punto. El vuelo de regreso se hace desde Buenos Aires.

Tarifa: La travesía en el barco de expedición cuesta unos seis mil 200 dólares, sin avión. global.hurtigruten.com

Documentación
No se requiere ningún tipo de visado o vacuna especial para viajar a la Antártida.

Dónde comer
Todas las comidas se realizan en el barco y son buffet, salvo cenas especiales.

Cuándo ir
La mejor temporada para viajar es el verano austral, de diciembre a febrero.

Cómo vestir
Casual invernal. Toda la ropa para descensos la proporcionará la compañía naviera.

Clima
De 5° C a menos 2° Celsius.

Huso horario
Una hora más que en Ciudad de México.

Para quién es
Este tipo de viajes es para quienes aprecian la naturaleza. No es recomendable para niños.

Tips
1. En el Paso Drake mucha gente toma píldoras para el mareo, pero los seda todo el día; es mejor una botella de vino.
2. Lleva libros, siempre son un buen acompañante en las horas muertas.
3. En la travesía usarás pesos chilenos, argentinos, dólares y coronas noruegas. Trata de establecer una sola moneda para tus equivalencias.
4. Hay sol de medianoche; lleva un antifaz.
5. Lleva un reemplazo de baterías para la cámara; con el frío se descargan rápidamente.

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