francisco.salgado@eluniversal.com.mxCistóbal Ortega Martínez llegó al América como cría de gorrión y se fue como el más representativo caballero águila del andar azulcrema; el hombre con más títulos ganados en la historia de las Liguillas (6) con un solo equipo; con el conjunto con el que se soñó triunfar: el América, club al que escogió por encima del Cruz Azul, cuando en los Cementeros la oferta para que se quedará era tres veces mayor, pero “yo quería jugar en el América o en ninguno”.
Pocas veces, Francisco Hernández, directivo de los entonces Cremas en los años 70 y 80 y buscador de talentos, se equivocó y con un tipo con la mentalidad de Cristóbal no podía sucederle.
“Siempre me preocupé por ser el mejor”, es la premisa de Ortega, quien llegó al conjunto de Televisa para la temporada 1971-72, a los 15 años, por invitación del doctor Gálvez, luego pasó por el Unión Coapa, y de ahí llegó al primer equipo, junto con figuras como Alfredo Tena y Vinicio Bravo; aunque en un principio como extremo que enamoró incluso a la prensa brasileña, que le llegó a comparar con Garrincha.
De demonio de Tasmania de las bandas a incansable castor del mediocampo. Cristóbal Ortega no jugó para estar en la memoria del América, sino para que a través de él se recordara a los azulcrema, a pesar de su amor por los colores, “uno tenía que anteponer los intereses de la institución a los personales, la institución era lo más importante”, dice a 15 años de su retiro.
Hoy, su andar es pausado. Lejano a la revolución que daba a sus piernas en los hoy lejanos 80. Eso sí, se sabe hombre récord del futbol mexicano, aunque toma distancia de la presunción. Sus canas le piden discreción y definir los momentos que vivió en cada gesta de la fiesta grande como “la parte más intensa del campeonato, junto con los clásicos ante Chivas. Se jugaba algo extra”.
Eterno número 11 de los amarillos, Ortega saboreó muy temprano en su carrera la melosa victoria. Apenas en 1975-76, aunque la explosión a la cima del balompié nacional llegó hasta 1983-84. “Tuvimos que pagar derecho de piso, el aprendizaje, hasta que vinieron los resultados esperados a tanto trabajo”.
Trabajo que siempre disfrutó como debería ser siempre el futbol, un juego, “de verdad gozaba las concentraciones, participar al máximo con el equipo” y ni que decir cuando se trataba de la Liguilla, “me posesionaba, como si no estuviera consciente. Jugaba en otro plano, en concentración total, no me permitía ver más allá de la cancha”.
Para ello se preparaba como pocos. “Siempre me preocupé por ser el mejor. Lo pensé así y mi razonamiento me obligaba a prepararme al máximo. Para conseguir algo no podías esperar a la casualidad”.
Y Cristóbal nunca se quedó sentado. “Antes del entrenamiento iba a correr a Chapultepec, a andar en bicicleta, me ponía polainas en los tobillos, regresaba, descansaba un rato y luego me iba a entrenar. A veces, en el club llegaba dos horas antes al gimnasio. Tenía conciencia de lo que quería. Tenía que ser rápido, fuerte, explosivo, para eso tenía que hacer más”.
No por nada siempre fue el primero en salir a la cancha, en cargar el espíritu de un equipo con el que hizo historia en Liguillas, con una capacidad aeróbica, que bien podría haber envidiado el mismísimo Pedro Nájera, mítico volante de los entonces Cremas apodado, Siete Pulmones, en la década de los 60.
Toda una cría de gorrión que hoy ondea como el máximo caballero águila de la historia de las Liguillas.