deportes@eluniversal.com.mxMORELIA.— Ninguno de los jugadores del Cruz Azul se atrevió a intercambiar miradas con un compañero tras el silbatazo final del árbitro Roberto García.
Y es que anoche no hubo alguien que se salvara de la debacle que La Máquina experimenta en la recta final del Apertura 2007, esa en la que —supuestamente— los equipos que se dicen grandes sacan la casta.
El conjunto dirigido por Sergio Markarián prácticamente se ha despedido de la posibilidad de clasificar directo a los cuartos de final, pero el real problema es que además ha puesto en predicamento su participación en el repechaje.
Una vez más, los Cementeros no fueron dominados por el rival y salieron con la derrota; una vez más, abandonaron la cancha con el agridulce sabor que provoca irse sin la recompensa justa a su esfuerzo.
Pero es una historia bastante conocida por ellos.
El 2-1 final que reflejó el marcador electrónico del estadio Morelos fue motivo suficiente para que la mitad de los poco más de 40 mil aficionados que abarrotaron el inmueble desataran su júbilo.
La otra mitad se fue en silencio, con algunas lágrimas recorriéndoles las mejillas.
El Cruz Azul se ha caído estrepitosamente en un lapso de cuatro días.
Las ilusiones construidas luego de la victoria del domingo pasado en Ciudad Universitaria se han derrumbado tras los duros golpes ante la UAG y los Monarcas.
Sobre todo ha pegado duro en el aspecto emocional porque los celestes ofrecieron lucha al equipo dirigido por David Patiño... Hasta que llegó el momento de dar el extra.
Mientras estuvieron abajo en el marcador, mostraron esa cara ofensiva que agradó a su pueblo durante jornadas de este torneo.
Saberse alcanzados por los michoacanos dentro del Grupo Tres hizo que practicaran su mejor futbol.
La anotación marcada por Cristian Riveros (69’) fue el mejor ejemplo, pero la contundencia mostrada por el volante paraguayo no fue una virtud imitada por los delanteros César Chelito Delgado, Miguel Sabah y Richard Núñez.
Los artilleros cruzazulinos tuvieron cuatro manos a mano con el arquero Moisés Muñoz, cuyas atajadas mantuvieron la esperanza local ante el festejo en las tribunas.
Fue cristalizada con el tanto de Ignacio Carrasco (86’), quien no desaprovechó el regalo de Óscar Pérez.
Eso explicó la desolación del final. El panorama de La Máquina se ha oscurecido como nunca antes en el torneo y lo peor es que se debe a errores propios.