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´Frascuelo´, otro monstruo del toreo

Salvador Sánchez Povedano fue de los ídolos grandes en la historia de la fiesta brava; escribió páginas imborrables en los redondeles en pareja de lujo con otro figurón: Rafael Molina ´Lagartijo´
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El Universal
Martes 10 de octubre de 2006

Las raíces de la fiesta brava dentro del siglo XIX se consolidaban y Andalucía prodigaba no sólo toreros, sino maestros en el arte de la lidia de reses bravas, en especial los originarios en esta región sureña como Ronda, Sevilla, Córdoba y Granada, entre otras ciudades.

Precisamente en Churriana, en Granada, nació Salvador Sánchez Povedano, identificado mejor como Frascuelo, el 21 de diciembre de 1842, y se convirtió en otro de los grandes monstruos de la fiesta de tauro.

Salvador se inició en mojigangas, en festejos como El Sultán y las Odaliscas, o El doctor y el enfermo y Los guachindangos de Sevilla. Vertiginoso fue su ascenso hasta debutar como novillero y de inmediato se hizo matador de toros. Se suscita el doctorado el 27 de octubre de 1867, en Madrid, al cederle Francisco Arjona Cúchares, el toro Señorito del hierro de Bañuelos.

Pronto formaría Frascuelo una pareja de leyenda con Rafael Molina Lagartijo. Una pugna de profesionales con celo y los primeros enfrentamientos se realizan en la plaza de la bella Granada, los días 7 y 11 de junio de 1868. El tratadista Peña y Goñi afirma:

"Frascuelo" en un quite, quedó de rodillas, y "Lagartijo" lo hizo en otro quedando de espaldas, con rodilla en tierra y muy corto. Declarada la guerra entre ambos matadores, los dos se tendieron al suelo a poca distancia del cornúpeta, y el señor presidente (juez de plaza en México) les amonestó para que se ajustaran a la lidia tal como lo recomienda el arte; cogieron banderillas de a cuarta, dejándolas bien al cuarteo; "Lagartijo" se sentó en la silla, y el toro, carente ya de facultades, no se le vino y le puso un grandioso par a topacarnero; "Frascuelo" se pasó una vez y dejó otro par cuarteando.

Estas sesiones en Granada provocaron que hubiese expectación por verlos en Madrid, lo que hacen en 1869, sin defraudar en lo más mínimo a los apasionados aficionados.

La Villa del Oso y el Madroño, la capital de España, tan complicada para muchos, resultaba la más fácil para Lagartijo y Frascuelo. Caso contrario, tanto para el de Córdoba como el de Granada, Sevilla era toda una terrible alucinación...

Cómo se teje la historia

Suman un considerable número de fechas en Madrid y triunfan, al grado que en cierta ocasión en el tendido aparece una manta con la siguiente leyenda: "¡Que no se vayan nunca Lagartijo y Frascuelo, ni sus cuadrillas". Se convierten en la pareja consentida de la empresa. Torean mucho juntos. En 1873, en Madrid, Frascuelo brinda un toro a Lagartijo que se encontraba de espe ctador. Lo anterior para mostrar su amistad independiente de su rivalidad profesional. Ese detalle lo sella el cordobés al regalarle al de Granada un fino reloj de oro que envolvió en un pañuelo con admiración.

Todo un acontecimiento se desarrolla en 1874. Son actores, una vez más, Lagartijo y Frascuelo, la tarde del 18 de julio en el cierre de la vieja plaza madrileña de la calle de Alcalá. "Salvador mata el último toro que salió en esa plaza de nombre Descolorido de Aleas. Al mismo tiempo, en ese calendario, se realiza la apertura de la nueva plaza y marca un periodo formidable para este dueto inolvidable, que siguió en el ánimo del público con vehemente cariño y plena idolatría.

¿Y la Real Maestranza?

Sevilla parecía un obstáculo insalvable. En 1884, en la feria en la ciudad de la Giralda, la Torre del Oro y el Guadalquivir, la gente, por estoquear de "medias lagartijeras", le cantaba una maligna tonadilla que era mortal: A la una, a las dos, a las tres, asesino cordobés.

Al mismo tiempo andaban de boca en boca los siguientes versos: Rafael ha descubierto/ una manera de herir,/ que no la comprende nadie/ ni es fácil de definir./ Cuando el toro está cuadrado/ no se pone de perfil,/ no se tira por derecho;/ y, sin embargo, está el chic/ en que deja la estocada/ en lo alto y basta ahí./ ¡Olé por los matadores/ que están libres sin lucir!/ Guárdeme usted la receta/ que la quiero para mí.

En el mismo albero de Sevilla Frascuelo tuvo una tarde de desastre, 15 de junio de 1876, al tirar 11 golpes de descabello a un ejemplar de Varela. Sí, se vio obligado a abandonar el coso custodiado por la Guardia Civil. Un mitin de órdago.

Esa temporada y las siguientes, el dueto acaparó la atención en la Villa del Oso y el Madroño, sin que decayera el entusiasmo del público. Hubo una corrida, un 30 de octubre de 1884, en que los maestros mataron un lote de la temible divisa de Miura, alcanzando un éxito sin límites. Ninguno cedía una pizca de terreno.

Las confrontaciones de estos distinguidos maestros las disfrutaban los aficionados hasta con placer, cada uno se superaba en cada tarde que se topaban en un ruedo. Y en toda España, inclusive la soberbia y barroca Sevilla, tuvo que rendirse a la capacidad de tan destacados espadas que han llenado una brillante etapa en el espectáculo, tan impregnado de pasión, de envidia, siempre perseguido y, a la vez, tan singular y diferente a todos.

Salvador Sánchez Povedano Frascuelo y Rafael Molina Lagartijo alternan por última vez el 6 de octubre de 1889, y como siempre dejando constancia vehemente.

Se despide Salvador el 2 de mayo de 1890. Vivió en tranquilidad hasta su fallecimiento, víctima de una pulmonía, el 8 de marzo de 1898, en casa de su hija en la capital española, en la Corte, la ciudad que tanto admiró al dueto.

Una pareja de acusada personalidad que escribió páginas imborrables en los redondeles. Sí, una auténtica y pasional historia convertida en leyenda de los maestros Lagartijo y Frascuelo.

 
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