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Día caliente en la perla tapatía

Enarbolan la bandera de la polémica: el orgullo nacionalista rojiblanco o pintarse de amarillo
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Arturo Salgado Gudiño
El Universal
Domingo 01 de octubre de 2006

GUADALAJARA.- Guadalajara amaneció caliente. Sin mucho sol, pero con un bochorno en el ambiente que mojaba las playeras y hacía brillar cada rostro que vestía de rojiblanco o amarillo. No es para menos. Es el Clásico: Chivas-América, y como siempre se esperaba tormenta.

Tormenta que para nada ahuyenta, por el contrario, invita a mostrar el orgullo nacionalista de los rojiblancos o pintarse de amarillo y enarbolar la bandera de la polémica.

Es día de lucha en el césped. De máscaras en la grada. Da igual si es de un monstruo verdoso, lo importante es ejecutar a la perfección la Temoseñal con todo y águila en mano. O mejor aún. Esconderse bajo la tapa de la Parca y presagiar un huesudo resultado a los tapatíos.

Y es que la afición de América tiene hambre. Demasiado es el ayuno de un par de años sin vencer al acérrimo rival y el Jalisco es el templo perfecto para sembrarlo de terror.

La afición local opina diferente. En cada auto, local, comercio. En cada familia parece que la tarea de la semana fue hacerse con una playera a rayas rojas y blancas.

Será que en el cuartel del Club Guadalajara los rumores señalan que en caso de derrota rodará la cabeza del Chepo de la Torre, pero entre los seguidores del Rebaño reina la confianza. Suficiente al menos para tomarse una pausa y echarse unos tacos antes del ritual de 90 minutos.

Lo confirman las barbas de chivo color rojo. Los sombreros de charro, de paja, todos con colores del chiverío.

También de ese lado gustan las máscaras. Aunque prefieren a los luchadores técnicos. Quizá para limpiar la otrora inmaculada reputación de unas Chivas que amaba, presumían, el 50% más uno de la afición mexicana, pero que Jorge Vergara, su presidente, se ha encargado de ir convirtiendo poco a poco en su antítesis, justo en lo que más odiaba.

Por eso las filas en cada una de las puertas del Jalisco empiezan a tomar la redondez del recinto. Incluso en las taquillas hay centenares de seguidores de ambos equipos. Quieren un boleto: Imposible, están agotados.

La reventa es la única opción. El problema es desembolsar los 500 pesos que piden por entrada en zona alta y mil pesos en asientos de preferente, pero aún así hay muchos que lo pagan.

Pero lo padecen Alma Granada y su esposo, formado entre apretones, mientras su esposa aguarda a un constado. Vienen desde Mérida, pregunta a todo policía o personal del estadio si aún hay boletos. Todos responden lo mismo: "Están agotado". Ella no pierde la esperanza, aunque ignora el presupuesto con el que cuenta su esposo para recurrir a la voraz reventa.

Quienes no padecen estas penurias, sin importar lo violentos que puedan ser, pertenecen a las barras bravas: La Monumental arriba entre cánticos. Con estruendosos tambores e intimidantes rostros cubiertos por pañuelos. Presumen sus tatuajes. Como el del Rosa: Un águila con las alas abiertas y el escudo del equipo amado en el centro. "Presume" que se lo hicieron en la prisión, "estuve en Santa Martha porque piqué a mi novia, pero ni le paso nada".

Mientras tanto, la Legión llega para hacer sentir los colores rojiblancos. El cuerpo de seguridad hace su trabajo, impide que los grupos se encuentren. Saben que es día de Clásico y que Guadalajara amaneció caliente y como siempre se espera tormenta.

 
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