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Lo mejor de la final, la copa

Una final que no será recordada por la falta de espectacularidad. Se desata la pasión en las tribunas, no por el sufrimiento del juego, sino por el triunfo
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Arturo Salgado Gudiño
El Universal
Lunes 22 de mayo de 2006

PACHUCA.- Lo mejor no estuvo en la cancha. Tuvo que ser hasta después del silbatazo final cuando las emociones superaron a las acciones y regalaron postales que con mucho opacaron 180 minutos de aburrimiento en el Estadio Hidalgo.

El silbatazo final del árbitro Armando Archundia supo a los aficionados tuzos como un detonante, una invitación a la alegría. A poder corear los nombres de cada uno de sus ídolos y emocionarse hasta las lágrimas por una copa y no por el sufrimiento de lo que significó la final.

Fue la imagen de Miguel Calero, incapaz de quitarse su gorra ni siquiera para recibir la sidra que caía sobre su cabeza. Ni qué decir de José Luis Trejo, quien tuvo que esperar un total de 230 partidos para al fin saberse campeón del futbol mexicano.

Su estampa lo decía todo. Empapado en su elegante traje y con los ojos vidriosos. "Se lo dedico a mi madre, a mi familia, es un justo premio a muchísimo trabajo", decía Trejo mientras se encaminaba a recibir su medalla de campeón.

El eterno contraste estaba encima de la cabecera que lleva a los vestidores. Era Emilio Azcárraga Jean, presidente de Televisa y dueño del San Luis, quien de la preocupación, luego del gol contra su equipo, pasó a la resignación y aplaudía la victoria de los Tuzos.

En la cancha, Raúl Arias abandonó el campo a toda prisa, lo mismo que sus jugadores, quienes antes tuvieron el detalle de ir a aplaudir a la afición potosina que se apretujó sobre una esquina del estadio.

Era el momento del campeón. De que Pachuca recibiera el trofeo de manos de Decio de María, secretario general de la Federación Mexicana de Futbol, y de Alberto de la Torre, presidente de la misma. Y estallaron miles de papeles de colores azul y blanco con el fondo musical del himno del Pachuca, en medio de los gritos de la afición hidalguense.

Fue el justo premio para Luis Ángel Landín, trenzado en un eterno abrazo con Ángel González Coca, su descubridor. El hombre que lo vio en los llanos y lo llevó al primer equipo de los Tuzos. El mismo que descubrió a Cuauhtémoc Blanco y que, empapado en lágrimas, sólo atinó a decir: "Yo traigo a todos estos ca... a este equipo".

Fue el momento de celebrar, porque el campeonato y la entrega de la copa era lo único por lo que había que festejar, luego de 180 minutos de precauciones, como de tirarse a no perder, en una final que seguramente no será recordada por su espectacularidad, pero bien o mal alguien tenía que ganar.

 
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