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Mucho ruido y furia en el autódromo

El público insultó de lo lindo a Jamie McMurray y Kyle Busch, quienes dejaron fuera a Fernández y Jourdain
Lunes 06 de marzo de 2006 León Felipe Girón | El Universal

El autódromo de los ´Hermanos Rodríguez´ vivió un día de ruido y furia. Más ruido que furia. Aunque, al final, la furia provocó más ruido.

En la grada principal, un conjunto de seis tipos alegraba el ambiente previo al comienzo de la carrera de la NASCAR Busch. Con ritmos de samba y tambores, esta batucada hacía el deleite de los miles de aficionados, que bajo el intenso sol del domingo al mediodía, bailaban, y esperaban ansiosos el momento de ver a los 44 bólidos sobre la pista.

Ese sería el único momento durante las siguientes tres horas y media, en que el ruido era encausado hacia el bien común. Esa fue la única ocasión que el ruido, se convertía en ritmo.

En punto de las 13:25 horas, el ex mundialista mexicano, Manuel Negrete, daba la instrucción: "Caballeros, enciendan sus motores".

Una bonita traducción para finalmente decir: "Ensordezcan a los aficionados".

El rugir de los 44 motores llenó el aire sobre la Magdalena Mixhiuca, haciendo imposible cualquier comunicación humana a menos de dos metros de distancia.

Bandera verde. El estruendo a lo largo de la recta principal, se esparcía por los más de cuatro kilómetros del trazado del ´Hermanos Rodríguez´. Finalmente el público que colmó el graderío se sintió por un momento aliviado.

Una vez más la batucada, que cada minuto perdía fuerza y disipaba sus notas al paso de los bólidos.

La alegría colmó el lugar.

Pero no duró mucho.

Cuando el consentido de la afición mexicana, el veterano Adrián Fernández rodaba en el noveno sitio de la carrera, tras haber largado cuarto, fue tocado y despistado por Jamie McMurray a la altura de la vuelta 14, el silencio invadió el lugar, para después opacar el rugir de los motores con un grito de lamento.

La tristeza rápidamente se convirtió en esperanza y después pasó al deshago de las frustraciones.

Luego de tres entradas a los fosos de abastecimiento en las subsecuentes cinco vueltas, siempre fue acompañado de una ovación de pie, a su salida de los pits.

McMurray corrió con la suerte opuesta, pues a gritos de "culero, culero", y sonoros recordatorios familiares, acompañaron al estadounidense en su desfile por la recta.

El alivio de McMurray no llegó, sino hasta que apareció un nuevo villano, un compatriota suyo que acabó de un solo volantazo la ilusión de los 72 mil 428 espectadores en el inmueble de la Magdalena.

A la altura del giro 51 y con tan sólo 29 restantes en la competencia, el capitalino Michel Jourdain Jr. se adueñó de la punta de la competencia, gracias a su buen manejo y una magnífica estrategia del equipo.

Pero la alegría fue efímera. Sólo tres vueltas, y después la desolación, tristeza, frustración.

En su afán de arrebatarle el lugar de privilegio a Jourdain, el joven Kyle Busch sale de la última curva del trazado e impacta de lado a Jourdain Jr, quien ve cómo sus esperanzas de convertirse en profeta en su tierra terminaron impactadas sobre la barda de contención, mientras que el villano Bush apenas perdía cinco sitios y se mantenía a toda velocidad sobre la pista.

Fue en ese momento que Bush recibió chiflidos, mentadas de madre y demás calificativos altisonantes que hubieran hecho sonrojar a un pirata.

El daño fue irreparable.

Luego de 10 banderas amarillas y más de tres horas de carrera, el cansancio hizo de la afición su principal víctima, incapacitándola para vitorear al ganador de la carrera: Denny Hamlin.



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