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México 68: Todo es posible en la paz


Domingo 12 de octubre de 2003 Alejandro Toledo | El Universal

Sí, la inauguración se acercaba.

La noche del viernes 11 Cabo Kennedy aguardaba el despegue del Apolo 7 con los cosmonautas Don Eisele, Walter Schirra y Walter Cunningham.

En la Villa Olímpica... "Los guerreros velan las armas, limpian los uniformes y charlan en su 'vivac', sobre el destino que les espera", contaba Angel Fernández en EL UNIVERSAL.

"Los entrenadores declaran que cuando la noche es vieja, pueden dialogar mejor consigo mismos y con sus técnicos auxiliares. Es cuando las musas bajan, y cuando son más fáciles de interrogar. El deporte tiene miles de ángulos, es complicado como el arte de la brujería, y lleno de hechizos".

Es la cuenta regresiva para llegar al sábado 12 de octubre, y la gran inauguración en el estadio México 68, que recibió a 80 mil personas.

¿El prólogo fue la sangre? La noche del viernes 11 de octubre en las calles de la ciudad de México fulguraba el lema de la XIX Olimpiada...

"Todo es posible en la paz".

Y ya. Día uno.

Y el Apolo 7 despegó... Pero en el mundo la noticia fue la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos. Los corresponsales enviaron despachos desde la ciudad de México con frases como: "Arriba Olimpia", "Las Olimpiadas han vencido", "Los Juegos fueron abiertos en santa paz" o "El desfile de jóvenes de todo el mundo ha ahuyentado el pesimismo de los días pasados".

Fue en verdad un largo camino para llegar a la fiesta inaugural. En el Comité Organizador hablaban incluso de una "Olimpiada de obstáculos". Uno, difícil de librar, había sido el de Sudáfrica y el apartheid , pues por esa postura racial otras naciones del continente africano amenazaron con el boicot. Los excluidos finalmente fueron los sudafricanos. Otro obstáculo fue la feroz represión gubernamental contra el movimiento estudiantil... Pero la meta olímpica estaba ahí.

En el estadio México 68, en medio de una impresionante rechifla y entre graves insultos que acalló la televisión, hacia las 12:30 el presidente Gustavo Díaz Ordaz pudo gritar a los cuatro vientos...

Hoy 12 de octubre de 1968 declaro inaugurados los Juegos Olímpicos de México conmemorativos de la XIX Olimpiada de la era moderna.



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El "acto oficial" duró dos horas de 11 a 13, pero en Ciudad Universitaria la actividad comenzó desde muy temprano. Las edecanes, animadísimas, se presentaron alrededor de las 6 de la mañana en el hotel María Isabel, donde las esperaban los autobuses, para estar a las 7 en el estadio.

"El público comenzó a llegar como a las ocho", cuenta Rafael Solana en su novela Juegos de invierno (1970), "con tortas, plátanos, naranjas, tamales; tan pronto como las puertas se abrieron comenzó a entrar la gente, que en las primeras horas leyó los periódicos, escuchó radio en los pequeños aparatos transistorizados que casi todos llevaban, o, con gemelos, se espió mutuamente, para criticar unos el atuendo de otros; no faltaba quien se entregase al sueño plácidamente: aquel sol, que a las siete y media de la mañana era deseado, ya para las once era aborrecido; la gente comenzaba a transpirar y a oler mal, y los estrechos pasadizos entre una fila y otra iban llenándose de cáscaras de fruta, de hojas de maíz grasosas, de bolsas de plástico a las que el sol hacía sudar una última gota de la manteca en que se frieron chicharrones o charritos; no todos los padres se animaban a emprender el largo viaje hasta los sanitarios para llevar a los niños pequeños que solicitaban hacer pipí, y que cumplían sus deseos allí mismo, junto a los asientos de sus progenitores".

Como atracciones previas, se presentaron la banda de policía de Bahamas y los abanderados de Arezzo, éstos con trajes medievales.

Los palcos de honor empezaron a poblarse entre las diez y media y el cuarto para las once; a las once en punto apareció Gustavo Díaz Ordaz, quien había sido recibido a las puertas del estadio por Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional, y Pedro Ramírez Vázquez, presidente del Comité Organizador de la XIX Olimpiada.

En el centro del campo, cinco enormes globos en forma de aros iniciaron su ascenso majestuoso con el coro de una primera rechifla que, contundente, dio la bienvenida al jefe de la Nación. Esta vez el motivo del feroz recibimiento: el dos de octubre estaba cerca y aunque se quisiera minimizar el asunto, los muertos y los encarcelados estaban ahí. Ese mismo sábado 12 de octubre, 98 participantes del movimiento estudiantil fueron declarados "formalmente presos" por Rafael Murillo Aguilar, juez Sexto de la Segunda Corte Penal. Desfilaban los jóvenes en dos sitios de la ciudad: Lecumberri y en el México 68.



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La primera nación que se presentó en el estadio fue Grecia; la última, México. Entre una y otra, se procedió en estricto orden alfabético.

"Checoslovaquia recibió muchos aplausos", se contaba en EL UNIVERSAL. "Los búlgaros llevaban flores en la mano, que arrojaban al público, a su paso; polacos y cubanos llevaban banderas mexicanas..."

Vinieron los discursos... Para Ramírez Vázquez en la Olimpiada de México mostraba al mundo su rostro actual. Para Brundage eran los Juegos de la juventud. Díaz Ordaz se limitó a la declaratoria inaugural.

El alcalde de Tokio sede anterior entregó la bandera del COI, bordada en satín en 1920, a Alfonso Corona del Rosal, regente de la ciudad de México. De música oriental se pasó a La sandunga , lo que representaba el cambio de estafeta. Cuarenta mil globos cubrieron el cielo. Se escucharon teponaxtles, huehuetls y chirimías.

Venía de Teotihuacán, se acercaba, estaba en las puertas del estadio, sí, ya: la antorcha olímpica. A las 12:51 entró al México 68 Enriqueta Basilio, última portadora de la llama... Era la primera mujer en cumplir ese último recorrido en la historia de los Juegos Olímpicos de la era moderna.

"Todos presenciaron de pie aquella entrada solemne", narra Solana, "una grácil atleta recorrió a grandes zancadas la pista, trepó con agilidad una empinada escalera, y aplicó el fuego a los quemadores de gas de un gigantesco hachón; al encenderse la llamarada, señal de que los juegos daban comienzo, cien mil gargantas prorrumpieron en una exclamación jubilosa".

No cien mil: ochenta mil.

Y ya. No habría marcha atrás. Vivían los juegos de la XIX Olimpiada. Rodolfo Vidal hizo el juramento por los jueces; Pablo Garrido por los atletas.

Volaron diez mil palomas...

Tal es el comienzo.

Durante dos semanas México se mostraría al mundo.



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