Dicen sus críticos que ya pasaron sus mejores tiempos. Acarició instantes de gloria en Corea-Japón 2002. Alegre, hábil, puso de cabeza a Croacia, Ecuador e Italia, antes de hacer frente a Estados Unidos en octavos de final del máximo certamen.
Ramón Morales, bullicioso, ágil, insinuaba meter en problemas a los estadounidenses. Pero en el minuto 8, Claudio Reyna tomó mal parado al entonces carrilero mexicano y envió un centro que aprovechó Brian McBride para sorprender.
Enseguida, enloquecido y a manera de castigo, Javier Aguirre sacó a Morales del campo (minuto 28), cuando urgía que lo adelantara más en busca del empate.
Ese hecho lo marcó por mucho tiempo, no por la falla defensiva que le atribuyó Aguirre, sino por lo que pudo haber hecho, si éste no lo hubiera amarrado y enviado al banquillo.
Hoy, a sus 33 años, Ramón no es más el veloz zurdo que llenó de esperanza a México. Capitán en Chivas, se ha llenado de valor para darle toque y experiencia al Rebaño, sin que su corta estatura (1.68 metros) signifique obstáculo alguno para él.
Tez morena, cabello corto, cara de niño, acaso por sus orejas de duende, Ramoncito —como en repetidas ocasiones le decía El Perro Bermúdez en las transmisiones televisivas— milita en el Guadalajara desde el Verano 99. Sí, 10 largos años en la institución rojiblanca, procedente de La Pandilla de Monterrey, club que lo hizo debutar.
El de La Piedad, Michoacán, es, sin duda, el máximo referente de la institución tapatía. Símbolo, líder, Morales es también el hombre que lleva la voz cantante en Chivas.
Es de aquellos futbolistas que no hablan mucho, sólo lo suficiente. Apto, más que ninguno, en el concurso de los tiros libres. Capaz en el cobro de los penaltis y heredero de la maestría de Benjamín Galindo, otro referente del pasado tapatío.
En 14 años como futbolista profesional, suma 66 dianas. Y es que no es goleador, pero sí un referente rojiblanco.