abraham.guerrero@eluniversal.com.mxDesde las dos no hay dónde poner el coche, todo está lleno. “Un verdadero desmoche”, dijo Chava Flores, en una de tantas crónicas de ciudad hechas canción y que ayer tomó presencia en los alrededores de la colonia Nochebuena.
Sábado Distrito Federal, sábado de futbol, de fase de Liguilla…
Día para dejar la formalidad del trabajo y abandonarse a la alegría del juego espectáculo popular. Por eso es que aflora un lenguaje folclórico, mientras la gente espera entrar al estadio.
Ahí están, perdidos en la multitud, El Panza, El Sopas y El Cubetas, de todos sabores y colores. No importa el color de la playera. Aficionados al Cruz Azul y a los Pumas cruzan por las puertas del inmueble rumbo a 90 minutos de libertad.
Al mexicano, eso de la puntualidad nada más no se le da. El partido es a las cinco de la tarde. Son las cuatro con 30 y todavía hay filas de autos en espera de encontrar lugar. Eso explica que a los 10 minutos del encuentro haya lugares vacíos en las tribunas.
Felices por tener a sus equipos en la Liguilla, los aficionados le entran a todo lo que se vende en el estadio. Los de la cancha se calientan de a poco, mientras el clima se pone frío. Llegadas esporádicas en ambos marcos que incrementan el nerviosismo, pero que no dejan escapar el grito de gol.
Por ahí, algunos se ponen de filósofos y en la charla con los amigos comienzan: “Lo que son las cosas, de los que van a jugar, solamente Palencia queda del Cruz Azul que fue campeón en el 97 y ya juega para los Pumas”.
Le escuchan atentos y le reviran: “Sí, pero Beltrán y Lozano (bicampeones con los felinos en 2004) ya juegan para nosotros”.
Total que no se ponen de acuerdo. Así es el futbol, “un desmoche” que a todos da de qué hablar.