jose.parra@eluniversal.com.mxSAN PEDRO SULA.— Con el disfraz de la muerte y una leyenda de cartón que reza: “Faitelson, no te queremos”, un individuo da vueltas al estadio Olímpico Metropolitano. “Siempre busco venir de una forma diferente”, comparte, al tiempo que termina por aceptar las disculpas del comentarista televisivo. “Pero eso sí, de todos modos les vamos a ganar 3-0, para callarles la boca”.
El coloso alberga a más de 45 mil fanáticos. El sobrecupo es evidente... gente de pie en los pasillos, en las escalinatas, hasta en las lámparas.
Y, como siempre, la perpetua descortesía catracha en la ceremonia de los himnos. El primero en ser entonado es el de México, mas las trompetas y los aplaudidores escandalizan al momento de la ceremonia. Eso sí, el fervor resurge cuando escuchan su melodía favorita. Y las banderas se multiplican en las repletas graderías del inmueble hondureño.
Quienes buscan el negocio, compran boletos, los venden y luego los revenden. Le sacan todo el jugo posible.
“El costo normal de éste es de 300 lempiras (15 dólares) —explica uno de ellos—, pero yo lo compré en reventa en 400 (20 dólares) y por eso ahora los revendo en 500 (25 dólares)”.
Desde las 17:00 horas aquí es de noche... Nublado y chipi-chipi permanente, que obliga a los organizadores a utilizar una lona gigantesca para proteger la cancha. Pero de todos modos se producen los inevitables resbalones, a la hora del encuentro.
El descontrol se produce dentro de la delegación mexicana, pues Justino Compeán, presidente de la Femexfut, cree que el juego de Jamaica y Canadá se va a disputar una hora después. Pero no, se trata de una confusión, dado que el horario de las 20:00 horas en la isla coincide con el de las 19:00 en suelo catracho.
Cada pase, cada balón de México es reprimido puntualmente por trompetas. Vaya que hay fervor por su selección.
El esperado partido sirve para todo. La política no podía faltar, y por eso, un grupo de enmascarados, disfrazados de blanco, exhiben carteles alusivos al candidato en turno. Aunque los rostros no les son familiares ni siquiera a los individuos que muestran los carteles.
La diminuta porra mexicana se reduce a un centenar de personas. La mayoría proviene de Estados Unidos. “Vamos a ganar 3-0”, se anima uno de ellos, “somos mejores...”, dice.
Aunque, “¡Honduras, Honduras!”, es el coro generalizado. La tormenta no cesa, en una noche de calacas y odios cultivados.