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Dragón dorado
Guillermo Pérez, desde niño aprendió de la leyenda china a luchar por lograr sus metas; ayer tuvo la mejor

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Arturo Salgado Gudiño
El Universal
Jueves 21 de agosto de 2008
francisco.salgado@eluniversal.com.mx

Taretán sabe a chocolate y al niño le encantaba envuelto en papel de oro, del que vendían en los cines de 1983. Los de las marquesinas blancas con letras de plástico para anunciar películas de Bruce Lee, aquel “dragón chino” con el que el chiquillo de cuatro años se volvía loco y salía de las funciones dominicales lanzando patadas al aire sin soltar la mano de Lourdes, su madre, quien al primer berrinche no le quedó otro remedio que inscribirlo en una escuela de taekwondo en Uruapan, a unos minutos de Taretán, poblado michoacano en el cual nació.

Hoy, Guillermo Pérez Sandoval es un hombre de contraataques. De un pichagui tan loco como punzante (técnica de esperar al contrario para contraatacar con rápida patada de la pierna derecha), un mimético de la filosofía de Bruce Lee: “La clave de la inmortalidad consiste en vivir una vida que valga la pena ser recordada”.

Por eso, a Pérez ni un cuello de jirafa le habría bastado para gritar el Himno Nacional mexicano como lo hizo ayer.

De cejas severas y quijada de cordillera, Guillermo es un economista de la palabra. Se le puede ver sentado en el fondo del gimnasio del CDOM, mientras sus compañeros Idulio Islas, Érick Osornio y Alejandra Gaal derrochan voz en entrevistas. Nunca con la boca tan abierta y la mirada cristalina como la que exhibió en el gimnasio de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Beijing en busca de la bandera nacional en plena picota.

Aunque el, casi milagroso, oro mexicano estuvo en peligro y no a causa del dominicano Gabriel Mercedes. Otro tipo de patadas picaban los pies de Memo en su infancia. “Jugaba en un equipo de “fucho” que había armado mi papá”. Alguna vez, a don Guillermo, le habría pasado por la cabeza ver a su hijo vestido con la playera de Chivas, pero el chico prefería al América, al final, una sacudida de su madre lo puso donde debía, “me habló: ‘Hijo, si te vas a dedicar al futbol hazlo, es tu decisión, pero te recomiendo que sigas en el taekwondo, esa es tu vida, persigue el sueño como tu ídolo Lee”.

Y si Taretán, Michoacán, le escuchó su primer grito, en Uruapan aprendió a vender en miniatura sus derrotas y a llorar cual cada temporal michoacano, “porque en cada derrota ha habido muchas lágrimas e impotencia”.

Como en su mudanza a Puebla, lejos de la juguetería de sus padres, todo por ser seleccionado nacional en 1996. El destino parecía decidido a pintarle cuernos. “Pasaba frío, dormía en un diván”. El taekwondo le pateaba con el más devastador twichagui (puntapié con giro recto). El único sendero seguro estaba en el recuerdo de sus acordes preferidos “Caminos de Michoacán” y los siguió de vuelta hasta Uruapan, ahí donde le despidieron rumbo a Beijing con un desfile y una medalla de chocolate envuelta en papel dorado.

En tierra purépecha blindó su espíritu y decidió viajar ligero, con el dobok (traje de combate) de un lado de la maleta y un frasquito de salsa picante del otro.

Estuvo listo para volverse Marco Polo. Para visitar España, Holanda, Austria, Colombia, China... competencias, victorias y resultados: Medalla de bronce en el Campeonato Iberoamericano de 2006, Premio Nacional del Deporte y medalla de plata en el Campeonato Mundial de 2007. La filosofía del nunca rendirse lo catapultaba.

“La enseñanza filosófica la aprendí de Bruce Lee, quien me enseñó a nunca bajar la guardia en tus deseos y a insistir en la meta”, incluso sobre las preferencias de Reynaldo Salazar, entrenador que intentó a toda costa anteponer a su hijo Óscar.

Pero, quién puede con el indomable que tatúa en sus pies un objetivo. “Para que alguien me pueda ganar, tiene que haber sufrido más que yo, debe tener más deseos que yo, haber entrenado más que yo”.

En Beijing no encontró a nadie que cumpliera con esos requisitos para verlo con las palmas en el tatami.

Ayer, el admirador de Lee visitó la tierra del “dragón” para ser protagonista de su propia película, seguro de vencer a cuanto rival tuviera enfrente, aunque con la duda del sabor de esa medalla que le cuelga en el pecho y que se llevó a los labios. Había que descubrir sí como en Taretán, el oro chino sabe a chocolate.

 

 
 

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