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La suerte parece echada para que el récord sea batido. Con la medalla de oro que Michael Phelps consiguió hoy en los 200 metros libres, rompió la maldición que le persiguió en Atenas 2004, pues esta fue una de las dos preseas doradas que se le escaparon, la otra, fue en el relevo de 4 x 100 que aquí en Beijing, consiguió en un final de alarido

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    Alba Jaramillo García Enviada
    El Universal
    Martes 12 de agosto de 2008
    alba.jaramillo@eluniversal.com.mx

    BEIJING.— La suerte parece echada para que el récord sea batido. Con la medalla de oro que Michael Phelps consiguió hoy en los 200 metros libres, rompió la maldición que le persiguió en Atenas 2004, pues esta fue una de las dos preseas doradas que se le escaparon, la otra, fue en el relevo de 4 x 100 que aquí en Beijing, consiguió en un final de alarido.

    Así Phelps acumuló su tercera medalla de oro en la búsqueda de ocho para romper el récord de su compatriota Mark Spitz, quien ganó siete en una sola edición de Juegos Olímpicos, en 1972.

    Michael saltó a la piscina del Cubo de Agua para demoler a su competencia pues no conforme con el primer lugar también se adjudicó un nuevo récord mundial, al tocar la pared en 1m42.96s, con lo que le dejó la plata al coreano Taehwan Park y el bronce a su compañero Peter Vanderkaay.

    Con una brazada mucho más larga que el resto de su competencia Phelps se fue desde los primeros metros al frente. Cuando el estadounidense daba una, a sus rivales les costaba recorrer la misma distancia con una y media.

    A diferencia de la competencia de relevos, en esta ocasión Michael pudo respirar tranquilo, pues su más cercano rival, Park nunca fue un factor que pudiera presionarlo.

    Después del clavado inicial el estadounidense sabía a lo que iba, quería el todo, no sólo la presea y se lanzó por el récord mundial. Cuando completó los primeros 100 metros ya iba 71 centésimas por debajo de la marca mundial. Aún así presionó su actuación un poco más.

    Para los últimos 50 metros salió de la vuelta 89 centésimas por debajo y aventajando a Park por un cuerpo, y no hubo nada más que hacer para el oriental quien llegó un segundo y 89 centésimas detrás.

    En esta ocasión, como las dos pruebas individuales anteriores, nadie dudaba que el chico de Baltimore pudiera llevarse la competencia, a pesar de que en las preliminares cedió los reflectores a su compañero Vanderkaay y se conformó con marcar el cuarto mejor tiempo de la competencia.

    Como lo había dicho, no se iba a presionar ni a desgastar en las clasificaciones. Su estrategia le ha dado resultados perfectos hasta ahora.

    Debía reservarse pues había nadado por la mañana una de las finales más intensas que se podrán presenciar en estos Juegos Olímpicos, la del relevo 4x100.

    La certeza de sus seguidores era tal que abarrotaron las instalaciones del Cubo de Agua, banderas estadounidenses y pancartas en azul blanco y rojo brotaron como si con el chubasco de ayer hubieran florecido de la nada.

    Un fenómeno que no se había observado durante la primera final del nadador donde difícilmente se podía distinguir a los estadounidenses en las tribunas.

    Ayer se aseguraron de ser lo suficientemente visibles y también bastante ruidosos.

    Una chica incluso aprovechó la exposición internacional para mandar saludos a su estado natal por medio de una pancarta que extendía por todo lo alto.

    Claro, sin romper las normas de conducta del comité organizador, de eso se encargaron los anfitriones.

    Un grupo de Chinos emocionados por el desempeño del nadador de Baltimore usaron pequeños tambores y platillos que habían traído para apoyar a sus compatriotas, pero que ante el destello de velocidad de Phelps quedaron envueltos en el remolino de adrenalina de los estadounidenses, que poco a poco van ganando fanáticos de otras nacionalidades. Por difícil que esto pueda pensarse.

     

     

     

     
     

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