cinthya.sanchez@eluniversal.com.mxBEIJING.— Se llama Silk Street y es el tercer lugar más visitado de Beijing, después de la Muralla China y la Ciudad Prohibida. Es un mercado de cinco pisos que resguarda las copias mejor hechas de Adidas, Nike, Taos, DG y otros más. Hasta aquí llegaron algunos atletas del mundo, como la selección australiana de natación con su piel bronceada, cabellos rubios y brazos de horas de ejercicio.
Compraron edredones de seda y se fotografiaron con cuanto chinito se los pedía. Los de Brasil hicieron lo propio, subieron al piso dos del mercado, ahí donde venden las copias de bolsas de mano, compraron una maleta gigante de rueditas y la llenaron con cuanta bolsa pirata les cupo.
Aunque no sólo los atletas se surten en Silk Street, también los turistas y hasta el entrenador de boxeo del equipo mexicano, que confiesa que mientras se compra sus cositas, sus muchachos descansan para la competencia.
En Silk Street no sólo hay piratería y personajes que roban la atención de las cámaras fotográficas, también hay diversión. Aquí se aprende el arte del regateo, para empezar está prohibido pararse en cualquier puesto a menos de que te haya gustado mucho algo y en realidad lo vayas a comprar, porque si no, los comerciantes chinos son tan insistentes que terminaras llevando una chamarra que ni querías y que ni te gustaba tanto por 70 pesos.
Son expertos, te hablan en tu idioma. Te dicen guapa, guapo, “balato”. Te entierran las uñas en el brazo si decides irte y sin preguntarte, son capaces de entre dos, en lo que una tercera detiene el espejo, montarte una gabardina que jamás pediste probarte.
La regla de oro para regatear, una vez que ya decidiste que vas a comprar es poner cara de que no te gusta tanto, después ofrecer el precio más bajo, si ves que el comerciante chino se enoja o te dice tacaño y que lo vas a hacer llorar, es hora de bajarle más, si a la primera te dice que no, entonces das unos pasos en señal de que te vas, si te jala es que todavía te puedes bajar más, si sólo te dice bueno y te lo da por el último precio que le ofreciste, le ganaste, es tuyo y seguro el chino sólo le ganó el doble.
Todos salen de Silk Street con una sonrisa y termina diciendo, “esto en México me costaría tres veces más”.