Morente cimbró Santo Domingo
Juan Solís
El Universal

Lunes 28 de abril de 2008

El español hizo vibrar al público que acudió a su concierto en el Festival de México en el Centro Histórico

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En el nombre de Lorca, de Cohen y del hondísimo canto. Ese que cimbró los extremos de la plaza de Santo Domingo la noche del sábado, ese canto que surgió de la garganta del español Enrique Morente para conmover a propios y extraños, a fieles y herejes, a iniciados y curiosos.

Es la penúltima noche del Festival de México en el Centro Histórico. La iglesia de Santo Domingo viste sus mejores luces, como para ir de fiesta. Son las ocho y hay poco más de un centenar de personas. El escenario está colocado frente a la sobria fachada dominica.

Los récords de asistencia están a unas cuadras, en el Museo Nómada custodiado por yeseros y plomeros sedentarios, por quinceañeras variopintas que deambulan por los alrededores de la plaza en busca de un chambelán.

Acá, frente al Santo Oficio, unos pocos aguardan pacientes la hoguera en que se fundirán las letras de Federico García Lorca y Leonard Cohen, la furia rockera de Lagartija Nick y el cante hondo de Enrique Morente y su grupo. La combinación se llama Omega y es considerada una pieza musical de colección, uno de los mejores discos españoles realizados en el siglo pasado.

Morente parte plaza al veinte para las nueve. En medio de aplausos llega vestido de negro, botas con estoperoles y una playera oscura con un estampado naranja.

Siete hombres en escena palmean rítmicamente y se ceden uno a uno el canto. La gente lo agradece con palmas. Sólo Josefa Ortiz de Domínguez se mantiene impávida, con la misma indiferencia perfilada que ya lucía en las moneditas de cinco centavos.

El calor se ha ido. La lluvia hace fintas. Morente está contento. Dice que le encanta la plaza, incluyendo a los carros que no dejan de circular por las calles de Cuba y Brasil.

A media pieza uno de sus percusionistas se lanza al ruedo y detiene el tiempo con el baile. Crea un diálogo entre sus tacones y las palmas, rompe el aire con brazos y piernas y remata la faena con el saco a medio caer. Aplausos.

Seis piezas de cante hondo para empezar. “Yo traigo remedio pa toos los dolores/ pa lo que no traigo es pal mal de amores”, canta Morente y lo acompañan dos guitarras, dos cantaores palmeantes, un percusionista y otro más que se ensaña con el cajón.

Después de El pastor bobo (García Lorca, but of course), ese que guarda la careta de los pordioseros y de los poetas, ingresan al escenario los elementos del grupo de rock Lagartija Nick. Y con ellos, las recreaciones festivas de sagradas escrituras, como Un poeta en Nueva York, también de Lorca, y las clásicas del maestro Leonard Cohen.

En perfecto castellano, las letras del canadiense adquieren otro matiz. Morente las modela con el canto. En los intersticios que dejan las guitarras, se cuelan los potentes sonidos eléctricos, que llevan hasta el cielo el enorme “¡Aleluya!”, que propagan a los cuatro rumbos del cosmos “Lo que aprendí del amor es a dispararle a quien me amenaza”. ¡Aleluya! El proceso se repitió con First we take Manhatan, y con Take this waltz.

La ciudad sin sueño es la pieza que elige Morente para decir adiós. Tres encores dan fe de su generosidad. A las diez y media la ceremonia termina. Podemos ir en paz. El canto ha terminado.



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