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| Los otros rostros de Gabriel Figueroa |
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Héctor de Mauleón
El Universal Miércoles 30 de enero de 2008 |
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Una muestra en el Palacio de Bellas Artes se remontará al periodo cuando el artista Gabriel Figueroa tomaba retratos en la avenida Hidalgo, antes de que le diera nuevo rostro al cine nacional
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cultura@hotmail.com.mx Hay un Gabriel Figueroa desconocido, anterior al muchacho de 25 años que una tarde de 1932 se hizo presentar con Alex Phillips para hacerle saber “de mi interés por trabajar y aprender cinematografía”; un Figueroa anterior, alejado del cinefotógrafo profesional que en la década de los 40 iba a conseguir, al lado de El Indio Fernández, las imágenes definitivas de lo que hoy llamamos para siempre la Época de Oro del cine mexicano. Un Figueroa perdido entre sus más de 200 producciones y las 20 mil tirillas de prueba que conforman su archivo. Un Figueroa aplazado, olvidado, apabullado por el propio peso de su gloria. Un Figueroa primero, que a partir del 6 de febrero será a dado a conocer en el Palacio de Bellas Artes, cuando se inaugure la muestra Gabriel Figueroa. Cinefotógrafo, que rescata material documental que ilustra más de medio siglo de trayectoria, y hurga en los momentos en que el artista descubrió los secretos de la luz artificial, mientras trabajaba en un estudio fotográfico de la avenida Hidalgo. Sometido a la orfandad y los vaivenes de la fortuna, tuvo que abandonar sus estudios en el Conservatorio y la Academia de San Carlos para ganarse la vida como fotógrafo de estudio (sus experimentos iniciales habían sido realizados con una cámarita Premo 00 de Kodak). En 1927, a los 20 años, tomó un trabajo en un estudio de la calle de Guerrero, cerca del mercado Martínez de la Torre. Narraría después en sus Memorias: “Antes de que llegara a México la iluminación artificial, los estudios de fotografía se ubicaban en azoteas, para aprovechar la luz cenital. Este estudio de la calle Guerrero era así, con luz natural, con fondos pintados y una columna de madera en la que la gente se recargaba para que la fotografiaran”. Figueroa hizo allí una infinidad de retratos ingenuos, donde los modelos aparecían en “posturas consagradas”: el señor sentado y la señora de pie. O viceversa. “No había nada que me ayudara a progresar en mis conocimientos”, escribió después. Así que cambió de estudio y, bajo las órdenes de Juan de la Peña, se dedicó a hacer retratos tipo credencial. Cargaba las placas, retrataba a los clientes, revelaba los negativos, los lavaba, los colgaba, los imprimía y luego los cortaba uno a uno en forma de ovalito: cien docenas diarias de retratos ovalados, por los que De la Peña le pagaba un peso. “No quiero que parezca que estoy haciendo un tango, pero muchas veces llegaba a la casa y me quedaba dormido enseguida, ni siquiera me desvestía”, recordó. A finales de los años 20, procedente de Chicago, llegó a la ciudad, para montar el estudio Brooklyn, José Guadalupe Velasco. Dicho estudio fue el primero en ofrecer iluminación artificial. En lo que iba a convertirse en uno de los momentos fundamentales de su vida, Figueroa fue contratado por el maestro que iba a revelarle los misterios del artificio fotográfico. En el Brooklyn, Velasco creó un estilo: a partir del retoque, “mejoraba” la fisonomía de sus retratados. “A las señoras les hacía una boca de corazón y les pintaba pestañas, ganaba el dinero que le daba la gana y tenía a todas las artistas del teatro, a todas las segundas de Soto, a todas las primeras y a todas las triples; toda la vida lujuriosa de México iba ahí a retratarse”, escribió Figueroa. Sólo faltaba que el discípulo superara al maestro: en sociedad con otra gloria futura del cine nacional, el joven Gilberto Martínez Solares (director que espléndidamente llevaría a la fama a Tin Tán). Figueroa compró un estudio en la avenida Hidalgo, y comenzó a hacer fotos promocionales de actores, actrices y bailarinas del teatro de revista. Frente a su lente desfilaron Consuelo Frank, Issa Marcué, las hermanas Blanch, y una glamorosa y extrañamente delgada Sara García. Por ahí pasaron discípulas y amigas del compositor Jorge del Moral, y también artistas de compañías extranjeras que venían a México. “Publicaciones como México al día o Filmográfico publicaron las imágenes con que el artista contribuyó a la difusión de las famas y modas de una época que deseaba dejar atrás la polvareda revolucionaria”, dice el curador de la muestra, Alfonso Morales. Pronto llegarían Alex Phillips, Allá en el rancho grande y la vida en los estudios —donde, afirma Morales, iban a sucederse milagros como el de hacer reencarnar a Marlene Dietrich en el cuerpo de Andrea Palma. Estaban por llegar las imágenes inolvidables de La perla, de Enamorada, de Río Escondido. Comenzaban a quedar atrás los años de aprendizaje, de los que Figueroa trajo una lección esencial: los misterios de la luz, en la composición de ambientes. EL UNIVERSAL presenta, bajo la luz del magnesio, una galería arrancada de esos años.
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