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| Diego y Frida revelan su intimidad |
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Miguel Angel Ceballos
El Universal Jueves 05 de julio de 2007 |
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Hoy se inaugura en la Casa Azul una muestra que presenta los objetos guardados en este recinto durante 50 años
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El tesoro de Frida y Diego siempre estuvo ahí, pero permaneció guardado durante casi cinco décadas en las cómodas, los roperos, las vitrinas y los baúles de la Casa Azul de Coyoacán, lugar en donde Frida pasó su infancia y después habitó con Diego Rivera hasta el día de su muerte. Cada rincón contiene un secreto de su vida íntima: sus enfermedades, sus amores, sus filias, sus creencias, sus intereses y hasta sus gustos para vestir. Hace tres años, al cumplirse el 50 aniversario de la muerte de Frida Kahlo, el tesoro comenzó a salir a la luz. Fue abierto el baño que está en la recámara que ocupaba Diego Rivera. Estuvo cerrado desde 1957 porque antes de morir, el muralista ordenó que se guardara ahí el archivo y pidió a su amiga Dolores Olmedo que no lo abrieran sino 15 años después de su fallecimiento. Para evitar comprometer a sus amigos –Diego y Frida pertenecieron al Partido Comunista–, Olmedo decidió abrirlo 50 años después, pero ya no vio el contenido pues ella murió en el año 2002. Ahora, aun cuando los especialistas coinciden en que si bien no hay revelaciones “impresionantes”, el cúmulo de objetos servirá para conocer mejor y estudiar desde otras perspectivas el trabajo y la vida de estos dos creadores iconos del arte mexicano. “No hay una revelación que nos diga que Diego se comía a los niños o que traficara con armas. Se pueden hablar muchas cosas, pero tanto Diego como Frida fueron tan abiertos en sus vidas y rompieron esquemas a nivel de la cultura, la política y las buenas costumbres de esa época, que no hay nada más que rascarle. En las cartas está lo que ya se sabía, pero nuevos datos enriquecerán mucho el conocimiento de la relación de Frida con sus amigos y de Diego con las personalidades políticas”, explica Jorge Velasco, quien fue uno de los expertos de la asociación civil Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México (Adabi), que se encargaron de la catalogación. Bajo el polvo y las telarañas Hilda Trujillo, directora del Museo Casa Azul, gira la llave y abre la puerta de madera verde evocando el momento en que fue necesario quitar los sellos al baño y remover polvo y telarañas para llegar a los corsetes de Frida, a sus vestidos, sus cartas, archivo clínico, medicinas, ropa de cama, miles de documentos, cosméticos y joyería. Hoy, ese mismo cuarto está convertido en una bóveda con tecnología para mantener los objetos a temperatura y humedad adecuadas. El “tesoro” no estaba sólo en el baño. Los cajones de las cómodas, los roperos, los baúles y otros cuartos de la casa también estuvieron sellados durante todo ese tiempo, algunos con los objetos en su interior tal y como la pareja de artistas los dejaron. La mesa donde trabajaba Frida, junto a su caballete y a la silla de ruedas que utilizaba, todavía tiene pegadas algunas fotografías tamaño infantil de personas a quien seguramente quería recordar cada vez que sacaba un pincel. Ahí están sus paletas de pintora, lápices, botellas con solventes, frascos con pintura, mezcladores, juguetes y hasta un feto en formol. En ese mismo cuarto, donde también permanece la mesa de trabajo de Diego Rivera, está el cartel “Intrauterine Life”, publicado por el doctor G. H. Michel & Co., que Frida utilizó muchas veces como apoyo cuando realizó sus obras relacionadas con el aborto. Obsesión por la medicina En la Casa Azul se catalogaron 2 mil 170 libros propiedad de Frida y Diego. Lo mismo libros de arte que literatura, poesía, política en inglés, español e incluso en ruso. Una particularidad es que muchos contienen anotaciones o dibujos de ella, sobre todo los de biología, que son más de 50 y comprueban la obsesión de Frida por conocer acerca de los padecimientos que la aquejaban. Hay que recordar que la pintora fue sometida a más de 30 cirugías. De Frida se encontró correspondencia que mantuvo con amigos, con la pandilla de “Los Cachuchas”, que fueron sus compañeros de preparatoria; con discípulos, instituciones, con las familias Kahlo Calderón y Rivera Marín. Diego mantuvo una estrecha relación epistolar con admiradores, amigos, comercios, dependencias de gobierno, editoriales, organismos sociales y familiares, entre otros. Hay cartas que intercambiaron con personalidades como el escultor estadounidense Isamu Noguchi, el escritor chileno Pablo Neruda, dedicatorias del pintor y escultor italiano Amedeo Modigliani, con el doctor Leo Eloesser, quien fue el médico de cabecera de Frida y uno de sus mejores amigos. Ahí te dejo esos dos pesos Por más sencillo que parezca, cada documento aportará nuevos conocimientos sobre Frida y Diego: lo que pagaban por concepto de energía eléctrica, agua, predial, sus gastos en artesanías o en juguetes mexicanos, los periódicos que leían, las revistas y qué noticias recortaban para conservarlas. “Hay una carta en la que Frida le hace a Diego la relación de los gastos de la casa, diciéndole que no le alcanza el dinero que le manda para pagarle a fulanita, comprar los quelites, etcétera. Es decir, este acervo nos muestra la riqueza de su vida como pareja y en sociedad”, precisa Jorge Velasco. En agosto de 1955, Diego Rivera donó muebles, inmuebles, obras de arte y diversos objetos al pueblo de México, a través de un fideicomiso en el Banco de México que administra los museos Diego Rivera Anahuacalli y Frida Kahlo Casa Azul. En esta donación el muralista dejó establecido que ni una sola pieza de lo que ahí se encuentra puede salir, por lo que deberá permanecer en Coyoacán, con las condiciones adecuadas. Una pequeña parte de todas estas piezas estarán en la exposición Tesoros de la Casa Azul, Frida y Diego, que se inaugura hoy a las 19 horas. Todos los documentos podrán ser consultados sólo por investigadores y especialistas a través de copias digitalizadas que estarán disponibles a partir de noviembre en el Museo Anahuacalli.
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