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Chichén Itzá y sus pesadillas

El Universal

Sábado 30 de junio de 2007

La fama no es nueva para Chichén Itzá. Desde que era el centro político y religioso de los itzáes, en el siglo IX d.C. y hasta hoy, ha llenado de asombro los ojos de todo aquel que la visita

La fama no es nueva para Chichén Itzá. Desde que era el centro político y religioso de los itzáes, en el siglo IX d.C. y hasta hoy, ha llenado de asombro los ojos de todo aquel que la visita, sea un ejército de soldados españoles comandados por Francisco de Montejo o un batallón de turistas nacionales y extranjeros.

A pocos días de que su edificio más emblemático, la pirámide de Kukulcán o El Castillo, se convierta, por designio de una campaña de mercadotecnia, en una de las nuevas siete maravillas del mundo, Chichén vive el sueño de la gloria, aunque no está exenta de pesadillas.

Turismo excesivo e incontrolado, daño a las estructuras, comercio ambulante, infraestructura circundante, conflictos con particulares, exploración e investigación sujetas a bondades presupuestales y una derrama económica desequilibrada, son siete de las pesadillas que vive esta maravilla en ciernes, declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en 1988.

1. Visitas masivas

El turismo masivo en la zona arqueológica de Chichén Itzá ya había sido denunciado en un estudio de los arqueólogos Peter J. S. Schmidt y Agustín Peña, a principios de los años 90, como factor de riesgo de conservación de la zona.

Se calcula que en la actualidad Chichén Itzá es visitado al año por poco más de un millón de personas, convirtiendo al sitio en el segundo de su tipo, con más visitantes en el país, después de Teotihuacán.

Con la inclusión de Chichén Itzá en el grupo de maravillas, el sector turismo, que ha invertido más de un millón de dólares en la promoción del sitio, espera duplicar el número de visitantes, lo que implicaría la ampliación de la infraestructura con la que cuenta actualmente el lugar.

“La declaratoria traería a la zona una gran cantidad de visitantes —afirma la arqueóloga Federica Sodi, encargada del Centro INAH Yucatán—. Dentro del plan de manejo de la zona estamos empezando a organizar cuadros para manejar, de forma controlada, la visita. El lugar no está diseñado para albergar gran cantidad de visitantes.”

2. Daño a las estructuras

Hasta hace casi un año y medio, los turistas que llegaban a la zona arqueológica hacían un tour exprés que incluía la posibilidad de subir a la estructura conocida como El Castillo y, de paso, fotografiarse sentados encima de la escultura de Chac Mool.

El desgaste de un edificio, que no fue diseñado para visitas multitudinarias, obligó a las autoridades del INAH a impedir el acceso a los visitantes, no así a los organizadores de la campaña New 7 Wonders, a los que en una fotografía, incluida en la página web de la promoción, se les ve en la parte superior de la pirámide haciendo propaganda al evento.

“Todos los sitios arqueológicos del mundo corren riesgos —asegura en entrevista Peter J.S. Schmidt, arqueólogo de la zona—. Nada es para siempre. Es lamentable no poder subir a El Castillo, pero es una medida preventiva.”

Sodi afirma que “las estructuras parecen muy resistentes; sin embargo, yo tenía una amiga restauradora que decía que aunque la piedra parece fuerte, en realidad es delicada. Tenemos que evitar que se dañen, y por eso se van cerrando las estructuras. Tenemos una afluencia de 5 mil personas al día”.

3. Los vendedores

El pasillo que va de la explanada de El Castillo al cenote es un tianguis en el que lo mismo se expenden alimentos que ropa y artesanías... y no es todo: el interior de la zona está invadido por cientos de vendedores.

Sodi los calcula en 500; hay quienes afirman que en temporada alta y fechas como el equinoccio de primavera llegan a los mil. La primera oleada data de 1987 y fue parcialmente controlada. En 1994, el arqueólogo Alfredo Barrera Rubio aseguraba que la mayoría de los vendedores eran “intermediarios, no artesanos, y menos de la localidad”, y que sus productos no eran de Yucatán, sino de Puebla, Michoacán y otras partes.

Sodi y su colega Tomás Pérez coinciden que el ambulantaje es un fenómeno de gente de la localidad y producto de la falta de empleo. La funcionaria reconoce que es un problema cuya solución involucra al INAH, Turismo, Comercio y al gobierno del Estado.

4. Derrama económica desigual

De concretarse la designación de la pirámide de Chichén Itzá como maravilla del mundo moderno, la derrama económica que se tendrá por concepto de turismo no será repartida equitativamente. Las expectativas del sector turístico se ven reflejadas en lo expresado hace unos días por Francisco López Mena, presidente del Consejo de Promoción Turística de México, con respecto de que la promoción de la zona ha sido un “negocio” en el que se ha invertido más de un millón de dólares.

A esta promoción se ha sumado la misma Presidencia de la República. La expectativa es duplicar el número de visitantes en cinco años, con lo que se vería beneficiada la iniciativa privada y el propio INAH, aunque no del todo la población local. En opinión del arqueólogo Tomás Pérez, “el beneficio va a ser mínimo para la población local y máximo para los grandes empresarios de Cancún”.

5. Crecimiento de infraestructura

La infraestructura turística alrededor y dentro de la zona ha crecido con los años. En 1982, se construyó un primer parador turístico. Cinco años después se creó otro complejo que incluía un museo. Ya en 1995, la investigadora Lourdes Guadalupe Rejón Patrón denunciaba que no obstante que a partir de la Ley Federal de Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos vigente desde 1972, se restringió el uso del suelo. “Las empresas poderosas e incluso de capital extranjero tienen ciertas concesiones para usar zonas supuestamente restringidas o áreas centrales”.

A la par de estas construcciones, la autopista que une a Mérida con Chichén Itzá y Cancún, terminada en 1993, agilizó el traslado de turismo, lo mismo que la pista de aterrizaje que recibe vuelos de Cancún o Cozumel. Tomás Pérez señala que el pueblo de Tipé cada día crece más y amenaza con avanzar hacia la zona perimetral.

6. Propiedad de la tierra

Parte del terreno en donde se asienta la zona arqueológica de Chichén Itzá pertenece a particulares: específicamente a la familia Barbachano, dueña de la empresa Mayaland, uno de cuyos hoteles está ubicado prácticamente en la zona.

“Una de las prioridades es regularizar la propiedad de la tierra. Por puro sentido común, la zona perimetral debería estar protegida.”

Sodi afirma que, en lo que toca al manejo de la zona la familia Barbachano, no tiene ninguna injerencia. “El instituto, por decreto, tiene a su cargo el resguardo del patrimonio cultural. Aquí la única injerencia es la institucional, amparada en una Ley que resguarda el patrimonio”. Añade que el INAH, en su oficina central, está en negociaciones con la familia para adquirir los terrenos por donación o expropiación.

7. Falta investigación

A pesar de su fama mundial, la zona arqueológica de Chichén Itzá guarda muchos secretos, en parte por la investigación, que si bien desde 1993 es constante, se realiza a un ritmo lento. En temporadas bajas de trabajo, al menos cuatro arqueólogos laboran en la zona, según el jefe de la misma, el arqueólogo Eduardo Pérez. En 1993, el gobierno federal otorgó 4 mil 800 millones de pesos para un gran proyecto de investigación arqueológica en Chichén Itzá.

Durante las tres temporadas planeadas se llevarían a cabo consolidación de edificios expuestos al público, restauración de pintura mural, estucos y elementos de madera presentes en la zona, así como la explotación y restauración de edificios actualmente no expuestos en el área central del centro ceremonial.

La inversión no ha sido constante, aunque Sodi considera que las excavaciones no han parado y que los recursos no han disminuido. En la actualidad se realizan cinco proyectos de excavación en la zona. Algunos están enfocados en el área abierta al público (47 hectáreas). Se trabaja en el mantenimiento y conservación de edificios, pinturas y caminos.

Schmidt trabaja en el área conocida como Chichén viejo, a partir del cual, en un futuro, la gente podrá conocer cómo vivían los nobles de la ciudad.



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