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Letras que retratan dictaduras en AL
Sandra Licona
El Universal

Jueves 14 de diciembre de 2006

La narrativa ha rescatado algunas figuras míticas que trascendieron por el ejercicio absolutista del poder; "las novelas con la figura del dictador son recurrentes en la literatura porque es un tema recurrente en la vida de los latinoamericanos", señala Tomás Eloy Martínez

Las novelas sobre dictadores latinoamericanos son tantas que casi constituyen una categoría. Incluso, para el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, más que una categoría aparte, "las novelas con la figura del dictador son recurrentes en la literatura porque es un tema recurrente en la vida de los latinoamericanos".

Este año han muerto dos de los tiranos más repudiados en América Latina: Alfredo Stroessner, el hombre que gobernó Paraguay con mano dura por más de 30 años, que falleció en un hospital de Brasil a los 93 años, el pasado agosto; y Augusto Pinochet, el ex dictador que murió este domingo, a los 91 años, sin ser condenado por ninguno de los múltiples crímenes de lesa humanidad y cargos de corrupción acreditados por los tribunales de justicia de su país y otras naciones.

Dos hombres que bien podrían ser los protagonistas de una de las tantas novelas que sobre dictadores se escribieron en el siglo XX, aunque para el crítico y estudioso de la literatura latinoamericana, Julio Ortega, "felizmente de algunos dictadores de ferocidad y codicia criminales, como Stroessner y Pinochet, no creo que pueda haber novelas: son de una mediocridad irredimible y sólo producen repugnancia moral".

El antecedente en América Latina de obras con tiranos como protagonistas, o temas como la violación de derechos humanos o la tortura, está en el libro que escribió el autor español Ramón María del Valle Inclán, que en su obra Tirano Banderas (1926) hace toda una reflexión del poder y la pasión por el mando en el continente americano, además que habla de la degradación del ser humano por razones políticas.

En 1946, Miguel Ángel Asturias escribió El señor presidente, en la que traza el retrato de un dictador de una manera caricaturesca y esperpéntica para describir y denunciar la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, sanguinario dictador guatemalteco de la primera mitad del siglo XX y, por extensión, de todas las dictaduras latinoamericanas.

"Asturias demuestra que el tema no es sólo pintoresco, sino profundamente histórico y nuestro", señala Ortega.

Casi 30 años después, aparecieron otras dos novelas sobre dictadores latinoamericanos, la del cubano Alejo Carpentier, El recurso del método (1974), sobre la imagen de un tirano ilustrado, y Yo, el supremo (1974), donde Augusto Roa Bastos relata 26 años de historia latinoamericana, tomando como escenario al Paraguay y como protagonista a Gaspar Rodríguez de Francia (doctor Francia), personaje construido sobre el modelo histórico de quien gobernó ese país de 1814 a 1840.

De acuerdo con Ortega, el paraguayo Roa Bastos "convierte al dictador político en síntoma del autoritarismo de la tradición, capaz de apoderarse del lenguaje mismo. El dictador, nos dice, es el abuso del Yo, esa impositiva autoridad que elimina el diálogo".

Más tarde, el escritor colombiano Gabriel García Márquez habría de sorprender a los latinoamericanos con su novela El otoño del patriarca (1975), en la que desparrama un torrente sin final de palabras duras, satíricas, crueles, no exentas de un humor no condescendiente hacia un personaje: un dictador sudamericano, anónimo, a quien el autor destroza hasta en sus más milimétricos detalles, sin compasión. Gabo cuenta en este libro la historia de un dictador ficticio, en el cual reúne características de otros dictadores sudamericanos que realmente han existido.

"En estas y otras novelas nuestra cultura trata de entender la naturaleza absolutista del poder entre nosotros, la ferocidad de la política hecha sobre la palabra única, y exorcizar, así, esa pesadilla histórica que domina nuestra historia política".

En 1985, el propio Tomás Eloy Martínez, considerado uno de los mejores periodistas literarios de América Latina, escribió La novela de Perón, en la que se interna en el corazón de un personaje apasionadamente contradictorio y habla con infinidad de personas, cuyas vidas fueron trastocadas por los torbellinos del general Juan Domingo Perón.

Agosto (1990), del escritor brasileño Rubem Fonseca, narra la aventura del comisario Alberto Mattos, en un Río de Janeiro convulsionado por atentados, muerte y corrupción que padeció Brasil en agosto de 1954, alcanzando el clímax cuando el presidente Getulio Vargas se suicida en el Palacio de Catete.

Entre las novelas contemporáneas sobre dictadores latinoamericanos destaca sin duda La fiesta del Chivo (2000) de Mario Vargas Llosa, en la que el autor de origen peruano cuenta la trágica aventura de un grupo de jóvenes que decide matar al dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo. Vargas Llosa relata cómo lo hicieron, cómo prepararon el atentado, qué ocurrió con cada uno de ellos. Son hechos históricos y el autor no se aparta sustancialmente de ellos, pero los cuenta como un gran reportaje en el que concurre otro género novelístico: el sicológico.

El libro hace una aguda descripción de la forma perversa con que los dictadores ejercen la autoridad, el miedo que les infunden a sus subalternos, hasta podrirles el alma.

Quedan por escribirse las novelas de personajes como el mandatario cubano Fidel Castro, que lleva 47 años en el poder y para muchos de sus detractores ya se ha convertido en un dictador, la del general paraguayo Alfredo Stroessner y la de Augusto Pinochet.

"Felizmente de algunos dictadores de ferocidad y codicia criminales, como Stroessner y Pinochet, no creo que pueda haber novelas: son de una mediocridad irredimible y sólo producen repugnancia moral", anota Ortega, autor, entre otros libros, de Retrato de Carlos Fuentes y Una poética del cambio.



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