"¿Si me arrepiento de algo? Sí, de no haber sido más mamón": Enrique Bátiz

En los últimos años, el director ha enfrentado problemas laborales, personales y de salud. Músicos, críticos y él mismo describen esta etapa de su vida
El director de orquesta Enrique Bátiz al encabezar un concierto en octubre pasado en el Festival Internacional Cervantino (FOTOS CORTESÍA)
23/03/2018
00:20
Alida Piñón
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La figura del director de orquesta Enrique Bátiz genera toda clase de emociones. Lo han descrito con casi todos los calificativos posibles: autoritario, déspota, genio, brillante, seductor, generoso, sensible, grosero, vanidoso, amable, inigualable, poderoso, serio, simpático, hostil, extraordinario, políticamente incorrecto, un hijo de la chingada. Hay quien lo aprecia, quien lo ama, quien lo detesta, quien lo odia. La crítica también lo encumbró y lo denostó.
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Sus logros, en muchos casos, hasta ahora son insuperables: giras internacionales, una discografía de 150 títulos, grabación de obras completas, por ejemplo la de Joaquín Rodrigo, con la supervisión del propio compositor, o la única grabación digital a nivel mundial de las nueve Bachianas Brasileiras de Heitor Villa-Lobos, que le mereció la medalla de la Orden de “Río Blanco” en Brasil, y lograr que la música mexicana fuera tocada en el mundo, innumerables críticas positivas que daban cuenta de la excelencia.

Desde muy joven se le reconoció como un gran pianista y a los 29 años fundó la Orquesta Sinfónica del Estado de México, en 1971, por encargo del entonces gobernador de esa entidad, Carlos Hank González. En 1983 dejó la dirección artística para tomar las riendas de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, el cambio se debió a presuntos desacuerdos con el gobernador Alfredo del Mazo González, padre del actual gobernador del estado de México. En 1990 abandonó la Filarmónica por desacuerdos con Manuel Camacho Solís, jefe del Departamento del Distrito Federal.

Ese año regresó con la OSEM y se quedó ahí hasta el 7 de febrero pasado, día que la secretaria de Cultura del Estado de México, Marcela González Salas, anunció su retiro de la dirección artística, así como el ofrecimiento de convertirlo en director emérito. Un día después, el 8 de febrero, estalló el escándalo en los medios. La violinista suiza Silvia Crastan denunció una presunta violación ocurrida en Suiza en 1996.

http://www.eluniversal.com.mx/cultura/estas-cartas-las-mandaria-una-mujer-su-violador-enrique-batiz
 

En entrevista con EL UNIVERSAL, Bátiz no sólo negó la acusación, mostró documentos que consideró como evidencia de su inocencia. Desde entonces, su salida y las razones por las que debió dejar la dirección quedaron eclipsadas.

Entrevistas con músicos que pertenecen a la OSEM, quienes prefirieron omitir su nombre, con personas que han tratado a Bátiz en términos laborales y amistosos, como el crítico de música Lázaro Azar y la pianista Marina Romanova, con su abogada y con él mismo, dan cuenta de la última etapa de una época que, sin duda, escribió un capítulo importante en la historia de la música mexicana.

El principio del fin. Enrique Bátiz sabía que el ciclo con la Orquesta Sinfónica del Estado de México estaba por terminar. En 2015 comenzó una difícil etapa porque recrudeció su lucha contra un Parkinson que le llegó a impedir actividades cotidianas, también se enfrentó a otra enfermedad que afectó su boca y el habla, conocida como pénfigo; tuvo que lidiar con los estragos de un divorcio y la energía que lo había caracterizado por décadas se disminuía días tras día. Ante la fuerte tormenta personal comenzó a tener la idea de marcharse, pensó incluso en el perfil de su sucesor, pero, en el fondo, se resistía a renunciar y se aferró por meses a su batuta.

Había conciertos extraordinarios que indicaban que saldría adelante, incluso se descubrió capaz de dirigir con una mano, mientras la otra se retorcía involuntariamente y se le iba hacia atrás.

En octubre de 2017, en el Festival Internacional Cervantino, el público pudo presenciar que uno de sus brazos se movía de manera inusual, pero para algunos el resultado de esa noche fue el mismo: la excelencia.
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Hubo otros conciertos que fueron criticados por el mal desempeño de los músicos, incluido, por supuesto, el de Enrique Bátiz. En 2015, por ejemplo, se presentaron en la George Mason University, en Estados Unidos, entonces la prensa advirtió que la mano izquierda le colgaba a su lado y su dirección era vaga, con muchos agujeros. Ese año, en agosto, al iniciar un concierto se desmayó frente a todos. Músicos que aseguraron respetar y admirar a Bátiz reconocieron que hubo muchos ensayos que eran un desastre porque nadie entendía sus instrucciones; pero también afirmaron que se llegó a creer que sólo era una mala racha.

A lo largo de su carrera se forjó una fama de director estricto, exigente, temido incluso. Su carácter nunca lo negó ni lo ocultó ante nadie. Alzaba la voz, gritaba y palabras como “mierda”, “carajo” y “chingada” eran parte de su vocabulario cotidiano. De acuerdo con algunos músicos de la OSEM que han solicitado la omisión de su nombre, en reiteradas ocasiones, durante varios años y de manera intermitente enviaban cartas o tenían reuniones con autoridades locales para hablar sobre su inconformidad por la forma en que Bátiz daba instrucciones.

Y es que según recopilaciones de los propios atrilistas en los ensayos el concertador decía frases como: “¡Suena como la castración del comunismo chino mandarín!”, “¡Desaparecido, como los británicos en Iraq!”, “¡Suena como un pájaro gigante, volando y cagando por todos lados!” Para otros músicos que también han pedido reservar su identidad, ese tipo de frases resultaban simpáticas, muchos se reían ante el ingenio de sus expresiones.

Hacia finales de 2017 comenzaron a surgir en Internet una serie de videos y de audios en los que se escuchaban cómo el maestro se dirigía a los músicos con palabras altisonantes. En medios locales como Codalario y El Informante dieron difusión al material. “Trombón tercero de mierda”, “la gran puta que los trajo a todos” fueron algunas de las frases que más escozor causaron. La Comisión de Derechos Humanos del Estado de México realizó una investigación, pero el caso se desechó ante la ambigüedad de las denuncias y porque nadie quiso ratificar.

A principios de este año le dijeron que la decisión estaba tomada, debía irse. Él aceptó porque consideró que era el momento. Pidió terminar la temporada que ya se había anunciado, aceptó el emeritazgo y los conciertos homenaje.

Se fue de viaje con la idea de que a su regreso iniciaría el fin de una era. No fue así, sin avisarle, se anunció el cambio de director y se aseguró que ello se debió a la salud de Bátiz y a un deseo de nuevos aires. El músico siempre ha negado que su salud le impidiera dirigir.

Inmediatamente después estalló el escándalo por acusaciones de abuso sexual en contra de Crastan. En las redes sociales corrieron toda clase de acusaciones y rumores, incluso la de al menos una mujer que aseguró que había sido acosada por Bátiz, pero se negó a hablar del tema. Hubo peticiones en la plataforma de Change.org para apoyarlo, pero también para pedir que se le retirara el título de emérito. Amigos, colegas, hombres y mujeres salieron a refrendarle su apoyo, a explicar que otra de las características de la personalidad de Bátiz es, sin duda, la de un galán que es como un imán para las mujeres.

En los días posteriores se cancelaron dos conciertos programados, uno en Monterrey y otro en la UNAM; después, tanto la presunta agredida como Enrique Bátiz anunciaron que el caso lo tratarían en privado. Y, finalmente, González Salas aseguró que el músico renunció al emeritazgo y a toda actividad pública. Recientemente demandó a dos medios de comunicación por daño moral.
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Los amigos y el propio músico suponen que en este difícil desenlace hubo confabulación. Para otros, hubo justicia. Bátiz, aquella tarde que fue sorprendido por el escándalo, dijo a EL UNIVERSAL: “¿Qué más daño me pueden hacer después de todo lo que ocurrió en dos días? No puedo decir si esto me ha enseñado que tengo amigos, pero me ha mostrado a mis enemigos. La excelencia la he pagado con lo que me está pasando. Ellos creen que los obligué a ser los mejores, pero en lugar de molestarse deberían darme las gracias. ¿Si me arrepiento de algo? Sí, de no haber sido más mamón”.

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