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En los 25 ensayos literarios que Geney Beltgrán Félix ha reunido en su nuevo libro Asombro y desaliento. Algunos cuentistas mexicanos, hay un itinerario de voces de la literatura del país en el siglo XX. Es también un reconocimiento al crítico literario que es y, ante todo, un planteamiento consciente del autor de ficciones que además es.

Este libro, publicado por la Secretaría de Cultura y el Fondo de Cultura Económica en la colección Biblioteca Mexicana, es el de un lector de ficción breve, de alguien que también practica el género y de un crítico que se deja llevar por sus afinidades.

“Este proyecto buscaba una meta particular: hacer como un autorretrato de un autor de ficción breve frente al siglo XX mexicano. Una de las cosas que ya había incluido en algunos de los textos que había escrito desde antes y que están refundidos, recogidos, retrabajados aquí, es que la crítica literaria no está despegada de muchos otros aspectos, de la propia escritura creativa y en general de otras actividades de promoción literaria que yo quiero hacer”, señala Beltrán Félix.

El editor, traductor, ensayista, crítico literario y novelista que actual coordinador de Literatura del INBA, asegura que el modo como él lee cuento está muy tamizado por la propia escritura de cuento; que quería hacer evidentes esos sesgos y por eso se planteó el proyecto no como un libro que tuviera la finalidad de sistematizarlo todo.

“Eso puede ser un defecto de cara a lectores con un apetito más académico, pero yo pensaba este proyecto como una suerte de catálogo de cuentistas que podrían ser de interés para quien desee adentrarse quizás por primera vez en el territorio del cuento mexicano del siglo XX. Me parece importante que la crítica se plantee llegar a ese tipo de lector inicial; creo que no hay una tradición en la crítica que se plantea una finalidad divulgativa y hasta didáctica”, afirma el escritor.

Con esa certeza, Geney Beltrán escribió los 25 ensayos que integran Asombro y desaliento, que van desde Nellie Campobello hasta Eduardo Antonio Parra, pasando por revisiones a cuentos de Efrén Hernández, Francisco Tario, José Revueltas, Juan Rulfo, Elena Garro, Juan José Arreola, Ámparo Dávila, Inés Arredondo, Carlos Fuentes, Juan Vicente Melo y Elena Poniatowska.

Sin olvidarse en este libro de la obra cuentística de los escritores Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Sergio Pitol, José de la Colina, Eraclio Zepeda, José Emilio Pacheco, Esther Seligson, Héctor Manjarrez, Daniel Sada, Fabio Morábito, Juan Villoro y Verónica Murguía.

“Creo que en general los escritores mexicanos de ficción no se han caracterizado por su optimismo, creo que el pesimismo, esa crítica visceral y profunda que uno puede encontrar en autores más jóvenes como Antonio Ortuño, Yuri Herrera o Fernanda Melchor, está en Revueltas, y está en Rulfo y está en Elena Garro, aunque nosotros pensábamos que en ese llamado milagro mexicano de los 40 a 70, donde cada mexicano iba con una sonrisa y la confianza en el futuro, pero creo el pesimismo ya está en Francisco Tario, en la propia Nellie Campobello. Es una ficción breve con una crítica social usualmente pesimista”, afirma Beltrán Félix.

El lugar del crítico y el del autor. Este panorama del cuento mexicano del siglo XX, es al mismo tiempo una oportunidad que tiene Geney Beltrán para a cuestionarse su propia escritura y su responsabilidad como crítico literario.

“Y me planteo cuál es la responsabilidad ética de esa crítica pesimista, si sólo se trata de hacer como el catálogo de las desgracias o qué tanto esa misma condición de pensar que la ficción cumple una función de registro de las calamidades ha sido una condición general de la literatura o es más bien una suma de perspectivas personales, esa es una reflexión en proceso que en algún momento va a generar otra cosa”, señala.

En este libro hay una serie de cuestionamientos sobre la crítica literaria, pues asegura Geney Beltrán que el crítico literario es el que más duda en toda la República de las letras, de toda la galaxia quizá, para llegar a afirmar algo con cierta convicción.

“Por lo menos ese es mi proceso. Estoy constantemente bombardeando y cuestionando esas primeras impresiones u observaciones que voy haciendo, sobre todo porque el crítico es muy falible, quien escribe crítica tiene que aceptar una condición de temporalidad, de provisionalidad. Y así me ha ocurrido también. La crítica es resultado también de esas lecturas que hacen en un momento particular en una circunstancia particular”, reconoce Beltrán.

Luego dice que si uno como crítico acepta esa condición de provisionalidad “la duda es una compañera permanente”.

Para él es fundamental escribir desde el hecho de lo que significa escribir critica mientras escribe también ficción, o el hecho de escribir critica perteneciendo a una generación que creció en ciertas circunstancias, sumado a su historia familiar y todo lo demás que es importante.

“A mí me parece muy difícil defender la idea de que la crítica pueda llegar a una conclusión definitiva, los grandes críticos literarios de la historia son un catálogo de refutaciones, y eso también implica quitarle al crítico esa aura de infalibilidad, y no hay ninguna desobediencia en eso, no hay ninguna falta de respeto al autor o al libro, tampoco hay una rebeldía gratuita, creo que eso es lo que mantiene viva a la literatura. Estar cuestionando aquello que se consideraba definitivo”, concluye Beltrán Félix.

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