Viqueira desafía con teatro en 140 caracteres

El reto creativo reúne 57 historias en una obra. Para el director, si bien ha existido un movimiento literario en Twitter, escribir para escena es una propuesta inédita
Richard Viqueira, reconocido por sus audaces propuestas, invitó a autores a escribir una obra en 140 caracteres o menos. No todos lo consiguieron (FOTOS: ALEJANDRO ACOSTA. EL UNIVERSAL)
21/11/2017
00:20
Alida Piñón
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Una gran historia se puede contar en 140 caracteres o menos. El Twitter, una de las redes sociales que con el paso del tiempo se han convertido en una de las grandes revoluciones de principios del siglo XX, retaron a sus usuarios a contar el mundo con ese número de letras. La tuiteratura, ese híbrido entre Twitter y la literatura, ha logrado un auge tal que incluso hay editoriales que publican avances de sus libros en 140. Incluso han surgido propuestas como el twitterart, que implica escribir galimatías gráficos.

Así, la literatura, el arte, la poesía, incluso la música y el performance con las transmisiones en vivo son sólo algunas de las expresiones artísticas que han usado esa red social como plataforma de expresión, creación y comunicación. ¿Y el teatro?, ¿es posible escribir una obra de teatro en 140 caracteres? Sí, sin duda. ¿Y es posible llevarla a escena?

El director de escena, dramaturgo y actor Richard Viqueira, quien desde sus primeras obras ha llamado la atención de la crítica y se ha distinguido por su interés por experimentar con temas, estilos y géneros, se impuso un nuevo reto: dirigir 57 obras escritas en 140 caracteres.

Los autores son algunos de los dramaturgos más importantes en México, distintos en sus estéticas, propuestas, edades y lugares de origen, muchos jóvenes creadores, otros figuras del teatro mexicano: Luis Alcocer, Edgar Álvarez, Demetrio Ávila, Luis Ayhllón, Ernesto Anaya, Aida Andrade, Yafté Arias, Gabriel Brito, Verónica Bujeiro, Alberto Castillo, Edgar Chías, Jaime Chabaud, Mario Conde, Alfonso Cárcamo, Maribel Carrasco, Carlos Corona, Luis Xavier Corona Villanova, Perla de la Rosa, Ximena Escalante, Saúl Enríquez, David Gaitán, José Alberto Gallardo, Flavio González Mello, Elena Guiochins, David Herce, Ángel Hernández, Hugo Alfredo Hinojosa, Conchi León, Lucía Leonor Enríquez.

Así como José Ramón Enríquez, Cutberto López, Martín López Brie, Mario Jaime Rivera, Carmina Narro, Carlos Nóhpal, Javier Malpica, Javier Márquez, Vidal Medina, Enrique Mijares, Luis Mario Moncada, Verónica Musalem, Luis Santillán, Carlos Talancón, Mario Cantú Toscano, Daniel Serrano, Enrique Olmos De Ita, Luis Enrique Ortiz Monasterio, Silvia Peláez, Gibrán Portela, Ana Lucía Ramírez, Alejandro Román, Camila Villegas, Juan Carlos Vives, Hugo Abraham Wirth, Luis Eduardo Yee, Martín Zapata y Antonio Zúñiga.

El resultado es una obra, 140, caótica, vertiginosa, que reta al equipo creativo a construir 57 historias, a los actores a ser 57 personajes y al público a no perder igual número de historias. Los trazos escénicos son milimétricos y en un instante se está frente a una trágica historia de abuso infantil y al otro ante una historia de amor, infidelidad y fin de una relación.

Una de las historias, La cosa, de @vidal_medina. Irma: “Rubén, esta desapareciendo toda nuestra gente y el país”./ Rubén: “Son estupideces. Eso nunca va a pasar, Irma...¿Irma?, ¿Irma?”

¿Cómo llevar a escena la dramática historia sobre la desaparición de Irma? Para Viqueira, sólo es posible de una manera: desaparecerla literalmente. Y lo logra con un escenario en el que sólo existe un gran tablero de ajedrez, firmado por Mario Marín del Río; así como con un gran diseño de iluminación a cargo de Ingrid SAC, un vestuario en blanco y negro de Ricardo Loyola, y con una torre desde donde canta —también literalmente— una actriz que funge como el pájaro azul de Twitter, con composición musical y adaptación de Jennifer Sierra. Y con un elenco conformado por Valentina Garibay, Rocío Damián, Jennifer Sierra, Marisol Osegueda, Pastor Aguirre, Benjamín Castro y Gustavo Schaar.

Richard Viqueira (Ciudad de México, 1975), advierte, la obra 140, que se presenta en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario hasta el 10 de diciembre, no es microteatro, eso un teatro que busca la experimentación.

“Esto es teatro en 140 caracteres o menos. Invité a autores que admiro, respeto y que son amigos míos, a escribir una obra de teatro con temática absolutamente libre con la única restricción de escribirla en 140 caracteres o menos. Algunos no aceptaron, a otros no les gustó la idea y a otros simplemente no se les dio. Así, reunimos a 57 autores que escribieron lo que quisieron con esa cuestión sintética. Para mí, lo interesante era detectar cuál era el núcleo de lo dramático, de lo teatral, en 140 caracteres, los textos son tan concentrados que todo tiene una correspondencia. Por primera vez en mi carrera no moví ni un punto a los textos porque su misma estructura no me lo permitía, esto me parece exrtraordinario”, dice.

De acuerdo con Viqueira, si bien ha existido un movimiento literario en Twitter, escribir para la escena es una propuesta inédita. “En la red social hay poesía, hay incluso novela, pero la diferencia ahora es que cada tuit fue escrito con la intención de ser escenificado. Para mí, la dramaturgia es aquello que le opone resistencia a la escena. Cuando leo una obra que dice: Dos personas, café y mesa en el centro, no se me antoja hacerla. En cambio, una obra que me problematiza, que me hace pensar en los actores, en el espacio, se convierte en un texto que deseo trabajar. En este caso, cada uno de las obras me abrió el apetito porque me imponían retos”.

De hipótesis y aventuras. Viqueira, responsable de montajes audaces como Psico/Embutidos, en la que el espectador debía hacer un recorrido por las tripas de un organismo habitado por 19 actores, cuya escenografía de Jesús Hernández le valió la medalla de oro en el World Stage Design, y Bozal, en la que, otra vez, literalmente, vuelan los espectadores a 20 metros de altura para ver la obra, dice que 140 debía tener una dinámica de red social, pero para darle forma se basó en la hipertextualidad para ir de una realidad a otra en “saltos cuánticos”.

“Sí quería que las reglas de Internet estuvieran en el escenario, por ejemplo, en el Time Line están anunciados los 57 autores, pero ¿cómo los anunciamos y que todo siga siendo escénico? Este fue el primer reto. El otro fue respetar la fuente de origen, que es Twitter, así que decidí que el canto del pájaro iba a ser cantado por una mujer, lo que nos permitiría el Time Line y la hipertextualidad. Me interesaba trabajar la estructura pero sin tecnología porque soy enemigo de los tecnológico en el teatro, quería que todo estuviera desde lo humano”, dice.

La aparición, la transmutación, el cambio de perspectivas son posibles por la escenografía y es que debajo del gran tablero de ajedrez existen todos los artilugios que permiten la construcción de 57 escenas diferentes. “La obligación del teatro experimental es meterte por un sendero inexplorado —que por lo mismo contiene muchos riesgos. Lo más fácil es montar una obra tradicional: escoger a dos grandes actores y tener una gran publicidad, y así te vas al Teatro Insurgentes. Nosotros estamos en el campo opuesto y no sabemos si va a funcionar, lanzamos una hipótesis y nos aventuramos con el riesgo que implica: fracasar o lograr una obra no fallida. No entiendo de otra manera la existencia del teatro experimental si no es a través de estos senderos”, indica.

La violencia en México, el papel de la mujer, el teatro son sólo algunos de los temas que abordaron los dramaturgos y, según Viqueira, la estructura es, también, como si se estuviera frente a MTV o si se estuviera cambiando de canal. “El trabajo de los actores ha sido fundamental. Al principio nos costó mucho trabajo, era cambiar de un género a otro, pasar de una tragedia griega a una cosa de carpa, de vulgaridad. Ha sido de un gran disfrute hacer todo esto”, concluye.

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