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Agustín Lara: Homenaje a la cursilería


Miércoles 08 de noviembre de 2000 El Universal

i muriéndose escapó a su pecado.? Tal escribió Ricardo Garibay, a manera de epitafio, refiriéndose al ?músico-poeta? Agustín Lara (1900-1970), de quien Editorial Océano (México, 2000) publicó recientemente el libro ?Cien años, cien canciones? ?con recopilación y prólogo de Mario Arturo Ramos? para celebrar el primer centenario natal del gran compositor e intérprete popular que se autodefiniera como ?rumbero jarocho? y afirmara haber nacido el 30 de octubre de hace un siglo en Tlacotalpan, Veracruz.

El pecado al que se refería Ricardo Garibay era, y es, el de la cursilería: una cursilería que Lara asumió incluso con arrogancia y desplante; jamás como una limitación. Por ello, Garibay, que lo conoció, lo trató y le tuvo sincero aprecio, hubo de concluir: ?No he conocido a nadie que asumiera con tanto orgullo y robustez la baratura de la vida como excelencia. Se embriagaba recitando las letras de sus canciones y golpeaba de pronto el teclado: ¡Esto es poesía, chingao, y que no me vengan a mamar! .?

Por ello, contra la más fuerte corriente, decir que Lara fue cursi no es en realidad un calificativo adverso; es si acaso una definición en su más entrañable circunstancia y en su más auténtica realidad. Su obra es la de un artista popular, afirma Garibay, que ha trascendido como la de ningún otro mexicano. No sólo esto: ?es una de las esencias de la mexicanidad?. Y he aquí el retrato de esa esencia, que se debe a la pluma del autor de ?Fiera infancia?: ?Es poco niño pero es plañidero; es arrogante pero canta lloroso su permanente orfandad; es gentil de dientes para fuera, pero alimenta puntualmente la iracundia y el desprecio por los otros. Lo define su postura delante de la mujer, lo confiesa sin embozo cuando dice: Eres la razón de mi existir . Y de ese renglón no quita el dedo durante setenta años de vida. Es un macho, pero su machismo no lastima, está arrodillado ante el objeto precioso, arrodillado generosamente, derramándole beneficios, buscando vencer sus resistencias con los almíbares de la sensiblería... De esta abismación imperiosa frente a la mujer, Lara consiguió la adhesión de los hombres y la rendición de las mujeres.?

?Cien años, cien canciones? contiene algo de lo esencial de esa sensiblería que cautiva y que difícilmente puede decirse que, en algún momento, no emociona. En las letras de sus canciones, que él reivindica poesía, está lo más denso de la cursilería del ser humano: brota, se derrama, se expande y penetra, como la humedad, en el espíritu de quien escucha incluso cuando el que escucha quiere asumirlo con desdén o con indiferencia.

Para Ramos, compilador de este libro, ?las canciones de Lara conforman el relato de un tiempo, de un país, de una forma de ser; son un lenguaje que canta a la vida íntima y a la de todos; su canto es de Tlacotalpan, de Veracruz, de la ciudad de México, de la República mexicana y del mundo; son una manera amorosa, audaz y descriptiva de contarnos con asombrosa vigencia las cosas del sentimiento que todos llevamos muy adentro. Algunos críticos las definen como música popular, lírica y cursi ; nosotros agregamos: verdadera y auténtica ?.

En efecto, cantaba plañideramente las letras que plañideramente había compuesto, y algunas de sus canciones encontraron intérpretes que las hicieron suyas a tal grado que acabaron por incorporarlas a su personalidad: Toña ?La Negra?, Jorge Che Sarelli, Pedro Infante, Daniel Santos, Ana María González, Chavela Vargas, etcétera. Pero nadie como él para ponerle la máxima sensiblería llorosa a esas canciones. Y nadie como él, también, para mostrarse arrogante al juzgar su creación. Nunca se sintió menos que nadie. Estaba convencido de hacer poesía y desgarraba el aire con sus letras del más directo erotismo: ?Amor de mis amores?, ?Aquel amor?, ?Arráncame la vida?, ?Aventurera?, ?Azul?, ?Como dos puñales?, ?La Cumbancha?, ?En revancha?, ?Estoy pensando en ti?, ?Farolito?, ?María bonita?, ?Mujer?, ?Noche de ronda?, ?Oración caribe?, ?Palabras de mujer?, ?Palmera?, ?Piensa en mí?, ?Rosa?, ?Santa?, ?Se me hizo fácil?, ?Señora tentación? y ?Solamente una vez?, entre otras muchas.

Señala Mario Arturo Ramos que ?la carrera profesional del más célebre compositor-intérprete mexicano fue prolífica de los treinta a los setenta (6 de noviembre de 1970), fecha de su muerte. Conquistó con inspiración y oficio los grandes escenarios, dejó impregnada de su bohemia la vida social contemporánea, se llenó de quereres y de grandes amores, realizó música para cine y creó su orquesta (Los Solistas de Agustín Lara), grabó discos de ventas mayúsculas, sus canciones fueron y son traducidas a otros idiomas e interpretadas por cantores de distintas nacionalidades, disfrutó el amor y la admiración de su pueblo y del mundo; compuso más de seiscientas canciones, una buena parte de ellas son firmadas por su hermana María Teresa Lara Aguirre del Pino; las razones de ellos son parte de la mitología del músicopoeta?.

Decirlo así puede sonar también excesiva y gratuitamente cursi; pero lo cierto es que la cursilería, en el caso de Lara, no es una afectación sino un rasgo de autenticidad, brutal si se quiere pero autenticidad al fin. Sin este grueso elemento sería imposible escuchar, o leer, con algo de emoción, versos como los siguientes: Piensa en mí/ cuando beses,/ cuando llores/ también piensa en mí./ Cuando quieras quitarme la vida/ no la quiero para nada,/ para nada me sirve sin ti.

La máxima paradoja en Lara la descubrió y la describió, con extraordinaria agudeza, Ricardo Garibay: ?Contra lo que se cree, no hay amor en sus canciones; hay el embeleso, el hambre, la adoración por el cuerpo de la mujer, y la mujer es vista como objeto precioso y es sentida como un universo de irresistible pecado. Para Lara el cuerpo de las mujeres ?creo que nunca se dirige a su espíritu? era una geografía tan inagotable como misteriosa, y la urgencia carnal era la única vocación considerable.?

Ese era Agustín Lara. Ese sigue siendo. Ya nadie puede negarle sus méritos; así sea cierto que ni aun muriéndose pudo escapar a su más grande pecado: la robusta y espesa y sincera y brutal cursilería.



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